sábado, enero 23, 2016

UNA COLOMBIA DE ALAS ROTAS EN MURO DE SOMBRAS Y DE PÁJAROS



Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Profesor de Literatura de  la Universidad del Tolima,
jlgaitan@ut.edu.co).


Miryam Alicia Sendoya en Isla Negra, Chile


“Un pais náufrago / sorprende al pájaro con sus alas rotas / en la orilla de un poema” (Sendoya, 2015, p. 2).  Tres líneas que son un poema, un país, una declaración de principios de Miryam Alicia Sendoya Guzmán sobre la necesidad de cantar el paisaje en sus ríos, montañas y árboles, pero también en sus muertos y desaparecidos. Sus versos se miran a sí mismos como un mar testigo de un extraño encuentro de dos pájaros en su playa: uno acostumbrado al cielo y los colores mira a otro naufragando con  “alas rotas”, metáfora de una Colombia donde la muerte no tiene descanso porque “la masacre de hoy borra la masacre de ayer pero anuncia la de mañana” (Roca, 2007, p. 13).

Miryam Alicia Sendoya se suma a una importante tradición de poetas colombianos que ha escrito sobre la violencia: Héctor Rojas Herazo, José Manuel Arango, Piedad Bonnett, María Mercedes Carranza, Mery Yolanda Sánchez, William Ospina, Juan Manuel Roca, entre otros. Su poemario Muro de sombras y de pájaros  fue ganador del Gran Premio Ediciones Embalaje del Museo Rayo 2014. Su título está lleno de sugerencias, provocaciones y preguntas: ¿Colombia al paredón de la poesía en sus palabras y silencios? ¿Un muro que impide el paso de todo, hasta de sombras  y pájaros? ¿Un detenerse a pensar por migraciones forzadas o cuerpos ocultos en la noche? ¿Una casa en ruinas de la que apenas queda un muro para insinuar los estragos?

Previo a Muro de sombras y de pájaros, Miryam Alicia Sendoya Guzmán  (Ibagué, 1950) publicó los libros Girasol (2000), Soles rotos (2003) y Breviario del jardín (2004). Ha participado en varios Encuentros de Poetas de Roldanillo. En 2014 fue incluida en la antología Poesía colombiana escrita por mujeres, tomo II (Poetas nacidas a partir de 1950). Dicha antología fue coordinada por Guiomar Cuesta y Alfredo Ocampo Zambrano. 

Muro de sombras y de pájaros -publicado en 2015 tras la obtención del Gran Premio Ediciones Embalaje del Museo Rayo 2014- está integrado por 31 poemas. El preámbulo es un bello prólogo de siete páginas  de Agueda Pizarro Rayo, titulado “Caligrafía del dolor”.

La poeta siempre se ha destacado por elegir la brevedad como mecanismo estético en sus búsquedas de la belleza.  Tal como resalta Libardo Vargas Celemín, “ella entendió que su camino era el de la brevedad y por él discurren sus versos cortos, cargados de gran sensibilidad y apuesta por la profundidad” (2015). Una profundidad en la mirada para espiritualizar el paisaje al evocar una finca, un sendero o una planta, también para insinuar las múltiples violencias en Colombia:

  • Ocho  grandes guerras civiles en Colombia en el siglo XIX. 
  • La Guerra de los Mil Días entre 1899 y 1902 con más de 100.000 muertos.
  • La Violencia partidista (liberales y conservadores)  tras el magnicidio de Jorge Eliecer Gaitán entre 1948 y 1964 con aproximadamente 300.000 muertos.
  • Existencia de fuertes grupos armados al margen de la ley, de extrema izquierda y de extrema derecha, que han incurrido en innumerables masacres, secuestros, tomas y destrucción de poblaciones.
  • Sicariato al servicio del narcotráfico.
  • 5.445.406 desplazados por culpa de la violencia entre 1985 y 2011, según el boletín número 79 de marzo de 2012, de la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento en Colombia (CODHES). 

Al interior de cada cifra hay miles de historias individuales y familiares truncadas por las armas y los intereses económicos de quienes se enriquecen con el crimen y el robo de tierras.  Tantas violencias no son ajenas a los compromisos éticos y estéticos de una poeta hija de su época y  de los tiempos anteriores a su nacimiento. Uno de sus poemas insinúa que su cuerpo tiene una cronología más allá de lo individual. La memoria personal no es ajena a la colectiva: “La memoria habita los poros / y un tenue escalofrío me recorre” (Sendoya, 2015, p. 21). En pocas líneas la poeta sugiere su malestar existencial por un país cuya naturaleza prodigiosa se profana por diversos actantes de la guerra.  Su poema VII advierte: 


Un espejo deslucido
ve pasar el reflejo del día, 
una a una las sombras 
de los pájaros que llevan voces acalladas y sollozos (Sendoya, 2015, p. 7).  


Hasta las sombras de los pájaros guardan memoria y su canto está del lado de las víctimas. Van por el cielo diciendo lo silenciado en tierra por conveniencia o miedo. Son portavoces de las angustias vitales de una poeta preocupada por la suerte de su país de origen: “La naturaleza de los pájaros y su forma hace de ellos un alfabeto tan visual como sonoro para estos poemas. Son migratorios y cantan como la autora, una de muchos desplazados, desterrados y peregrinos” (Pizarro Rayo, 2015, p, II).

En Muro de sombras y de pájaros la imagen poética está cargada de tensiones.  Los polos opuestos se reconcilian  y llevan al lector a cuestionar toda forma de poder que acentúa en Colombia los odios acérrimos. La iglesia no está libre de culpa en este poemario. Entre lo alto y lo bajo, el cielo y la tierra, se mueven los versos de la poeta Miryam Alicia Sendoya, donde ni siquiera los ángeles están a salvo del destierro:


 En el pulpito 
-aves negras- 
arengan las torres de la iglesia. 
A veces, muchas veces, 
sus gritos llegan al cielo 
mientras los ángeles deshabitan el bosque (Sendoya, 2015, p. 14). 


¿Cómo no recordar el papel de un amplio sector de la iglesia católica en el periodo conocido como La Violencia, arengando a los conservadores para asesinar liberales? ¿Cuántos representantes de la iglesia, en vez de invitar a la tolerancia entre los bandos enfrentados, acentuaron odios y venganzas? ¿Por qué todavía los colombianos se dejan manipular por personajes de gritona oratoria que dividen el mundo entre buenos y malos, trátese de la iglesia católica u otras religiones?  

En el poemario los pájaros persisten en su tarea sagrada de insinuar horrores: una torcaza en una rama seca y “en su mirada parda las guerras incontables” (Sendoya, 2015, p. 9); “enlutados pájaros cruzan el firmamento” (p. 8) mientras el sol llora “los valles sembrados de escapularios rotos” (p. 8). En medio del dolor y la indiferencia queda, sin embargo,  el vuelo de la esperanza y la naturaleza regalando a los hombres la mejor de sus estaciones: “El gorrión sonríe, / vibran sus colores ciegos, / la primavera” (p. 7).

En los versos de Miryam Alicia Sendoya están las improntas de la poesía japonesa, del haiku y el  haikai, en donde todo  “se nos revela en un destello de asombro” (Agueda Pizarro, 2015, p. II).  Desde el asombro se refiguran los conflictos bélicos en Colombia sin caer en tonos quejumbrosos, sermones o panfletos. Es una brevedad sustentada en la imagen y en la sutileza del lenguaje para abordar cosas de extrema gravedad evitando el morbo o el regodeo en lo macabro: “Mujeres deshojadas / como libros en cualquier rincón. / Perdieron su risa. / Vidas rotas, / muñecas extraviadas” (poema XXVIII). 

Walter Benjamin habló del Ángel de la Historia como un ser angustiado que, en vez de ir al cielo plácidamente, apunta sus ojos a la tierra y juzga el progreso y su “cadena de acontecimientos” (2007, p. 48). Mira en el “una catástrofe única, que arroja a sus pies ruina sobre ruina, amontonándolas sin cesar” (p. 48). No atiende a los discursos oficiales sobre héroes y gestas. Quisiera “detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido” (p. 48).  Su vuelo está del lado de las víctimas, silenciados y excluidos. La poeta Miryam Alicia Sendoya es como el Ángel de la Historia del célebre filósofo alemán. Su voz, cuidadosa y cálida, es para quienes partieron de forma trágica bajo la desaparición forzada o el exilio: La brújula marcó la huella. / En el muro la mueca del olvido, / la ceniza y la sentencia. / Nada señala la piel de los ausentes” (Sendoya, 2015, p. 15).

Pájaros, ángeles y distintas formas del aire en Muro de sombras y de pájaros, son “la poética de alas” (Bachelard, 1994, p. 76) en la propuesta estética de Miryam Alicia Sendoya. “El signo aéreo” (p. 32) de la poesía es el dinamismo de la imagen,  un lenguaje despojado de pesos retóricos para levantarse ante el lector y llevarlo a un viaje rico en asombros. Ahora bien, la imaginación no es sólo un regodeo con la palabra y no está despojada de tiempo ni de historia, “la imaginación no es un estado, es la propia existencia humana” (p. 9). Contiene espiritualidad, conciencia de la libertad y del valor sagrado de la vida. Por eso la poeta, sin descuidar la búsqueda de la belleza, sugiere hechos violentos que se “normalizan” en una Colombia caracterizada por la indiferencia y la resignación.  Sus versos anuncian sobrevivientes que dejaron atrás amores, y tierras por culpa del desplazamiento forzoso; recuerdan muertos despojados de rito, “solos / sin música / lejos de casa” (Sendoya, 2015, p. 30). 


Referencias

Bachelard, G. (1994). El aire y los sueños, ensayo sobre la imaginación del movimiento. México: Fondo de Cultura Económica.
Benjamin, W. (2007). Tesis sobre la historia y otros  fragmentos. México: Editorial Ítaca.
Pizarro R. A. (2015). Caligrafía del dolor, prólogo del poemario Muro de sombras y de pájaros, de Miryam Alicia Sendoya. Roldanillo (Colombia): Ediciones Embalaje, p.p. I-VII.
Roca, J. M (2007). La casa sin sosiego, la violencia y los poetas colombianos del siglo XX, antología. Bogotá: Taller de Edición.
Sendoya, M. A. (2015). Muro de sombras y de pájaros. Roldanillo (Colombia): Ediciones Embalaje.
Vargas Celemín, L. (2015). La poeta Miryam Alicia Sendoya escala. El Nuevo Día, el periódico de los tolimenses. Recuperado de: http://www.elnuevodia.com.co/nuevodia/opinion/columnistas/266323-la-poeta-miriam-alicia-sendoya-escala


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Para citación:



Gaitán Bayona, J. L. (2016).  Una Colombia de alas rotas en Muro de sombras y de pájaros. Letralia, Tierra de letras. Recuperado de:  http://letralia.com/lecturas/2016/01/20/una-colombia-de-alas-rotas-en-muro-de-sombras-y-de-pajaros/

martes, enero 19, 2016

Ven y camina conmigo - Enrique Bunbury Feat. Pepe Aguilar - BUNBURY MTV ...

CLAROSCURO: POEMAS PARA UNA CASA EN EL VACÍO



Por Nelson Romero Guzmán.
Premio de Poesía Casa de las Américas 2015.
Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura 2015.






Claroscuro es un libro fundado en la doble función de la palabra de designar el objeto (el armario, la maleta, la bicicleta o los rincones) y evocar, en la otra orilla de lo nombrado, una ausencia: la del habitante de la casa. Para Gaston Bachelard, la casa es un estado del alma. Por tanto, la morada no es en su simpleza una presencia material, un cúmulo de cosas puestas allí por necesidad de quien la habita. Y siendo que el libro de Jorge Ladino Gaitán Bayona refiere un tumulto de objetos colocados por necesidad en la sala, la cocina o el garaje, el tema no son ellos mismos, sino el hombre en su estado de expulsión y ausencia. Por eso, muchas de estas imágenes son frías y catastróficas, como los nudos de las corbatas, los cuchillos o los grilletes de las sábanas. Palabras que  a través de la elisión gesticulan en el ocultamiento al hombre ausente, lejos del umbral de la casa, en estrecha vecindad con la muerte. De ahí que el eje temático en estos poemas es la desaparición. 


Es desde la contextualización de la violencia que vivimos en Colombia o en cualquier país latinoamericano, el lugar donde mejor puede ubicarse el lector. Todo depende de su cooperación para leer imágenes como las contenidas en este poema: “Los rincones corren de un lado a otro / ¿Cómo decirles que no es un juego de escondidas / y nunca habrán de encontrarte?”. Desaparecer a otro ser humano no es un juego de escondidas, sino el desmembramiento de su presencia en el entorno que corresponde a su propia vida, a su morada, a su estado del alma. Los rincones, las sillas o cualquier otro objeto dicen la ausencia del hombre; objetos testigos de una huida, de un despojo casi siempre hacia el definitivo silencio. Pero están puestos en este libro, en un estado poético de ensoñación para resumir lo que ya no está. En este lugar de las supresiones y las heridas violentas, Gaitán Bayona escribe este libro, nos testimonia el vacío.


La literatura colombiana ha testimoniado la violencia más por el lado del género narrativo y, excepcionalmente, lo ha hecho desde la lírica, tal vez por el peso circunstancial de hechos tan crudos que exigen mejor ser contados como sucesos que ocurren a unos personajes concretos. Sin embargo, en Claroscuro la poesía asume el riesgo de representar a su manera la historia de la violencia o un fragmento de ella, pero en este caso replegando la imagen del objeto real hacia la mirada del lector para que testimonie la presencia vacía del hombre. En este juego de ocultamientos y revelaciones, el libro plantea su propio lenguaje, como en este poema:



ARMARIO


Los pantalones juegan a la ruleta,
las camisas agitan pañuelos blancos,
la corbata halló el nudo fatal.



En este poema citado las palabras asumen apenas su oficio necesario, no son más ni menos para decir el dolor espiritual y físico, el azar, la ausencia y la esperanza, que reflejan un estado del mundo donde el hombre es ausencia, pero que en la designación de su corbata, su pantalón, la camisa y el pañuelo, se encuentra delatado el dolor del arrebatamiento, el inminente desarraigo de sus aposentos.


Esta escritura también contribuye a dar significado al vacío en la concepción formal del poema apenas contenido en una estrofa de tres versos cada uno. Aquí el poeta se hace consciente de la precisión de la palabra portadora de la imagen necesaria y a la vez detonante. Celebro la palabra de Jorge Ladino Gaitán Bayona en Claroscuro.


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Prólogo del libro de poemas Claroscuro (2015), de Jorge Ladino Gaitán Bayona, Premio de Poesía Juan Lozano y Lozano 2015. Ibagué: Alcaldía de Ibagué, Secretaría de Cultura, Turismo y Comercio.


sábado, enero 02, 2016

Draco Rosa - Quiero Vivir

La caída de la bomba atómica en Hiroshima: Cuando el horror deriva en poesía



Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
Coordinador del Grupo de Investigación en Literatura del Tolima. 
Universidad del Tolima.
jlgaitan@ut.edu.co



(Fotografía de Tomás Ramírez. Camila Miranda en la fotografía. 
Especial para la revista Contratiempo)


William Blake advierte en su poema “Sobre el dolor de otro”: “¿Puedo ver una lágrima cayendo / y no sentir mi parte de dolor?” (1983, p. 133).  La pregunta es una declaración de principios sobre la importancia de transcender el yo biográfico. La voz poética puede contener a los demás, el mundo y la historia: “Somos una conversación y podemos oír unos de otros” (Hölderlin, 1979, p. 48). Ambos escritores llamaron al poeta a ser uno con el universo, portavoz de la humanidad, escuchar la lágrima rodante, cercana o lejana, en su presente histórico o años atrás, dolorosa mientras la belleza se hace cargo de la memoria.  El legado de los dos autores románticos involucra ética y estética: la poesía como diálogo; la instauración de la tierra y la historia en el corazón de la metáfora; el verso más allá del artificio del lenguaje, huella y voz de los silenciados. 

En esa tradición de poetas que leen críticamente su tiempo y las grandes tragedias de la humanidad se encuentran el colombiano Germán Pardo García, el brasileño Vinicius de Moraes y el salvadoreño Roque Dalton. Ellos hicieron poemas sugestivos para recordar la caída de la bomba atómica en Hiroshima, el 6 de agosto de 1945. Ese lunes y tres días después con una segunda bomba en Nagasaki, el mundo se sacudió con los desarrollos del “progreso”: la energía nuclear, en vez de favorecer la calidad de vida de los pueblos, los fulminó con radiación. Más allá de las cifras registradas a diciembre de 1945 (165.000 muertos en Hiroshima y 70.000 en Nagasaki), quedaron cientos de enfermos por cáncer y leucemia. Las heridas en la memoria colectiva de Japón nunca cerrarán. La mayoría de víctimas eran civiles. Nada justifica que el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, optara por el doble genocidio para rendir a Japón en la Segunda Guerra Mundial.

Los ataques nucleares del 6 y 9 de agosto de 1945 dejaron fisuras espantosas en la historia universal. La primera bomba atómica es una de las evidencias del cinismo del poder. Cuánta atrocidad y muerte bajo un inocente nombre: Little Boy. La literatura no ha guardado silencio frente al horror. Seguirán creándose poemas, cuentos, novelas y crónicas. Difícil tarea del escritor es enfrentar la barbarie para mutarla en belleza: “El arte, como el dios de los judíos, se alimenta de holocaustos” (Flaubert, citado por Roca, 2007, p. 15). Sin sacrificar sus valores estéticos, los siguientes poemas de escritores latinoamericanos nombraron las implicaciones globales de la caída de la bomba atómica en Hiroshima.



“La rosa de Hiroshima”, de Germán Pardo García






El colombiano Germán Pardo García (Ibagué, 1902 - México, 1991) únicamente publicó en su país un libro titulado Voluntad (1930). El resto de su obra lírica -35 poemarios- fue compuesto y editado en México, donde desarrolló su vida intelectual. Hay una recurrencia temática desde sus primeros sonetos hasta sus últimos poemas en verso libre: unir el microcosmos con el macrocosmos, conectar el alma de las pequeñas cosas con el rumbo de las estrellas y el eco de antiguas mitologías. Así, por ejemplo, en “Carta a una oruga” -incluida en su libro Las voces naturales-  la oda a esta larva se expande a los recuerdos, la majestuosidad de los planetas y las bondades de la tierra: “Con tu figura habita en mi memoria / un bosque de eucaliptos y cedros” (Pardo García, 1961 p. 201); “Huésped del roble o del ciprés, subías / a mirar los anillos de Saturno. / Aprendí en los cuadernos de tus viajes / mi primera lección de geografía. / Supe así que la tierra es generosa / y fiel a su virtud hospitalaria” (p. 202).  

El panteísmo de Germán Pardo García no fue indiferente a los crímenes de la Segunda Guerra Mundial, tal como se evidencia en Poemas contemporáneos (1949) y El héroe (1975). En este último libro, el héroe traza su gloria amando la naturaleza en vez de tomar armas y guiar a la muerte a un ejército. Él decide exiliarse del planeta tras ver seres sometidos a monstruosas prácticas en los campos de exterminio. Previamente, en sus Poemas contemporáneos, sugirió que por encima del combatiente cegado por una causa, está el sujeto que reconoce el valor sagrado de la vida: “Yo no soy un soldado / Mi espíritu no tiene zonas arduas ni planisferios iracundos. / Soy un país apenas defendido por álamos y tilos. / Creo en la resurrección de los ruiseñores, / y con profundas manos alfareras / construyo en las orillas del rocío universos de alondras y cristal” (Pardo García, 1961, p. 249).

En Poemas contemporáneos figura “Atómica flor”.  En este poema de largo aliento -175 versos- la bomba atómica en Hiroshima es vista metafóricamente como “una flor cataclísmica y ardua / con un sol fulminante en cada pétalo; / dramáticas raíces, / y una corona inmensa que avanzara, / violando las atmósferas, / aturdiendo los ámbitos, / hasta quemar los cósmicos trigos / y exterminar las estrellas pastoras” (Pardo García, 1961, p. 257).  Las enumeraciones poéticas apuntan a las devastaciones de la explosión no sólo en el pueblo japonés sino en todo el mundo. Quienes arrojaron la “flor homicida” (Pardo García, 1961, p. 263) dejaron impávido al planeta por usurpar a los elementos sus propiedades:



Y aglomeraron entonces los más sepultos zumos
de la discordia;
la fuerza total
de los átomos,
y el impulso de la venganza,
que se mueve
con una suave modulación de ofidio.
Pidieron a las piedras adjetivas
lo más compacto de su dura entraña;
a los sonidos
la gran detonación que contenían;
a los venenos su demente cáliz;
a la noche
sus negros centauros.
(…) Detuvieron por un instante la rotación y el movimiento; 
represaron las lágrimas que habían fluido libres
desde antes 
de los tiempos,
y amasaron la vida con levaduras de sangre (p. 259).



“Atómica flor” aborda un hecho atroz del siglo XX sin violentar el lenguaje. La tragedia se insinúa con líneas cadenciosas, sobre una música tranquila en el poema. No hay exageraciones llevadas a orillas del patetismo. La belleza del verso trastoca la simbología habitual de los objetos: “amasaron la vida con levaduras de sangre” (p. 259). Acá el pan no entraña esfuerzo, esperanza ni supervivencia; las “levaduras de sangre” (p. 259) lo enlutan; es la muerte de cada día, pan insospechado y peligroso. En Germán Pardo García “la poesía es metamorfosis, cambio, operación alquímica, y por eso colinda con la magia” (Paz, 1995,  p. 113). El lenguaje conjurado descubre un vientre en la piedra y centauros en la noche, a la discordia la convierte en fruta y a la venganza en serpiente. Las imágenes poéticas vislumbran en el estallido de la bomba atómica “una flor homicida” (p.263) y ajena a las flores verdaderas. A diferencia de pétalos que anuncian en sus colores la renovación de la vida y la primavera, la “atómica flor” anula la belleza de la naturaleza: 



Crear una flor de tal modo extranjera
en el bosque y el llano, la vereda y el río,
que al sentirla crecer todo quedara
inmóvil;
estrangulados los pulmones verdes
por donde el tierno vegetal respira;
cegados los orígenes del agua;
extenuada la sed;
el árbol paralítico,
y una desolación desconocida
lloviendo sobre todo lo creado (p. 258).



Millones de siglos de evolución natural se detuvieron abruptamente por la mano destructiva de hombres al servicio de la política y la ciencia. En vez de describir cuadros macabros de personas perdiendo piel y partes de sus cuerpos, el poeta colombiano lo insinúa, trasladando el miedo y la mutilación al paisaje. Desde las posibilidades de la prosopopeya, al vegetal estrangulan sus pulmones y el árbol queda paralítico. El escritor colombiano imagina en cada rincón del mundo plantas y criaturas del bosque sintiendo la caída de la bomba atómica. Ellas compartieron con Hiroshima su miedo y su tristeza. Así, por ejemplo, en la “vegetal lujuria amazónica” (p. 258) y en “los pantanos de color caribe” (p. 258), se amedrenta “la selva de agobiadores pumas” (p. 258), y hay “arenas tembladoras” (p. 258). En otros confines del planeta, ese 6 de agosto de 1945, “cesó la brisa de existir como antes”, (p. 261), “fraternizaron las amargas fieras / y el león anunció con un rugido / el fin / de su imperio” (p. 261).  En vano la indiferencia frente a los daños ocasionados por Little Boy. En todo fue escrito el nombre de Hiroshima:



Y una voz escapada de millones de formas y lenguas ardientes
ascendió para darle un nombre eterno:
Hiroshima.

Una estepa habitada por espíritus suplicantes:
Hiroshima.

Un sitio en donde esperan al viajero tornos signos:
Hiroshima.

El vacío más próximo a los seres:
Hiroshima.

(…) La síntesis mortal de las derrotas:
Hiroshima.

Y así quedó en las cuevas más profundas resonando:
Hiroshima.

Y así quedó en los ojos de las gentes y los brutos escrito:
Hiroshima.

Y así quedó en los mares y en las nueves escrito:
Hiroshima (p. 262- 263). 


La anáfora es el índice de la memoria. El lenguaje metafórico y el lenguaje conversacional se reconcilian para otorgan voces a hombres, piedras, flores, jaguares, entre otros. Los versos del poeta Germán Pardo García alertan que la bomba estalló para seres del pasado, presente y futuro. Nadie está a salvo de ella: “Esa flor homicida preside inexorable nuestros actos. / Si abrimos la ventana familiar por donde llega el horizonte, / la vemos elevarse, multicolor y ambigua. / Nos acecha desde el sitial de acero” (p. 263). La mira destruir y moverse en múltiples direcciones, desde planos reales hasta planos oníricos porque los horrores de la Segunda Guerra Mundial no son asuntos exclusivos del ayer. En cada país la bomba se reinventa, se camufla, entre el dolor y el exilio, la muerte y sus trucos insospechados: “Circula imperceptible por la vigilia y por el sueño, / dando unidad a las contricciones, / y la encontramos en nuestra mínima esperanza / y en nuestro máximo abandono, / mientras los pueblos huyen como exhaustos bisontes, / entre el color de la tiniebla verdaderamente nocturna” (p. 263).



“La bomba atómica” y “La rosa de Hiroshima”, de Vinicius de Moraes




Vinicius de Moraes (Río de Janeiro, 1913 - Río de Janeiro, 1980) es uno de los artistas más versátiles de Brasil. Fue poeta, cantautor y creador de obras de teatro. Una de ellas, Orfeu da Conceição (1954), fue llevada al cine por el director francés Marcel Camus, bajo el título Orfeo negro (1959), ganadora  de la Palma de Oro en el Festival de Cannes y, un año después, del Globo de Oro y Premio Oscar en la categoría de película extranjera.  Su pasión por el séptimo arte le sirvió para contar historias en sus textos líricos. “Cinepoema” es, justamente, una serie de poemas escritos entre 1944 y 1946, publicados hasta 1954 en su primera antología. En dicha serie se ubica “La bomba atómica”. 

“La bomba atómica” inicia con el asombro del poeta al ver algo bajar del cielo. Se pregunta si es un paracaídas, “la costilla blanca del hombre primitivo” (Moraes, 2013, p. 140), “un seno desprendido de la luna” (p. 140), “el ángel guardián que cae” (p. 140), “el trozo de una columna de la eternidad” (p. 140)  o “tal vez Venus desnuda” (p. 140). Las personas cercanas resuelven su interrogante: “LA BOMBA ATOMICA” (p. 140).  Ante la respuesta, el poeta se conduele porque ella es obligada a destruir: “Tan despacito va cayendo / que da tiempo a un pajarito / para posarse en ella y volar… / pobrecita, bomba atómica / que no le gusta matar” (p. 142).

Vinicius de Moraes imagina la bomba atómica no en clave de tragedia sino como sexualidad poderosa. Rechaza las evidencias de la belicosa realidad. Prefiere cantarla desde la orilla del ensueño y el erotismo.  Mientras ella cae, el poeta le otorga cuerpo, sexo y capacidad de engendrar vida. La sueña mujer y diosa. Curioso juego de trastocar la lógica cruda de la historia. Poetiza el estallido de los átomos en el más apoteósico de los orgasmos:



Quisiera tanto
por un momento
verla en mis brazos
el pelo al viento
bajando desnuda
por los espacios
bajando blanca
blanca y serena
como un espasmo
fría y corrupta
del largo semen
de la Vía Láctea
Diosa impoluta
el sexo abrupto
cubo de plata 
mujer al cubo
entre los súcubos
intemerata
carne tan rica
de hormonas vivas
exacerbada
que el simple tacto
puede romperla
en cada átomo
una explosión 
millones de veces
mayor que la fuerza
contenida en el acto
o que la energía
que expulsa al feto
llegado el parto (Moraes, 2013, p. 141).


El anhelo del poeta se proyecta en abrazo y caricia. La prosopopeya otorga a la bomba atómica piel y vagina de plata. La profunda blancura de su cuerpo joven atestigua un nacimiento más allá de la tierra y sus afanes. Es “hija del largo semen / de la vía láctea” (p. 141). Libre en sus espasmos y su pelo entregado al viento. Su sexualidad es cósmica, pero basta un simple roce o caricia para la explosión.  La poesía, como “erótica verbal” (Paz, 1994, p. 10), transfigura el referente histórico para crear éxtasis. Ante la ramplona muerte, el poeta antepone su deseo, su inocencia, igual al pajarito de sus versos, posado sobre la bomba en su caída. En lugar de odiarla o maldecirla, la mira como debió ser: energía para la “anunciación de primaveras” (p. 144).  Le ofrenda su amor, la plasticidad de su palabra y el refugio de sus versos: “¡Bomba atómica, te amo! Eres pequeñita / y blanca como la estrella vespertina (…)  Para tu protección construyo un fuerte / de canciones y estrofas magistrales / alzo los brazos, para defenderte / freno las radiaciones espaciales” (p. 143).

Cristian De Nápoli, en su traducción y notas de la Antología sustancial de poemas y canciones de Vinicius de Moraes, puntualiza que en el periodo de escritura de “Cinepoema” (1944- 1946) el autor brasileño comenzó su amistad con Pablo Neruda. El autor chileno había llegado a Río de Janeiro como invitado del Partido Comunista. Acaso esos diálogos con el futuro Premio Nobel de Literatura 1971 acentuaron la conciencia del papel de la poesía frente a la historia. El artista, como hijo de su tiempo, asume una visión crítica contra toda forma de violencia y busca un mecanismo ingenioso para que la belleza aborde el mundo sin descuidar el encuentro erótico con el lenguaje. 

Aparte de “La bomba atómica”, Vinicius de Moraes escribió también “La rosa de Hiroshima”, poema compuesto en Los Angeles, Estados Unidos, donde llegó en 1946 en calidad de vicecónsul.  A semejanza de  “Cinepoema”,  “La rosa de Hiroshima” se publicó hasta 1954 en la primera de sus antologías:



Piensa en la criaturas
mudas telepáticas
piensa en las niñas
ciegas inexactas
piensa en las mujeres
rotas alteradas
piensa en las heridas
como rosas cálidas
y¡oh! nunca te olviden
de la rosa de la rosa
de la rosa de Hiroshima
la rosa hereditaria
la rosa radioactiva
estúpida e inválida
la rosa con cirrosis
la anti-rosa atómica
sin color sin perfume
sin rosa sin nada (Moraes, 2013, p. 161).



Los versos son breves y la presencia de solo un punto hasta la última línea generan la sensación de caída, como el artefacto nuclear en Hiroshima.  En la distribución del espacio el poema asume su música en consonancia a una abrupta realidad. En El agua y los sueños Bachelard señala que el agua y la imaginación se expresan en distintas voces y el escritor elige de acuerdo con una necesidad de poetizar el mundo. Resalta el ensayista francés que a nivel de ritmo, intensidad y sonido, priman “la voz del arroyo que balbucea y la voz de cascada estrepitosa” (2003, p. 290). La primera habla con suavidad al lector, la segunda con tono vertiginoso. “La voz de la cascada“ es asumida por el poeta Vinicius de Moraes para insinuar su rabia y desencanto. 


“La voz de la cascada” es apropiada para sugerir cosas fuertes y condenar hechos viles de la humanidad. Su vehemencia permite reiteraciones, como si los versos fueran un índice acusador. El autor brasileño hace variables metafóricas de la rosa para referir mujeres quebradas, heridas y, por supuesto, la bomba atómica. Esta última es vista en condición de enfermedad: “radioactiva” (Moraes, 2013, p. 161); “inválida” (p. 161); “con cirrosis” (p. 161). Su condición patológica la vuelve repulsiva porque es la negación de la belleza, del canto y el gusto de los sentidos. Por atentar contra la vida el poeta desteje el camino de su poema y postula que no es rosa, sino “anti-rosa” (p. 161), “sin color, sin perfume, / sin rosa sin nada” (p. 161).  El final de los versos es  aquello que no quisiera nombrarse, algo ajeno a la verdadera creación, una forma bastarda de la nada. Esa nada es el poco valor que la civilización occidental da a los seres humanos, reducidos a mano de obra y consumidores de nuevas tecnologías. Más que personas, importan como números y cifras del mercado, la audiencia, una red social o los balances de las guerras. Inevitable es urdir un puente entre los sentidos posibles del poema de Vinicius de Moraes y la voz poderosa de Eduardo Galeano, uno de los escritores e intelectuales más lúcidos de Latinoamérica:




Agosto 6.  “La bomba de Dios”


En 1945, mientras este día nacía, murió Hiroshima.

En el estreno mundial de la bomba atómica, la ciudad y su gente se hicieron carbón en un instante.

Los pocos sobrevivientes deambulaban, mutilados, sonámbulos, entre las ruinas humeantes. Iban desnudos, y en sus cuerpos las quemaduras habían estampado las ropas que vestían cuando la explosión. En los restos de las paredes, el fogonazo de la bomba atómica había dejado impresas las sombras de lo que hubo: una mujer con los brazos alzados, un hombre, un caballo atado.

Tres días después, el presidente Harry Truman habló por radio. Dijo:

—Agradecemos a Dios que haya puesto la bomba atómica en nuestras manos, y no en manos de nuestros enemigos; y le rogamos que nos guíe en su uso de acuerdo con sus caminos y sus propósitos (2012, p. 94).



La presidencia de Truman justificó sus atrocidades al reducir todo a la lucha del bien contra el mal. La “razón cínica” (Sloterdijk, 1989, p. 37) desconoce el dialogo y la crítica. Sostiene su ideología con propaganda y acciones de fuerza desmedida. La tiranía tiene discursos engañosos para decir que sigue caminos y propósitos dictados por el cielo: “Agradecemos a Dios que haya puesto la bomba atómica en nuestras manos, y no en manos de nuestros enemigos” (Galeano, 2012, p. 94). Bajo la etiquete de enemigo no importa si los otros son soldados, “criaturas mudas” (Moraes, 2013, p. 161), “niñas ciegas” (p. 161) o “mujeres rotas¨ (p. 161).  Tantas historias de vida -en sus amores, persistencias, luchas, tensiones ideológicas y espirituales- pueden borrarse en un día y hacerse “carbón en un instante” (Galeano, 2012, p. 94). 




“Después de la bomba atómica”, de Roque Dalton




El salvadoreño Roque Dalton (1935-1975) defendió siempre las causas humanitarias desde la poesía, el ensayo, la novela y el periodismo. Participó en luchas armadas del Ejército Revolucionario del Pueblo, organización salvadoreña en la que tuvo desacuerdos con su líder, Alejandro Rivas Mira. Este último ordenó su asesinato tras acusarlo falsamente de ser un agente encubierto de la CIA. El destacado escritor nunca imaginó que las balas asesinas vendrían de la izquierda revolucionaria, en vez del ejército o la policía. Tampoco imaginó que sus compañeros de causa tiraran su cuerpo a la intemperie para ser devorado por aves de rapiña y animales salvajes, precisamente en un paraje llamado El Playón, el mismo sitio donde los escuadrones de la muerte arrojaban los cuerpos de los contradictores del Estado.  Alejandro Rivas Mira y sus lugartenientes se convirtieron en lo antes detestado; en ellos cobró siniestra forma el aforismo de Friedrich Nietzsche: “Quien con monstruos lucha, cuídese de convertirse a su vez en monstruo” (1951, p. 245). Más allá de su cadáver desgarrado, le sobreviven poemarios como La ventana en el rostro (1962), El turno del ofendido (1962), Poemas clandestinos (1980), Un libro levemente odioso (1989, póstumo), entre otros. Dentro de sus reconocimientos se destaca el Premio de Poesía Casa de las Américas 1969, otorgado en Cuba por su libro Taberna y otros lugares. Uno de los poemas del libro  laureado internacionalmente es “Después de la bomba atómica”:



Polvo serán, más ¿polvo enamorado? (Dalton, 1969, p. 93).



Un sólo verso de Roque Dalton crea un poema redondo y perfecto. Su belleza está en sugerirlo todo, a través de la parodia seria al conocido final de “Amor constante más allá de la muerte”, de Francisco de Quevedo y Villegas. En el poema del autor español se menciona un alma enamorada a la cual no derrota ni la muerte: “Su cuerpo dejará, no su cuidado; / serán ceniza, mas tendrá sentido; / polvo serán, mas polvo enamorado” (1981, p. 79).  Bellas líneas sobre la eternidad del amor. Sin embargo, cuando Roque Dalton ubica en signos de interrogación dos palabras -“polvo enamorado”-  se cambia el sentido original y la pregunta esconde una oscura respuesta: el amor fue derrotado por la muerte. El polvo es siniestro, la evidencia de que en un instante -a semejanza del único verso de todo el poema- un pueblo se pulveriza.  El poema reducido a su mínima expresión contiene mundo e historia. Cinco palabras bastan para instaurar un profundo desencanto por el panorama desolador tras la caída de la bomba atómica. Luego del interrogante estalla un silencio profundamente elocuente, implacable en sus juicios de valor contra la barbarie. Es la alta significación de lo no dicho, al fin de cuentas, “las sirenas tienen un arma más terrible que el canto: el silencio” (2000, p. 321).



Apuntes finales



La caída de la bomba atómica en Hiroshima el 6 de Agosto de 1945 trasciende los libros de historia donde se mencionan hechos de la Segunda Guerra Mundial.  Va más allá de cifras de muertos, mutilados y enfermos. Detrás de los números hay miles de historias individuales, truncadas de forma insospechada por uno de los inventos más vergonzosos del siglo XX.  La dimensión de esta tragedia no cabe en el decir convencional pues la palabra literal es insuficiente y a veces no alcanza para hacer sentir de nuevo aquello que se nombra.  Queda, sin embargo, el decir poético, la palabra mágica y misteriosa que insinúa muchas cosas en sugestivos versos, una belleza capaz de revivir el pasado durante una lectura rica en sentidos y conmociones. 

Conscientes de sus deberes estéticos y éticos frente a lo que implicó para el mundo la caída de la bomba atómica en Hiroshima, varios poetas latinoamericanos dejaron valiosos poemas  donde se teje y desteje  la memoria de la humanidad: “Atómica flor”, de Germán Pardo García, “Después de la bomba atómica”, de Roque Dalton, “La bomba atómica” y “La rosa de Hiroshima” de Vinicius de Moraes.  El panteísmo de Germán Pardo García, el erotismo de Vinicius de Moraes y la brevedad paródica de Roque Dalton se suman a otras voces latinoamericanas que también dieron su testimonio poético sobre la bomba atómica: “Apocalipsis”, del nicaragüense Ernesto Cardenal; “Visión de Hiroshima”, de Óscar Hann; “Poema frustrado”, del uruguayo Mario Benedetti, entre otros.  Cada uno de los escritores nombrados cumplió con su época. Sabían que texto y contexto van de la mano. No dieron la espalda al dolor universal y cantaron por más que el embrión de sus versos fuera una realidad monstruosa: “Pienso en la bomba / y el lápiz se me cae / de la mano” (Benedetti, 1980, p. 76).



Referencias



Bachelard, G. (2003). El agua y los sueños. México: Fondo de Cultura Económica.
Benedetti, M. (1980).  Poesía trunca. Madrid: Editorial Visor.
Blake, W. (1983).  El matrimonio del cielo y del infierno. Madrid: Editorial Visor.
Dalton, R. (1969).  Taberna y otros lugares. La Habana: Casa de las Américas.
Quevedo y Villegas,  F. (1981). Antología poética. Madrid: Editorial Espasa-Calpe.
Galeano, E. (2012). Los hijos de los días. Madrid: Siglo XXI de España Editores.
Hölderlin,  F. (1979).   Poesía Completa, tomo II. Barcelona: Editorial Libros Río Bueno.
Kafka, F. (2000). El silencio de las sirenas. Cuentos completos. Madrid: Editorial Valdemar, p.p. 321-322.
Moraes, V. (2013). Antología sustancial de poemas y canciones. Selección, traducción y notas de Cristian de Nápoli. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.
 Nietzsche,  F. (1951). Aforismos. Santiago de Chile: Santiago Rueda Editor.
Pardo García, G. (1961). 30 años de labor del poeta colombiano Germán Pardo García, 1930 - 1960. México: Editorial Cultura.
Paz, O. (1995). El arco y la lira. México: Fondo de Cultura Económica.
Paz, O. (1994). La llama doble, amor y erotismo. Barcelona: Seix Barral.
Roca, J. M. (2007). Introducción. La casa sin sosiego, los poemas colombianos y la violencia. Juan Manuel Roca (ant.). Bogotá:Taller de Edición.
Sloterdijk, p. (1989). Crítica de la razón cínica. Madrid: Editorial Taurus.




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Para citar este artículo:


Gaitán Bayona, J. L. (2015). La caída de la bomba atómica en Hiroshima: Cuando el horror deriva en poesía. Contratiempo, revista de crítica, cultura y pensamiento. Buenos Aires, Argentina: Año XV, No. 4, Invierno-Primavera 2015, Edición Especial 15 años, p.p. 58 - 69.