sábado, noviembre 17, 2012

Exilios y Quijotes en El callejón de Cervantes


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
Profesor de Literatura de la Universidad del Tolima, Colombia.
jlgaitan@ut.edu.co




Preámbulo

En Cartas a un joven novelista, Mario Vargas Llosa señala que el alimento de la ficción es la propia existencia del escritor; de ahí que lo compare con  “el catoblepas, ese mítico animal que se le aparece a San Antonio en la novela de Flaubert (La tentación de San Antonio). El catoblepas es una imposible criatura que se devora a sí misma, empezando por sus pies” (1998, p. 23). Ese “devorarse a sí mismo” tendría amplias posibilidades, desde las vivencias hasta las lecturas que dejan huellas profundas y obligan a la escritura. Atendiendo, a la vez, a la consideración de que las buenas historias son un arte de seducción y provocación, el Nobel peruano indica que, frecuentemente, narrar es efectuar  un “striptease invertido” (p. 22):

Escribir novelas sería equivalente a lo que hace la profesional que, ante un auditorio, se despoja de sus ropas y muestra su cuerpo desnudo. El novelista ejecutaría la operación en sentido contrario. En la elaboración de la novela, iría vistiendo, disimulando bajo espesas  y multicolores prendas forjadas por su imaginación aquella desnudez inicial, punto de partida del espectáculo. Este proceso es tan complejo  y minucioso que, muchas veces, ni el propio autor es capaz de identificar en el producto terminado esa exuberante demostración  de su capacidad  para inventar personas  y mundos imaginarios, aquellas imágenes agazapadas en su memoria –impuestas por la vida- que activaron su  fantasía, alentaron su voluntad y lo indujeron a pergeñar aquella historia (p. 22).

Por más que el autor oculte lo que de sí mismo tiene su ficción, hay huellas que delatan su paternidad, como un examen de ADN, como los rastros de un asesino en el cuerpo de su víctima.  Tanto lo que se ama y se admira, como lo que se detesta y se evita, late en la literatura. ¿Cuántos desajustes con la realidad y desencantos no han sido el caldo de cultivo de las grandes creaciones de la humanidad? Al respecto Cioran indica que “fracasar en la vida es acceder a la poesía” (1997, p. 126). 
Habría que tener en cuenta las consideraciones anteriores al leer El callejón de Cervantes (2011), novela del colombiano Jaime Manrique, en la cual se recrea la vida de Cervantes, su amor desde niño por el teatro, su gusto por la poesía y la figura de Garcilaso de la Vega, su exilio, deambular por Italia, cautiverio en Argel y retorno a España donde la suma de sus sueños truncos, su errancia y su memoria desembocarían en Don Quijote de la Mancha, obra curiosa que juega una y otra vez con el asunto de la autoría: un narrador que cuenta una historia, a partir de lo que un moro le ha traducido de los manuscritos arábigos de Cide Hamete Benengeli, manuscritos en los que Don Quijote y Sancho escuchan a personajes que, por alusión y referencia directa, dan cuenta de Cervantes, de sus libros, de su cautiverio, de ser blanco de las burlas y apropiaciones de un enigmático Alonso de Avellaneda. En fin, la literatura frente a la vida como un búmeran poderosamente fiel en su eterno retorno, letal y sublime en su nostálgico filo.
Si al leer el Quijote pareciera que “Cervantes estuviera todo el tiempo entrando y saliendo fugazmente de su propio libro” (Borges, 2005, p. 4) resulta atractivo encontrar un colombiano entrecruzando biografía y novela para contar que el Quijote empezaría a escribirse no en una cárcel española luego de que Cervantes regresara del cautiverio (como se refiere en el prólogo de la primera parte de Don Quijote de la Mancha), sino tiempo atrás, no desde las páginas sino desde las vivencias, cuando el autor español, joven, enamorado y sediento de gloria, emprendiera en 1569 un viaje desde los senderos de La Mancha a tierras extranjeras.
Entre 1569 que huyó Cervantes de España por una sentencia que lo condenó a diez años de destierro y perder la mano derecha, y su retorno e instalación nuevamente en tierra patria (irónicamente con la mano izquierda lisiada por la Batalla de Lepanto contra los turcos) se generarían  diversos diálogos interculturales y aprendizajes en el arte de contar historias que derivarían en el clásico de clásicos de la lengua castellana. La novela de Jaime Manrique cuenta el Quijote antes del Quijote, un Quijote que se configuraría entre el periplo del hombre que huye de su patria por no perder una mano y el que regresa a ese mismo lugar con la otra mano hecha muñón, como si la mano izquierda sí supiera lo que hizo la derecha y tuviera que pagar lo que la otra evade. Previo a la indagación de estas cuestiones, resulta necesario realizar una suerte de entremés para indicar algunos aspectos primordiales sobre el autor colombiano que se dejó cautivar por Don Quijote y por el más famoso de todos los mancos.

Jaime Manrique: De la diáspora propia y la ajena


Jaime Manrique (Barranquilla-Colombia, 1949) llega a Nueva York en 1977 para tomar talleres de creación literaria bajo la dirección de Manuel Puig en la Universidad de  Columbia. En dicha ciudad fijaría su residencia desde 1980. Ese morar en una patria de nacimiento y en una patria de adopción es una condición que mantiene también a nivel de lenguas, en tanto ha escrito en español e inglés. En castellano publicó el libro de poemas Los adoradores de la luna (1975),  la novela  El cadáver de papá (1978), Notas de cine: confesiones de un crítico amateur (1979) y los libros de poemas Mi noche con Federico García Lorca (1995), Mi cuerpo y otros poemas (1999) y Tarzán, Mi cuerpo, Cristóbal Colón (2000). En inglés aparecieron originalmente sus novelas Colombian Gold: A Novel of Power and Corruption (1983, Oro colombiano: una novela sobre poder y corrupción), Latin Moon in Manhattan (1995, Luna latina en Manhattan), Twilight at the Equator (1997, Crepúsculo en el Ecuador), Our Lives Are the Rivers (2006, Nuestras vidas son los ríos) y Cervantes Street (2011). Esta última traducida por Juan Fernando Merino bajo el título de El callejón de Cervantes. En inglés se publicó su libro de memorias Eminent Maricones: Arenas, Lorca, Puig, and Me (1999, Maricones eminentes: Arenas, Lorca, Puig y yo). Entre sus reconocimientos se destacan el Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus en 1975 por su libro Los adoradores de la luna y el Premio Internacional a Libro Latino como mejor novela histórica en el 2007 por Nuestras vidas son los ríos (la cual, aunque publicada en el 2006, fue traducida al castellano al año siguiente). Desde la década del ochenta se ha desempeñado como profesor en la Universidad de Columbia.
Más allá del acto físico de migrar y  sus implicaciones a nivel de cambio de marco sociocultural, desajustes emocionales y nostalgias por tener un ser fracturado en dos partes (la tierra que se deja y la tierra que se habita), habría que pensar, además, en las posibilidades simbólicas e interculturales que brinda el viaje. Este proporciona encuentros con otras sensibilidades estéticas y visiones de mundo: “el viaje es una invitación al asombro (…) la fuente de energías, de contenidos para transformar la cotidianidad pasando de la rutina desgastadora al rito” (González  Rodríguez, 1999, p. 23). Rito que, en el caso de Jaime Manrique, implica no sólo su enriquecimiento cultural tras la llegada al contexto norteamericano, sino también los viajes que, desde la propia ficción, emprende hacia la historia de la América Andina a inicios del siglo XIX (en su novela Nuestras vidas son los ríos, donde la protagonista es  Manuela Sáenz) y hacia Europa y África en los siglos XVI y XVII, justamente por los espacios donde deambuló Miguel de Cervantes Saavedra, el protagonista de su novela El Callejón de Cervantes.

El callejón de Cervantes: “La gloria como poeta o la gloria como soldado”

A lo largo de sus 350 páginas, El callejón de Cervantes (2011) recrea con intensidad la vida de Miguel de Cervantes Saavedra, un personaje problemático y apasionado cuya existencia estuvo marcada por la aventura,  la guerra, el exilio, las traiciones y rivalidades con la sociedad literaria de su tiempo. Cervantes se debate aquí entre “la gloria como poeta o la gloria como soldado” (Manrique, 2011, p. 21). Varias de las reflexiones que el protagonista establece frente a ambos oficios  donde intervienen el honor, el talento y el ansia de reconocimiento, son afines a las digresiones que figuran en el capítulo XXXVIII de la primera parte del clásico español (“Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras”).
La novela tiene al inicio una “Nota al lector”, donde  Jaime Manrique reconoce que “El callejón de Cervantes es una novela sobre la vida de Miguel de Cervantes Saavedra y sobre la apropiación que Alonso Fernández de Avellaneda hizo de la primera parte del Quijote” (2011, p. 13). Se indica allí que el texto narrativo, además de referencias y homenajes a autores célebres del Siglo de Oro Español,  tiene conexiones intertextuales con Don Quijote de la Mancha, el prólogo de las Novelas ejemplares y algunas escenas del teatro cervantino.
La novela se encuentra dividida en dos libros (a semejanza del Quijote) y en ellos se intercalan dos niveles de narración, ambos en primera persona: una es la voz de Cervantes y otra es  la de un amigo devenido en enemigo, Luis Lara,  a quien la ficción del colombiano le atribuye la autoría del Quijote apócrifo que se publicara en 1614. Al final de la novela, el penúltimo capítulo, brinda, por única vez, el testimonio de Pascual Paredes, un espía al servicio de Luis Lara. Este último, según su sirviente-espía,  a pesar de su enorme fortuna, su nobleza y orgullo de ser cristiano viejo, moriría solo, enfermo y desquiciado por sus celos frente a Cervantes, quien habría de superarlo no sólo en las letras sino en el amor de una mujer (Mercedes).
A semejanza de la obra de Miguel de Cervantes Saavedra y su “en un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero” (2008, p. 27), la novela de Manrique también, al inicio, presenta a su protagonista en esa misma zona de España:
Amparado por un cielo sin luna y con las estrellas como única guía, cabalgaba por un sendero de La Mancha. Mientras galopaba por la oscura planicie la angustia se agitaba en mi pecho como una vela de barco que ondea en medio de la tormenta. Clavé las espuelas en el caballo y con el látigo fustigué sus ancas. Mi montura resoplaba; el martilleo de los cascos sobre el suelo guijarroso perforaba la quietud del campo manchego haciendo eco en mi cabeza con dolorosa intensidad. Con gritos de “ale, ale” incitaba a mi semental a que galopara más veloz, con la esperanza de distanciarme del alguacil y sus hombres (Manrique, 2011, p. 17).
Sorprende de entrada –y es algo que ha de conservar la novela- la poeticidad del lenguaje (sus símiles, prosopopeyas e imágenes diversas). El estilo es ágil, vertiginoso, con frases cortas y contundentes que dan nitidez a la atmósfera y  atrapan al lector, vehiculando una historia de peligros y tensiones espirituales. La puerta de ingreso a la ficción de la novela de Jaime Manrique es el Cervantes prófugo de la justicia en 1569. En una riña de taberna había herido a Antonio Sigura, quien lo ofendiera diciéndole: “Su padre es un apestoso  judío y un exconvicto, y su hermana es una puta” (p. 17). A la mañana la sentencia estaba promulgada: “Perdería la mano derecha y sería desterrado del reino por diez años” (p. 18). Cervantes no aceptó la pena: “Prefiero degollarme antes que vivir como un inútil” (p. 20). No quedaba otro camino que la huida pues, ante las autoridades, tenía una triple condición de marginal: poeta; de familia pobre donde el padre fue presidiario y la hermana se hacía amante de hombres ricos para obtener algunos bienes; y, para agravar la situación, era cristiano nuevo. Esta última condición  equivalía a que en su tradición familiar había sangre judía y, aunque desde generaciones atrás había abrazado el cristianismo, no dejaba de ser vista  en condición de inferioridad por una España ultracatólica y contrarreformista que había expulsado a los judíos desde el reinado de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón.
La España de la época, tras quedarse con la fortuna de los judíos  (uno de los sectores más dinámicos de su economía y cuya expulsión sería, a posteriori, una de las causas de la debacle del imperio), a quienes se quedaron y aceptaron el bautismo no dejó de señalarlos y obstaculizarles las vías de ascenso social bajo el calificativo de cristianos nuevos, a diferencia de los cristianos viejos, aquellos que podían demostrar que en su sangre no existían mezclas con judíos.  De ahí la angustia del personaje  “como una vela de barco que ondea en medio de la tormenta” (p. 17), obligándolo a cabalgar por los senderos de la Mancha para pasar a Sevilla y escapar, finalmente, con la ayuda de gitanos, a Italia. Se consolaba pensando que “un poeta en España a menudo equivalía a ser un prófugo” (p. 18). El moverse de un lado a otro, no tanto por causas voluntarias sino forzosas, había sido constante desde la infancia: “Yo había estado en el camino prácticamente toda mi vida. La mala cabeza para los negocios de mi padre había forzado a nuestra familia a estar siempre de aquí para allá” (p. 20). Por eso, no era tan anómalo que la negra suerte lo impulsara a huir, ya de no dentro de España sino fuera de ella:
Me había convertido en lo que fueron muchos de nuestros poetas: un exiliado, como mí idolatrado Garcilaso de la Vega. Quizás mi destino se parecería al de Gutiérrez de Cetina, quien había muerto de forma violenta en México; o tal vez terminaría como Fray Luis de León, quien languideció por muchos años en una cárcel de Valladolid. O seguiría los pasos de Francisco de Aldana, muerto en África combatiendo con el ejército del rey portugués don Sebastián. Quizás en otro país, menos injusto, en un lugar en el cual un joven pobre pero talentoso tuviese una oportunidad real de avanzar en la vida, las cosas podrían ser diferentes para mí. Lejos de la rígida sociedad española y de sus convencionalismos huecos, pomposos e hipócritas (p. 21).
El exilio, una de las cargas más traumáticas del hombre de todos los tiempos.  Romper en forma abrupta con lo que debiera ser la vida elegida y no la vida violentada. Cómo no recordar a Edward Said cuando planteó que el exilio es “la grieta imposible de cicatrizar impuesta entre un ser humano y su lugar natal, entre el yo y su verdadero  hogar: nunca se puede superar su esencial tristeza” (2005, p. 179). Tristeza que no es sólo lo que se deja atrás, sino también todo lo inesperado que sacude a quien ni siquiera estando lejos de donde se siente amenazado estará ileso: Cervantes convaleciente dos años en hospitales miserables de Italia tras las heridas durante la Batalla de Lepanto; Cervantes cayendo, cuando iba de regreso a España, en manos de  turcos que lo tendrían como esclavo cinco años en Argelia.

El joven que imaginó su grandeza en tierras foráneas apenas pudo disfrutar de unos años tranquilos en Italia sirviendo de secretario al cardenal Acquaviva. Su gran error fue, justamente, abandonar la comodidad en Italia para enrolarse en la Batalla de Lepanto. Entre el poeta y el soldado, el segundo le hacía hervir la sangre. El día que perdiera su mano, ni siquiera tenía por qué combatir puesto que su superior le ordenó que, a raíz de una alta fiebre y vómito, podía quedarse bajo cubierta en la embarcación donde iba. Su respuesta, no obstante, fue contundente: “-Vuestra merced- le dije al capitán Murena-, yo me uní a las fuerzas del rey para cumplir con mi deber, y preferiría morir por Dios y por España que sobrevivir a la batalla sin haber combatido” (p. 88). El heroísmo y el honor que derivan de la frase del personaje no son exclusiva invención del escritor colombiano, sino que corresponden –con diferencias de tono y del registro en la lengua castellana- a testimonios escritos que existen en archivos históricos, tomados un 17 de marzo de 1578 a varios alféreces españoles que estuvieron a bordo de La Marquesa, quienes presenciaron el discurso y el coraje de Cervantes (léase, por ejemplo, Cervantes, biografía razonada, de Manuel Lacarta, 2005).

Lo anterior demuestra que Jaime Manrique se nutrió de  una rica base enciclopédica que le permitió  aproximarse al contexto histórico de la obra y a los consensos que han trazado varios biógrafos de Cervantes. Obviamente, muchas de las circunstancias de la novelas son recreaciones de  biografías, otras son invención del novelista. La ficción y lo que podría denominarse la “posible realidad” tienen acá fronteras difusas. Lo fundamental es que el lector se sumerge en el mundo narrado, suspendiendo toda incredulidad y sintiendo la historia contada como verosímil, no una narración postiza donde las acciones se convierten en excusa simple para conocer la vida del autor de Don Quijote de la Mancha. El texto novelístico es ameno en su relato, bello en su tratamiento artístico y en su entramado intertextual (no sólo con la obra de Cervantes sino con poemas diversos del Siglo de Oro Español).

Ahora bien, retomando el capítulo donde Cervantes no rehúye el combate, las páginas donde se cuentan las horas previas, el enfrentamiento con los turcos y una victoria ruidosa de la que cientos de españoles quedarían lisiados, resultan cautivantes por el nivel de visibilidad que logra la palabra. Se narran con nitidez las tensiones, los movimientos de las naves de ambos bandos, los disparos cruzados y los combates cuerpo a cuerpo cuando los españoles abordaron las galeras otomanas, combates en los que Cervantes se sentía invadido por una fuerza sobrenatural  que embravecía su espíritu: “Me convertí en millares de hombres, invulnerable, tan alto y temible como los cíclopes” (Manrique, 2011, p. 90). En medio de su frenesí llegarían los proyectiles que le recordarían su fragilidad humana: “Ya había dado muerte a un buen número de turcos cuando un disparo destrozó por completo mi mano izquierda, dejando salidos y al descubierto los huesos [...] Luego un impacto en el pecho me envío hacia atrás con pasos vacilantes” (p. 91). La escena luce, en dichos instantes, como uno de los posibles embriones de lo que vendría a ser el discurso de las armas y de las letras en el capítulo XXXVIII de la primera parte de Don Quijote de la Mancha: “…Sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizás huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina)” (Cervantes, 2008, p. 397).

Tras la penosa recuperación en Italia de la que quedaría con la mano izquierda lisiada, llegaría un infierno peor meses después, cuando corsarios argelinos atacaron la nave donde su hermano y él arribarían a suelo patrio. Fueron cinco años como cautivo en Argel, “capital de la trata de esclavos en el norte de África” (Manrique, 2011, p. 108). Sufrió  hambre, humillaciones y la violencia del desierto cuando de día debía procurarse el alimento antes de retornar encadenado a la Prisión Baño Beylik. Pensaba que “el tiempo, con su paso de caracol, era el instrumento de tortura más pernicioso” (p. 164). Todo el horror de un hombre reducido en su libertad se cuenta con precisión en los detalles. Hasta los elementos naturales lucen  como verdugos encargados de afectar la dignidad de los cautivos: el calor del día y el frío de la noche en el desierto se sienten en el relato como si las palabras pudieran quemar y luego helar.

En medio de la devastación moral, las penurias del exilio mutado en esclavitud, la novela plantea que ante la tragedia la única redención posible era el arte: los poemas que inventaba Cervantes y sus descubrimientos de insólitas formas de narrar por parte de “contadores de historias turcos en el souk” (p. 166). No dejaba de cautivarlo que las pocas monedas que juntaban los esclavos se las daban a los contadores de relatos turcos y árabes que, como si fueran hijos de Sherezada, eran capaces de espantar por un rato la barbarie y la miseria. Ellos narraban amores que desafiaban convencionalismos, aventuras inolvidables y hechos mágicos. Preciso es recordar que, aunque Las mil y una noches solo se conociera en Occidente hasta 1704 publicada en sus seis volúmenes por Antoine Galland, muchos de los relatos allí contenidos circulaban en Oriente desde el Medievo. La imagen de contadores de historias en medio del desierto había obnubilado ya en la antigüedad  al mismo Alejandro Magno, según refiere Jorge Luis Borges en su conferencia “Las mil y una noches”, incluida en el libro Siete Noches (1998).

La novela de Jaime Manrique sugiere que Cervantes, gracias a esas vivencias duras que a la vez otorgaban aprendizajes literarios, configuró una sensibilidad especial para lo que sería su obra cumbre. Como español y cristiano nuevo tenía el conocimiento de algunas tradiciones literarias del Barroco (desde el teatro de corrales, mística y ascética hasta la picaresca). Como hombre que estuvo en  tierras de árabes y turcos descubrió sensibilidades estéticas a las que no importaban las camisas de fuerza de los géneros literarios,  sino hechizar y seducir con la palabra, narrando y versificando a la vez. Como hombre en el que sus ancestros eran judíos tenía la convicción de que, en medio de peregrinajes y exilios, la única morada digna era la palabra y el libro. Además, tal como indica Manuel Lacarta en Cervantes, biografía razonada,  ser descendiente de judíos conversos “resultó un hecho determinante tanto en su vida como a la hora de optar por una literatura inspirada por otros criterios que la literatura dominante: el romancero o los libros de caballerías” (2005, p. 23). Esa capacidad que tiene Cervantes de incluir en Don Quijote de la Mancha agudos pasajes de crítica literaria (sobre todo el diálogo entre el cura y el barbero en el escrutinio de la biblioteca del ingenioso hidalgo) es propio de un autor con una buena formación cultural y, en este sentido, hay que tener en cuenta que “los judíos conversos pertenecían en la España del Siglo de Oro a una minoría culta y muy activa intelectualmente” (p. 23).


En El Callejón de Cervantes la ficción juega a inventar que en la época de cautiverio el protagonista conocería a Sancho Panza, a quién inmortalizaría décadas después en su obra: “Muchos años después me di cuenta de que gracias a mi encarcelamiento en Argel había conocido a mi segundo más famoso personaje de ficción” (Manrique, 2011, p. 165). Su primer más famoso personaje de ficción, en todo caso, no sólo era un héroe paródico para burlarse de las novelas de caballerías, sino que también tenía mucho de la piel aventurera de su propio creador, de las empresas quiméricas del padre de Cervantes, de tantos utopistas queriendo demostrar que, aunque los tiempos de los cañones eran raros y adversos, todavía existía espacio para el amor, la ensoñación y las ganar de enderezar entuertos. Tras las prendas y curiosa armadura de don Quijote estaban las huellas del hombre que detestaba el encierro, quien transitó por los senderos de la Mancha, dentro y fuera de fronteras españolas. Dice Sancho Panza en la primera parte de Don Quijote que “cada uno es hijo de sus obras” (Cervantes, 2008, p. 489) y los personajes de ficción no escapan a esta consideración: Don Quijote es hijo de Cervantes, de sus migraciones, sus aprendizajes, interacciones con el mundo,  sus desencantos y esperanzas. Harold Bloom en El canon occidental resalta al respecto que “ningún escritor ha establecido una relación más íntima con su protagonista que Cervantes”  (2002, p. 142). Por eso “Don Quijote, al igual que los judíos y los moros, es un exiliado, pero a la manera de los conversos y moriscos, un exiliado interior. Don Quijote abandona su pueblo para buscar su patria espiritual en el exilio” (p. 144). Lo de don Quijote era también cuestión de vida o muerte; lo mejor que le pudo pasar a Alonso Quijana fue su locura y sus ganas de romper con el encierro para asemejarse a los personajes de sus novelas de caballerías, pues, de lo contrario, hubiese sido el mismo viejo cincuentón, soltero y virgen esperando en su hacienda la piedad de la muerte. A ésta ha de rebelarse como Don Quijote. De ahí que Unamuno postule que “su locura es una cruzada contra la muerte” (citado por Bloom, 2002, p. 141), una locura con ansias de caminos, de libertad, de heroísmo, de bondad e intenciones mesiánicas de redimir en su figura a todos los amantes de la literatura porque él ha de ser, como indica el poeta español Pedro Salinas, “Santo Patrón de los lectores” (citado por Del Paso, 2004, p. 166).

El Quijote, de acuerdo con la ficción de Jaime Manrique, tenía mucho de Cervantes y de su padre, pero también de un pariente de su esposa Catalina Palacios, llamado Alonso Quijana, quien había enloquecido “de tanto leer libros de caballería” (Manrique, 2011, p. 294). A Quijana, como al Manco de Lepanto, los culpaba la familia de la esposa de Cervantes de vagos, desinteresados por los asuntos de la hacienda y dilapidadores del tiempo en la lectura. En la novela, la suegra de Cervantes lo insulta comparándolo con Alonso Quijana, cosa que, en vez de ofender al yerno, lo exaltaba pues habría de escribir sobre él, homenajeándolo, homenajeándose:

Era como si hubiese empezado a transformarme en Alonso Quijana, a convertirme en su doble, al igual que, estaba seguro, yo tendría mi doble en algún lugar de la tierra en este mismo instante, y tendría uno –no, uno no, sino legiones de ellos- en el futuro, en los siglos por venir, que pensarían, sentirían y soñarían como yo (p. 303). 

Quijana es visto como una suerte de aleph borgesiano que contendría a Cervantes y a hombres de todos los tiempos, sean estos aventureros o lectores.  Ese Alonso Quijana es otro personaje más de los que pasó de la realidad a la ficción (con algunas mutaciones en el trayecto). Expertos cervantistas como Luis Astrana Marín –autor de Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra- y Francisco Rodríguez Marín –autor de múltiples artículos y prólogos a Don Quijote de la Mancha- señalan que uno de los embriones de la novela de Cervantes fue Alonso Quijana, quien era el tío de la esposa de Cervantes y cuya casona [1(donde residió el matrimonio Cervantes) se encontraba en Esquivias, población pequeña donde vivió varios años el autor de Don Quijote de la Mancha (actualmente es un ayuntamiento de Toledo). El Hidalgo Don Alonso Quijada Salazar, poseía tierras en Esquivias, lo obsesionaban las novelas de caballería, enloqueció y, tras recuperar la “razón”, terminó sus días como fraile. Los expertos en la obra de Cervantes señalan que el novelista, para evitar el encono de la familia de su esposa, evitó poner a su personaje ficcional el nombre completo del hidalgo de Esquivias, por lo cual optó por dar al Alonso ficcional un aura de incertidumbre, pues al fin de cuentas lo que importaba, más que su apellido, era la historia que provocaba: “Quieren decir que tenía el sobrenombre de  'Quijada'  o de  'Quesada', que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben, aunque por con conjeturas verosímiles  se deja entender que se llamaba Quijana” (Cervantes, 2008, p. 28).

Ahora bien, retornando a ese “segundo más famoso personaje de ficción” (Manrique, 2011, p. 165), en El callejón de Cervantes Sancho es, como en Don Quijote de la Mancha, la encarnación del humor, de la sabiduría popular y de la amistad sin orillas. Sancho, también prisionero en Argel, es quien enseña a sobrevivir a Cervantes. Éste reconoce: “Sancho fue como un Virgilio para mí” (p. 156). Los amigos separados por el desierto en uno de los intentos fallidos de fuga habrán de reencontrarse décadas más adelante, cuando ambos ya están en suelo español. Sancho le agradecerá el que lo hiciera parte de la ficción. Será, además,  quien lo azuce para que se  apresure a sacar la segunda parte de Don Quijote de la Mancha:

Sin tardanza, mi viejo y querido amigo, es menester que le urja a continuar las aventuras de Don Quijote. Póngalo en camino a Zaragoza, montando a Rocinante, el caballo más noble de todos los que han existido. Y casi no me importa si lo hace conmigo o sin mí como escudero. Digo todo esto, don Miguel, no porque tenga hambre de mayor fama, sino porque esa grave injusticia cometida contra usted por ese ladrón infame, el maldito de Fernández de Avellaneda, debe ser resarcida (p. 307).

Ese misterioso Alonso Fernández de Avellaneda que publicara en 1614 su libro Nuevas andanzas del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha y que tanto ha obnubilado a críticos literarios, historiadores y paleógrafos que han tratado de descifrar qué persona real se ocultaba tras ese seudónimo [2],  ocupa buena parte de las páginas de la novela de Jaime Manrique, la cual, como se indicó anteriormente, maneja dos niveles de narración en primera persona: la voz de Cervantes y la de Luis Lara (quien empleara el seudónimo de Fernández de Avellaneda).
Luis Lara corresponde a una invención del autor colombiano. El personaje es un aristócrata y castellano viejo, el cual, por los celos de saber que su esposa estaba enamorada de su amigo Cervantes, dedica su existencia a intentar arruinar los proyectos del otro. Es quien, gracias a sus dignidades burocráticas y al favor de la Corona, le impide a Cervantes que obtenga una pensión como herido de guerra tras su liberación y retorno a España. Mueve además influencias para impedirle viajar y trabajar en Cartagena de Indias. Llega, incluso, a contratar un espía que sigue al escritor cuando éste es recaudador de granos para los soldados de la Armada Española. Su odio acérrimo contra Cervantes lo llevaría a sacar un libro sobre don Quijote bajo la pretensión de superar al original. Desconocía que su afrenta lo que haría sería provocar una bella y contundente segunda parte de Don Quijote de la Mancha,  donde Cervantes se da el lujo de burlarse de Fernández de Avellaneda y de algunos de sus personajes  (que son confrontados directamente por don Quijote y Sancho Panza). El ladrón había resultado robado por su enemigo, su libro apócrifo permanecería apenas como una curiosidad literaria.
En la ficción de Jaime Manrique, Luis Lara perece por los mismos días en que fallece su rival, inmensamente rico pero lleno de envidias y resentimientos. En cambio Cervantes, aunque pobre y auxiliado por las monjas del Convento de Trinitarias Descalsas, morirá presintiéndose destinado a la inmortalidad. Ya su obra era leída en varias latitudes y vislumbrará que en el futuro las generaciones se identificarían con su Quijote. El último capítulo de El Callejón de Cervantes (titulado “El final: 22 de abril de 1616”) resulta bello en su prolepsis: mientras Cervantes agoniza y recibe la extremaunción, sueña que será tal su gloria que, siglos adelante, un hombre “logrará escribir el mismo exacto Don Quijote” (p. 350). Cervantes soñando a Pierre Menard, prefigurando a Borges, soñando otro sueño donde otro escritor, como él, hará literatura de la literatura, la literatura como palimpsesto, como arte de la memoria, en el que “todos los libros son un vasto Libro, un solo Libro infinito” (Genette, 1989, p. 497).


Notas explicativas


 [1 ]  La casona donde residió el Hidalgo Don Alonso Quijada Salazar y donde viviera el matrimonio Cervantes fue Inaugurada como Casa Museo Cervantes en diciembre de 1994. Para mayor información al respecto puede visitarte la página del Ayuntamiento de Esquivias:  http://www.esquivias.org/galeria/casa_cervantes.htm


 [2 ]  Martín de Riquer, desde la década del sesenta del siglo XX, postuló en varios textos que el posible autor oculto tras el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda es Gerónimo Pasamonte (un soldado compañero de Cervantes y autor de una autobiografía), quien se había indignado de que Cervantes lo refigurará poniéndolo como bandido en la primera parte de don Quijote bajo el nombre de Gines de Pasamonte. Como una suerte de venganza, atendiendo a planteamientos de Riquer, Gerónimo de Pasamonte habría publicado Nuevas andanzas del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Riquer, incluso, se atreve a trazar afinidades de estilo entre la autobiografía de Pasamonte y la novela apócrifa. No obstante, también existen otras posibilidades frente a quién sería el hombre bajo el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda: “Hay quien lo identifica con Ruíz de Alarcón o Tirso de Molina; con Francisco de Quevedo o Alonso de Castillo Solórzano; con Paravicino, López de Ubeda, con el mismísimo confesor del rey, el padre Aliaga; con Blanco de Paz o con el propio Miguel de Cervantes” (Lacarta, 3005, p. 241).

Referencias

Bloom, H. (2002). El canon occidental.  Damián Alou (trad.). Barcelona: Editorial Anagrama.
Borges, J.L. (2005). Mi entrañable señor Cervantes. Sololiteratura.com. Recuperado de http://sololiteratura.com/bor/bormientranable.htm
Borges, Jorge Luís (1974). Obras completas 1923-1972. Buenos Aires: Emecé  Editores.
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 Vargas Llosa, M. (1998). Cartas a un joven novelista. Bogotá: Ariel.

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Este artículo fue presentado como ponencia en:

 X Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana (JALLA, 2012), Cali-Colombia, 31 de julio de 2012 de 2012.

XXVII Congreso Nacional y I Internacional de Lingüística, Literatura y Semiótica, organizado por la Universidad Pedagógica y Tecnológica,  Tunja-Colombia, 10 de octubre de 2012.

Ciclo de Conferencias del Área de Literatura de la Facultad de Educación de la Universidad del Tolima, Ibagué-Colombia, 22 de octubre de 2012.