domingo, mayo 13, 2012

FUNDACIONES DE LA MEMORIA Y EL LENGUAJE EN EL PORVENIR INCOMPLETO DE NELSON ROMERO GUZMÁN


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Profesor de la Universidad del Tolima,
Doctor en Literatura de la Universidad Católica de Chile,
jlgaitan@ut.edu.co).

Como bien lo resalta  Andreas Huyssen en su libro En busca del futuro perdido,  cultura y memoria en tiempos de globalización (2001), en la contemporaneidad la memoria “es una obsesión cultural de monumentales proporciones” (p. 20) que capta la atención de filósofos, artistas, historiadores, críticos, neurobiólogos, psicólogos sociales y experimentales. Dentro de ese ámbito se destaca la confrontación que efectúan diversos pueblos con sus traumas del pasado: Sudáfrica indagando los crímenes durante el Apartheid;  el pueblo Judío, la propia Alemania y Occidente cuestionando el  Holocausto; los países latinoamericanos tornando sus ojos hacia la Conquista, sus luchas independentistas, guerras y dictaduras militares;  entre otros. Lo complejo es que a la par de esta  tarea de exploración rigurosa de los tiempos pretéritos, se da un mercadeo  banalizante de la memoria pues los medios de comunicación saben que “el pasado vende mejor que el futuro” (p. 27),  tanto aquel que entraña vergüenzas, como aquel que satisface a la gente, las historiografías y los Estados en sus afanes conmemorativos. Hay  un marketing exagerado de la nostalgia y de las modas retro. Es “el éxito del síndrome de la memoria” (p. 27) ante el cual, no obstante, cabe preguntarse “si una vez que haya pasado el boom de la memoria existirá realmente alguien que haya recordado algo” (p. 27).
Varios  autores  indican que tantos pasados escamoteados y tantos datos sueltos en las autopistas de la información, las redes virtuales y las pantallas no generan sino amnesia de lo que sí debiera ser sustancial y recordable. El uso vertiginoso de pasados espectacularizados y sometidos a las leyes del mercado hace que, como cualquier objeto de consumo en el mundo actual, lo que se obtiene al momento se deseche rápidamente. De esto habla Zygmunt Bauman en Vida líquida (2006), de cómo las sociedades actuales  son líquidas en la medida en que “las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos y en unas rutinas determinadas” (9). Es la vida líquida que pasa rápido, que  escapa  de las manos al intentar asirse, cuya fluidez no es más que liviandad y formas superfluas.
 A la vida líquida  de la que habla Bauman, podría agregársele la existencia de una memoria líquida, fugaz y pasajera para vender una historia, mover sensibilidades primarias y convertirse luego en amnesia. A las memorias líquidas “de corta duración” habría que oponer memorias complejas de mayor duración que son revisitadas críticamente por artistas, historiadores y pensadores a quienes interesa, no la simple evocación, sino la anagnórisis, la confrontación con el pasado, la búsqueda de sentidos y explicaciones a las ruinas del hoy interrogando las ruinas del ayer, como el Ángel de la Historia de Walter Benjamin. Atendiendo al psicoanalista uruguayo Marcelo Viñar se trataría de reconstruir las “fracturas de la memoria” (citado por Moraña, 2004: 196), es decir aquellos episodios traumáticos en la vida de los pueblos. Es acá cuando la memoria se convierte en “interpelación, intervención y no sólo evocación memoriosa” (Moraña, 2004: 201), pues no se reduce al “repertorio institucionalizado” (p. 199) de la identidad nacional.
Desde esa última vía, donde la memoria es interpelada e intervenida, es que cobra enorme importancia la existencia de un arte latinoamericano encargado de revisitar críticamente el pasado, reescribirlo, cuestionarlo, recusarlo y reconstruirlo  imaginando voces silenciadas y “subjetividades rotas” (p. 16). Como prueba de ello en la literatura está la abundancia de novelas testimoniales y de nuevas novelas históricas. En estas últimas los escritores se permiten  una “relectura crítica y desmitificadora del pasado a través de la reescritura de la historia” (Pons, 1996: 16), la afectación de la memoria colectiva y la construcción de un espacio donde frecuentemente tienen cabida lo marginal, lo subalterno y lo que antes era excluido o silenciado.
La publicación contemporánea de novelas históricas que difieren de la novela histórica  tradicional ha tenido su correlato en la crítica literaria, no sólo por un interés estético, sino también político de indagar cómo estas creaciones artísticas leen tiempos convulsos que marcaron el devenir de Latinoamérica y sus países. En esta línea de acción se ubica El porvenir incompleto, tres novelas históricas colombianas, de Nelson Romero Guzmán. De entrada su autor puntualiza:

Para el presente ejercicio de aproximación a la novela  más reciente del género histórico en Colombia, se han escogido las obras El país de la canela (2008) de William Ospina, El árbol imaginado (2010) de Carlos Flaminio Rivera y  Buen viaje, General (2010) de Benhur Sánchez Suárez. Las tres novelas, en su orden temático, igualmente dan cuenta sobre tres periodos históricos fundacionales de América: La Conquista, la Colonia y la Guerra de los Mil Días en la formación de la república colombiana.
(…) Por ahora, es preciso aclarar que el enfoque de lectura aquí propuesto proviene en su base de lo que Paul Ricoeur y Peter Elmore relacionan con unas herencias históricas conflictivas, denominadas por el primero en forma general “acontecimientos fundadores” (Ricoeur, 2004: 111) y por el segundo de manera más concreta “momentos de fundación” (Elmore, 2007: 11). Ambos autores identifican estos momentos fundacionales o encrucijadas con los conflictos de los pueblos o la violencia (Romero Guzmán, 2012: 19-20).

Frente a las tres novelas de aparición reciente sobre las cuales Nelson Romero establece su labor crítica, los momentos fundacionales le importan, no sólo por la relación con momentos de crisis a nivel histórico, sino, además, la manera de instaurarse desde las técnicas literarias en las ficciones correspondientes. Los momentos fundacionales son también los del lenguaje y en esa medida el crítico no olvida que, más allá de la indagación de cómo leen los escritores sus pasados para reescribirlos, es fundamental la exploración de los mecanismos poéticos y narratológicos que ponen en funcionamiento el artefacto estético. Esa “fundación del lenguaje” le importa, incluso, porque tiene que ver “con las remociones que le hace el discurso literario al discurso oficial de la historia, como un cuestionamiento o puesta en crisis de la representación y las discontinuidades frente a los episodios seriados del relato historiográfico” (p. 22).
A Nelson Romero le preocupan tanto el fondo como la forma y su libro maneja ese justo equilibrio: la lectura ideológica tiene su contrapeso en la lectura estética. Y lo interesante es que no se conforma únicamente con señalar, por ejemplo, la presencia del lenguaje poético en el País de la Canela, sino que analiza y ejemplifica el uso artístico de las enumeraciones, el colorido en los detalles, la recurrencia del “epíteto de corte renacentista” (p. 83) y hasta el abuso de lo metafórico que lleva a que, en ocasiones, el estilo se vuelva altisonante” (p. 83).
Con relación a lo último es clave indicar que, aunque quizás varios lectores puedan diferir de ciertas interpretaciones de Nelson Romero o de algunos  cuestionamientos a los manejos de los recursos estéticos en las narraciones de su corpus (al fin de cuentas cada quien lee las obras y las valora desde su sensibilidad, su base enciclopédica y su horizonte de expectativas),  su lente crítico tiene peso porque no hay juicios a priori de llano elogio o condena, no es arrasador en sus comentarios y a cada ficción le reconoce tantos sus méritos como sus debilidades. Esto se da porque su foco de atención son los textos literarios, no la figura de sus autores o el peso de sus premios  (cómodo hubiese sido quedarse resaltando el rico juego intertextual de Ospina con las Crónicas de Indias,  callando sus cuestionamientos a algunos recursos poéticos en El país de la Canela, la novela ganadora del prestigioso Premio Rómulo Gallegos en el 2009).
El libro de Nelson Romero tiene validez porque  hay rigor en la investigación, argumentaciones sustentadas con citas pertinentes y una lectura cuidadosa que señala para cada novela tramas, estructuración del sistema de personajes, mecanismos ficcionales de apropiación/ distorsión de los referentes históricos, y  papel de los símbolos en los relatos (es admirable su aproximación  a los múltiples sentidos del árbol en la novela de Carlos Flaminio Rivera).   Recurre, igualmente, a métodos comparatistas que permiten comprender las líneas de continuidad y de reescritura entre la obra de William Ospina y las Crónicas de Indias, o entre la ficción de Benhur Sánchez y el archivo histórico y los textos periodísticos. Su versatilidad es, a la vez,  resultado de su seguimiento de la forma como la crítica literaria ha diseñado categorías de análisis para valorar la novela histórica latinoamericana desde la década del setenta. Para su estudio dispuso de un marco teórico y crítico importante: los libros de  Seymour Menton, Fernando Ainsa, María Cristina Pons, Begoña Pulido Herráez, Magdalena Perkowska y el colombiano Pablo Montoya,  quien, como señala Nelson Romero, “en su  libro Novela histórica en Colombia 1988 – 2008, entre la pompa y el fracaso (2009), hace el catálogo de 45 novelas históricas publicadas en ese periodo” (p.  29).
El libro de Nelson Romero se encuentra estructurado en cinco momentos. El primero corresponde a la introducción –“Fundaciones en la novela histórica latinoamericana contemporánea”-,  donde se indica el corpus, las razones para analizar las novelas  de William Ospina, Carlos Flaminio Rivera y Benhur Sánchez y la afiliación de éstas a una tendencia literaria latinoamericana visible después del Boom.  En la introducción enuncia las variadas denominaciones para abordar dichos fenómenos estéticos: nueva novela histórica, novela histórica latinoamericana contemporánea, novela histórica postmodernista, e incluso metaficción historiográfica.  Se hace un recorrido por las formulaciones de la crítica literaria y se trazan características recurrentes: manejo de diversos niveles de narración que desvertebran las fronteras entre lo real y lo ficticio, lo histórico y lo fantástico; afectación de mitos nacionales mediante una reescritura del pasado y de fuentes históricas y literarias; uso frecuente de la intertextualidad, la parodia, la ironía, el humor y la autoconciencia narrativa.
Un segundo momento del libro se titula “La reescritura de la crónica de la Conquista en El país de la canela de William Ospina”. Allí se estudia la forma como el narrador “logra traer al presente el recuento de la fracasada expedición de Gonzalo Pizarro al País de la Canela y el viaje azaroso por el río Amazonas de la tripulación capitaneada por Francisco Orellana” (p. 32-33). Nelson Romero sitúa esta novela dentro de un proyecto escritural de Ospina en torno a la Conquista  (desde algunos de sus poemas, artículos y entrevistas hasta los ensayos sobre Elegías de varones ilustres de Juan Castellanos en el libro Auroras de Sangre). Revisa en este capítulo el entramado intertextual en El país de la canela que abarca, no sólo las Crónicas de Indias, sino también la literatura de viajes y las novelas sobre la selva en Latinoamérica. Explora los registros poéticos del autor, los recursos hiperbólicos y ciertos procedimientos que asemejan esta novela con algunos pasajes de Cien años de soledad. Problematiza la voz mestiza del narrador-personaje y mira las implicaciones ideológicas que tiene el relato de un mestizo que, siendo hijo de conquistador español y madre indígena, tiene unas formulaciones culturales propias del Renacimiento y de la España contrareformista de la época.
El tercer capítulo se denomina “La historia imaginada de la emancipación colonial en El árbol imaginado  de Carlos Flaminio Rivera”. Se aborda cómo “esta novela, más que detenerse en reconfigurar unos hechos del pasado, respetando el canon de la historia, lo que hace es valerse de un marco específico, esto es, la Expedición Botánica en la época del virreinato de Espeleta, para explorar el poder de ficción y de fábula que la misma Historia, antes de ser registrada en hechos con una trama secuencial, tuvo –o pudo tener- en sus protagonistas” (p. 91). Se efectúa un minucioso recorrido a esta obra en la que personajes reales e inventados conspiran contra El Nuevo Reino de Granada. Hay una juiciosa valoración poética y narratológica de cómo  el árbol es “elemento estructurador de la trama” (p. 93), pues sobre el recaen “todos los juegos de asociaciones simbólicas” (p. 93) en el que se involucran los frutos de una imaginación que no se atiene fielmente a documentos históricos, las proyecciones sexuales de los personajes, los procedimientos carnavalescos de la narración, las conexiones con la “Ceiba mítica de San Sebastián de Honda” (p. 94)  y las posibilidades de un proyecto emancipatorio que tuviera en cuenta la ciencia aborigen y el pasado indígena del entonces Nuevo Reina de Granada.
El cuarto capítulo se llama “La historia revivida de la Guerra de los Mil Días en Buen viaje, general de Benhur Sánchez Suárez”. Acá se atiende al uso del collage en la configuración de la trama, “mediante el cual se toman documentos de los archivos, sobre todo los procedentes de las formas de legitimación de un Estado como las Leyes, Decretos, Discursos y Cartas oficiales, entre otros; así mismo, noticias, reseñas y otras expresiones del periodismo escrito de los convulsos momentos actuales, para invitarnos, de una manera disimulada, a hacer una lectura del pasado en función del presente” (p. 124). Ese pasado que entra en diálogo con el presente se explora en una doble vía: las interacciones entre el fantasma de un personaje histórico de la Guerra de los Mil Días en el Tolima, Tulio Varón, con un escritor del siglo XXI que se ve obligado a exorcizarse de su interlocutor mediante una novela que funde lo histórico con lo esotérico; las digresiones del narrador-personaje sobre cómo las infamias, los trasfondos de atraso cultural y económico y ciertos procedimientos bélicos del siglo XIX que habrían de actualizarse en los números conflictos y actos sangrientos del siglo XX y lo recorrido del siglo XXI.
El libro culmina con culmina con “A manera de cierre: de los proyectos del pasado a las frustraciones del presente”, donde Nelson Romero brinda las conclusiones de su investigación y pone en diálogo las tres obras de su corpus en un género narrativo en el que es vital el reconocimiento de que “la novela histórica es un artefacto que vuela hacia el pasado, pero consciente de que el viaje se hace desde un presente. Justamente el viaje de la memoria a los intersticios de las épocas más violentas, ha convertido la novela histórica latinoamericana en una forma de situarnos en la Historia con nuestros problemas actuales” (p. 151).
Finalmente cabe señalar que El porvenir incompleto, tres novelas históricas colombianas, se deja leer no únicamente con interés por las indagaciones allí generadas sobre El país de la canela, El árbol imaginado y  Buen viaje, General, sino también con agrado porque la conceptos no se expresan en un lenguaje abigarrado o en taxonomías que podrían confundir a lectores no pertenecientes a la academia universitaria. A su autor le interesa aproximar sus hallazgos a un público más amplio y por eso explicita desde qué lugar de la teoría y crítica literaria formula sus reflexiones, define las categorías de análisis antes de usarlas y no descuida la textura de sus ensayos. Esto se da porque a Nelson Romero le preocupa la relación del lenguaje con la belleza, tanto la de las ficciones que aborda como la de su libro sobre novela histórica reciente en Colombia. Es la doble condición de quien puede oficiar con pertinencia en el campo de la crítica literaria (la coautoría con Libardo Vargas de  La poética y la narrativa tolimense del siglo XX, sus ensayos en libros y revistas, y hasta su tesis laureada en la Maestría de Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira) y, sobre todo, en el campo de la creación lírica, en tanto sus libros de poesía –ganadores en su mayoría de premios departamentales y  nacionales- son la mejor evidencia de que la fuerza de la escritura es resultado de una rigurosa disciplina lectora, de una pasión por la palabra y de un fecundo diálogo intertextual.


REFERENCIAS

Bauman, Zygmunt (2006). Vida líquida. Albino Santos Mosquera (trad.). Barcelona: Ediciones Paidós.
Elmore, Peter  (1997).  La fábrica de la memoria: la crisis de la representación en la novela histórica hispanoamericana.  México: Fondo de Cultura Económica.
Huyssen, Andreas (2001).  En busca del futuro perdido, cultura y memoria en tiempos de globalización. Silvia Ferhrmann (trad.). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Moraña, Mabel (2004). Crítica impura. Madrid: Iberoamericana.
Pons, María Cristina (1996). Memorias del olvido, la novela histórica de fines del siglo XX. México: Editorial Siglo XXI.
Ricoeur, Paul (2004). La memoria, la historia, el olvido.  Agustín Neira (trad.). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Romero Guzmán, Nelson (2012). El porvenir incompleto, tres novelas históricas colombianas. Bogotá: Biblioteca Libanense de Cultura.