miércoles, abril 18, 2012

EL RUIDO DE LAS COSAS AL CAER: RADIOGRAFIA DEL MIEDO COLOMBIANO EN LA GENERACIÓN DEL SETENTA


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Profesor de la Universidad del Tolima, Colombia,
Doctor en Literatura de la Universidad Católica de Chile
jlgaitan@ut.edu.co)

Preámbulo: el miedo y sus coordenadas

En la introducción a la antología La casa sin sosiego, la violencia y los poetas colombianos del siglo XX, Juan Manuel Roca señala que el miedo es “el hijo bastardo de la violencia” (2007: 27). La imagen poética adquiere una tremenda fuerza por ese adjetivo que torna más problemática la condición del miedo; verlo como bastardo es afrentarlo de múltiples formas, es casi negarle que haga parte de la condición humana, es restregarle a la cara su condición de ilegítimo, intruso, merecedor de desdén y de rabia. Sentirlo como bastardo es ligarlo a una historia, a una memoria traumática y a un país en suerte, no un simple temor o un miedo "legítimo” para psicólogos y psicoanalistas. El miedo, como hijo bastardo y colombiano, entraña un peso insoportable y una terrible condición histórica: sobre él están las ocho grandes guerras civiles en el siglo XIX; la Guerra de los Mil Días y sus cien mil caídos; la Violencia bipartidista y sus trescientos mil muertos; las masacres y las poblaciones arrasadas por la guerrilla y los paramilitares; los desaparecidos y asesinados por las propias fuerzas del Estado; las bombas, los aviones estallados en pleno vuelo y los miles de ultimados por sicarios al servicio del narcotráfico.
El creador de arte “tendría que ser muy ciego para que todo ese entorno no se filtrara en su obra” (Roca, 2007: 27). El desafío está en no sacrificar los valores estéticos en aras de contar cuando se refiguran los hechos violentos o cuando se recrea el drama de los sobrevivientes, tal como lo advirtiera el propio Gabriel García Márquez en sus balances sobre la novela de la Violencia. Ahora bien, frente al fenómeno del narcotráfico y del sicariato en las últimas décadas existe ya un número considerable de novelas como La virgen de los sicarios (1994) de Fernando Vallejo, Morir con papá (1997) de Óscar Collazos, Rosario Tijeras (1999) de Jorge Franco, Sangre ajena (2000) de Arturo Alape, Sin tetas no hay paraíso (2005) de Gustavo Bolívar Moreno, entre otras. La cuestión es tan compleja que su proliferación conlleva a postular subgéneros específicos. Algunos hablan de narconovelas y otros de la sicaresca [1].
En medio de narconovelas y sicarescas que rápido pasan al cine y a la televisión para hacer mercado con la evidencia de la sangre es grato saber que la ganadora del XIV Premio Alfaguara de Novela 2011, El Ruido de las cosas al caer, del bogotano Juan Gabriel Vásquez [2], encara la cuestión del narcotráfico desde otra mirada y estética. No se trata de que en la escena textual no acontezca una escena de sicariato, ni que se deje de mencionar los atentados terroristas y magnicidios en el país en la década del ochenta e inicios de los noventa, sino que la narración en primera persona prioriza la psiquis afectada en vez de quedarse en descripciones morbosas de crímenes. Además, profundiza el antes y el después de los hechos violentos: los orígenes del narcotráfico y los desajustes emocionales que habrían de perdurar entre quienes alguna vez fueron víctimas o vieron vulnerada su ciudad.

El miedo: devastaciones e intertextos

El ruido de las cosas al caer encadena las raíces del narcotráfico y sus secuelas para trazar una radiografía del miedo, la de varias generaciones, pero, sobre todo, la generación del setenta (a la que pertenecen tanto el escritor como su narrador protagonista); “la generación que nació con los aviones, con los vuelos llenos de bolsas y bolsas de marihuana, la generación que nació con la Guerra contra las Drogas y conoció después las consecuencias” (Vásquez, 2011: 217).
Esa generación de los setenta que supo de las primeras avionetas ingresando a los Estados Unidos para llevar marihuana y años después cocaína; la que vio entronizarse a las mafias de Medellín y Cali; la que arribó a la adolescencia mientras el Cartel de Pablo Escobar asesinaba al ministro Rodrigo Lara Bonilla, al director del diario El Espectador Guillermo Cano Isaza y al candidato presidencial Luis Carlos Galán; la que se asombró al notar que sí las balas no eran certeras existían las cargas explosivas para volar un avión de Avianca -del que quedarían 110 víctimas mortales- y el edificio del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad, donde perecerían casi setenta personas), habría de comprender que el miedo de pasar por sitios públicos en Bogotá (donde transcurre principalmente la novela), no habría de terminar un dos de diciembre de 1993 con la muerte en Medellín de Pablo Escobar Gaviria, el capo más temible para la humanidad por aquel entonces. El miedo, como hijo bastardo y rebelde, sobreviviría a la suerte de sus propios impulsores, se instalaría con fuerza en hombres y mujeres que se volvieron desconfiados para siempre, los que no han alcanzado duelos y cualquier situación del presente dispara en ellos malos recuerdos. Así comienza la novela, cuando su protagonista, el profesor de derecho Antonio Yammara, mira en un noticiero a mediados del 2009 la muerte a manos de francotiradores de uno de los hipopótamos sobrevivientes de la Hacienda Nápoles, la propiedad más fastuosa de Pablo Escobar en la que existía un zoológico que fue atracción turística nacional.
La muerte del hipopótamo es el detonador de la memoria de Yammara y lo lleva a reconstruir la vida de un compañero de billar (Ricardo Laverde), quien estuviera recluido diecinueve años en una prisión estadounidense por pilotear una avioneta con cocaína. El piloto exconvicto arrastraba el sino irónico de la tragedia; su propia mujer perecería en un accidente aéreo un 20 de diciembre de 1995: el vuelo 965 de American Airlines, que cubría la ruta Miami-Cali, se estrelló contra una montaña en Buga (Valle del Cauca, Colombia) dejando un saldo de 160 muertos. El ruido de las cosas al caer es, justamente, el último sonido que queda registrado en la caja negra:

Hay un grito entrecortado, o algo que se parece a un grito. Hay un ruido que no logro, que nunca he logrado identificar: un ruido que no es humano o es más que humano, el ruido de las vidas que se extinguen pero también el ruido de los materiales que se rompen. Es el ruido de las cosas al caer desde la altura, un ruido interrumpido y por lo mismo eterno, un ruido que no termina nunca, que sigue sonando en mi cabeza desde esa tarde y no da señales de querer irse, que está para siempre suspendido en mi memoria, colgado en ella como una toalla de su percha.
Ese ruido es lo último que se oye en la cabina del vuelo 965.
Suena el ruido, y entonces se interrumpe la grabación. (Vásquez, 2011: 84).

El lector asiste a la par del narrador a la última conversación de los pilotos antes del deceso. No sólo hay intensidad y una atmósfera que atrapa por la forma como se describen los últimos momentos del vuelo 965, lo interesante es que una tragedia aérea de comprobada existencia en la historia nacional es visitada por la ficción para luego ser sometida a reinvenciones. Ante la caída del vuelo real 965, la propia imaginación despliega su vuelo para contar que una de esas 160 víctimas era una norteamericana llamada Elena Fritts, tenía una historia de amor truncada e iba a reencontrarse con la hija y con el esposo liberado (Ricardo Laverde).
La tragedia de Fritts y Laverde (asesinado por sicarios meses después) no es ajena al narrador. Acompañaba a este último al momento de su muerte. Mientras evocaba los versos de “Nocturno” de José Asunción Silva tras visitar la casa donde viviera el poeta bogotano, uno de los proyectiles disparados anidó en su vientre y lo tuvo al borde de la muerte. Aunque se salvara, su vida sexual no sería la misma. La violencia que se llevara a un compañero y que sometiera a un país absorto tocaba la esfera de lo íntimo y familiar: parte de su cuerpo inutilizado, el goce de pareja afrentado, la intranquilidad de pensar que cualquier bomba o bala perdida podría llevarse a sus seres queridos, a quienes vigila, restringe y cansa con sus obsesiones y advertencias. De ahí la obstinación del narrador protagonista por escarbar en el pasado del compañero asesinado, a la vez el pasado de Colombia en cuanto al origen del narcotráfico: la injerencia de norteamericanos llegados a territorio nacional como voluntarios de “Cuerpos de Paz” en los setenta y que orientaban a los campesinos para el cuidado de los cultivos; ellos diseñaban las estrategias para que pilotos colombianos llevaran la marihuana al país del sueño americano (clave en este sentido el personaje de Mike Barbieri) y, al notar el descenso de consumo en su país desde 1977, encontraron más lucrativo el tráfico de cocaína. Antonio Yammara encadena los anteriores fenómenos para vislumbrar que la ruina ajena era la propia, lo individual dolorosamente estaba aferrado a lo colectivo como un barco a pique; bien lo decía Maurice Hallwachs: “cada memoria individual es un punto de vista sobre la memoria colectiva” (citado por Ricoeur, 2004: 161).
Una memoria herida que se cuenta, se manosea y se duele es la que se reconstruye en la novela de Juan Gabriel Vásquez: la de unos egos ficcionales pero también la del propio país y la de una generación minada en su psiquis por el sicariato y el terrorismo. Se dice en la obra que “el miedo es la principal enfermedad de los bogotanos de mi generación” (Vásquez, 2011: 59) y aunque cada crimen nuevo se tuviera que lamentar “con la resignación que ya era una suerte de idiosincrasia nacional” (19), se sugiere que pocos salieron ilesos de la melancolía, de muertes no encaradas, ni de angustias que rechazan fechas de vencimiento. Ante la desazón, la inconformidad y una escritura en la que el instinto de muerte está por encima del eros, la novela de Juan Gabriel Vásquez se afiliaría, siguiendo los planteamientos críticos de la profesora Alejandra Jaramillo Morales en Nación y melancolía, narrativas de la violencia en Colombia (1995-2005), a una tendencia melancólica en la que se percibe una “ciudadanía disminuida” (2005: 30), en tanto, “se puede afirmar que la violencia, como experiencia cotidiana, ha marcado la manera como varias generaciones de colombianos se reconocen como individuos y como colectividad” (20).
En esta creación ficcional, cargada de país y con un lenguaje depurado, ni los intertextos resultan a salvo, como si la belleza estética no fuera redención sino otra zona más de devastación, miseria y muerte. La lírica de los colombianos Aurelio Arturo y de José Asunción Silva retumba en las páginas cuando la memoria se quiebra, cuando se visitan recuerdos de muertes cercanas, traumas colectivos y angustias imperecederas. En vez de lamentos exacerbados, Juan Gabriel Vásquez, para acentuar la desolación de sus personajes, elige poemas estratégicamente insertos que con sus nítidas imágenes son más certeros para sugerir melancolías y daños irreparables. La elaboración poética, la enorme verosimilitud de los personajes, la contundencia de los diálogos y de las digresiones, van de la mano con juegos narrativos que llevan al lector a saltar en tiempos y espacios, juntando causas y efectos del narcotráfico como armando un rompecabezas siniestro.
Más allá de las anécdotas contadas, las devastaciones del miedo ocupan con acierto las páginas Juan Gabriel Vásquez. Se focaliza la intranquilidad de quien alguna vez fuera víctima cuando un ser querido se demora más de la cuenta en un asunto rutinario, el temor de cruzar por sitios donde alguna vez estalló una bomba o asesinaron a un conocido, la paranoia que se activa cuando se sale de casa. El miedo, sus rictus y hasta su forma de filtrarse en las conversaciones que debieran ser amenas hacen parte de El ruido de las cosas al caer:

La gente de mi generación hace estas cosas: nos preguntamos cómo eran nuestras vidas al momento de aquellos sucesos, casi todos ocurridos durante los años ochenta, que las definieron o desviaron sin que pudiéramos siquiera darnos cuenta de lo que nos estaba sucediendo. Siempre he creído que así, comprobando que no estamos solos, neutralizamos las consecuencias de haber crecido durante esa década, o paliamos la sensación de vulnerabilidad que siempre nos ha acompañado. Y esas conversaciones suelen comenzar con Lara Bonilla, ministro de Justicia. Había sido el primer enemigo público del narcotráfico, y el más poderoso entre los legales; la modalidad del sicario en moto, por la cual un adolescente se acerca al carro donde viaja la víctima y le vacía una Mini Uzi sin siquiera reducir la velocidad, comenzó con su asesinato. (Vásquez, 2011: 227).

La novela recrea la vulnerabilidad de quienes crecieron con las noticias de retaliaciones entre los carteles de las drogas y las venganzas de Pablo Escobar donde, para matarse a uno, no importaba si caían cientos: la bomba en el vuelo 203 de Avianca -que dejó 110 muertos un 27 de noviembre de 1989- buscaba eliminar al candidato presidencial César Gaviria Trujillo, quien nunca abordó la nave. Los traumas no superados de la generación nacida en los setenta permean el discurso de los personajes. Ellos aprendieron a la fuerza que las ciudades que ardían no eran asunto exclusivo de poemas antiguos o de imaginaciones febriles (muchos decidieron no migrar de sus tierras de origen así la angustia fuera el pan de cada día). Revelador es que los versos de Aurelio Arturo en su poema “Ciudad de sueño” ocupen el epígrafe inicial de la novela y el final de la misma, como si la serpiente que se muerde la cola no quisiera dejar dudas de que en la gran urbe tienen asidero la destrucción, el caos y la desesperación. El poema se instala en la prosa, se llena de nuevos sentidos por los dramas de los personajes, se piensa y repiensa hasta ubicarlo en los terrenos de lo profético, como si Aurelio Arturo fuera una suerte de Nostradamus:

La ciudad se hundía en el miedo y el ruido de los tiros y las bombas sin que nadie hubiera declarado ninguna guerra, o por lo menos no una guerra convencional, si es que semejante cosa existe. Eso me gustaría saber, cuántos salieron de mi ciudad sintiendo que de una u otra manera se salvaban, y cuántos sintieron al salvarse que traicionaban algo, que se convertían en las ratas del proverbial barco por el hecho de huir de una ciudad incendiada. Yo os contaré que un día vi arder entre la noche/ una loca ciudad soberbia y populosa, dice un poema de Aurelio Arturo. Yo, sin mover los párpados, la miré desplomarse,/ caer, cual bajo un casco un pétalo de rosa. Arturo lo publicó en 1929; no tenía forma de saber lo que le sucedería después a la ciudad de su sueño, la forma en que Bogotá se adaptaría a sus versos, entrando en ellos y llenando sus resquicios, como el hierro se adapta al molde… (Vásquez, 2011: 255).

La violencia del narcotráfico en Colombia con sus sicarios y actos terroristas –tan “populares” en la década del ochenta, mucho antes que el término terrorista se globalizara tras los atentados a las Torres Gemelas el once de Septiembre de 2001- le demostró a Colombia que ni su propia capital estaba a salvo del terror y sus sorpresas, que los llantos, gritos y víctimas en masa no eran propiedad exclusiva de los campos sino que la muerte también viajaba a la urbe. Atrás quedaba la ciudad letrada de presidentes gramáticos que se creyeron el cuento de Bogotá como la Atenas suramericana. La capital que consideraba que su único momento traumático sería el 9 de abril de 1948 cuando el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán provocó una revuelta que dejó 3.000 muertos, vería después que el terror no se reduce a una fecha precisa, sino que va tomando al azar los días, los sitios, las víctimas y la forma de que los muertos sean efectivos si despiertan en los sobrevivientes el miedo. Este, hijo bastardo de la violencia, es, a la vez, el hijo favorito del terrorismo, su arma más letal según Benjamín Barber en El imperio del miedo: guerra, terrorismo y democracia (2004). Voluntaria o involuntariamente los seres humanos se convierten en instrumentos de él, los efectos psíquicos son devastadores y, quiéranlo o no, terminan poniendo en sus conversaciones y hasta agendas políticas los intereses de quienes urden atentados: “El terror es el uso calculado de la violencia o la amenaza del uso de la violencia para alcanzar objetivos ideológicos, políticos o religiosos a través de la intimidación, la coerción o el miedo” (Chomsky, 2001: 35).

Estertores del miedo y ecos del país sin duelo

Juan Gabriel Vásquez, con la obra ganadora del Premio Alfaguara de novela 2011, se consolida como una de las voces más destacadas en el panorama de la actual narrativa colombiana. El Ruido de las cosas al caer no es un punto suelto dentro de su proyecto narrativo. Sus novelas, sin descuidar sus propuestas estéticas, tocan aspectos neurálgicos de la sociedad colombiana y recrean hechos oscuros de la historia nacional que han afectado tanto a los propios colombianos como a extranjeros residentes en el país. En Los informantes (2005) reconstruyó las angustias de alemanes que viviendo en Colombia pagaban los errores de su Estado ya que el gobierno nacional, siguiendo exigencias norteamericanas, prohibió en 1943 el uso público de la lengua alemana, puso trabas a los negocios de sus familias y concentró por “precaución” a 150 alemanes, italianos y japoneses en el Hotel Sabaneta en Fusagasugá (Cundinamarca). En Historia secreta de Costaguana (2007), a través de juegos intertextuales y paródicos con Nostromo de Joseph Conrad, exploró parte de la historia violenta del país a fines del siglo XIX, la Guerra de los Mil Días y su consecuencia más nefasta: La Pérdida de Panamá en 1903, provincia colombiana sobre la cual los Estados Unidos urdió la construcción de un lucrativo canal interoceánico.
El Ruido de las cosas al caer se ubica, en definitiva, en una línea sabiamente explotada por el autor, a la que podría denominarse La escritura del desastre (utilizando el título de un bello libro de Maurice Blanchot) pues en ella “el desastre recurre al desastre para que la idea de salvación, de redención no se afirme aún, produciendo angustia, manteniendo el miedo” (1990: 19). “Deja que el desastre hable en ti” (12) advierte el escritor y crítico literario francés. Es lo que hace todo el tiempo el protagonista narrador de la novela del bogotano Juan Gabriel Vásquez: ancla sus desconciertos, desencantos y hasta frustraciones sexuales al miedo de una generación nacida en los años setenta que creció a la par del narcotráfico y de individuos siniestros como Pablo Escobar, un capo de lujos insospechados, de populismos para fingirse redentor (regalar casas a pobres y construir parques y canchas deportivas bajo el emblemático nombre de Medellín sin tugurios) y de poner en jaque a todo un país con sus crímenes, amenazas y atentados terroristas en los años ochenta e inicios de los noventa, estremeciendo ciudades, no dejando ilesa ni a la propia capital colombiana, destruyéndola, atemorizándola, creándola sin saberlo a imagen y semejanza del poema “Ciudad de sueño” de Aurelio Arturo:

Y eran como mis mismos cabellos esas llamas,
rojas panteras sueltas en la joven ciudad,
y ardían desplomándose los muros de mi sueño,
¡Tal como se desploma gritando una ciudad! (Citado por Vásquez, 2011: 256).

Notas explicativas

[1]. Héctor Abad Faciolince fue el primero en hablar de la sicaresca en un artículo de 1995 titulado “Estética y narcotráfico”. Según el autor antioqueño, existe un paso del sicariato a la sicaresca, es decir del fenómeno social a la literatura. Una mayor profundización al respecto la brinda la doctora Margarita Jácome en su libro La novela sicaresca: testimonio, sensacionalismo y ficción (2009).
[2]. Juan Gabriel Vázquez nació en Bogotá en 1973. Ha publicado el libro de cuentos Los amantes de todos los santos (2002) y las novelas Persona (1997), Alina suplicante (1999), Los informantes (2004), Historia secreta de Costaguana (2007) y El ruido de las cosas al caer (2011). Es Columnista del periódico colombiano El Espectador. Desde 1996 ha residido en Europa. Ha hecho traducciones de obras de John Hersey, Víctor Hugo y E. M. Forster. Sus novelas se tradujeron en Inglaterra, Francia, Holanda, Italia y Polonia. Es autor de una biografía de Joseph Conrad titulada El hombre de ninguna parte (2007). En 2007 recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar con el ensayo "El arte de la distorsión", incluido en un libro del mismo título publicado en el 2009.

Obras citadas

Barber, Benjamin (2004). El imperio del miedo: guerra, terrorismo y democracia. Marta Pino Moreno (trad.). Barcelona: Paidós.
Blanchot, Maurice (1990). La escritura del desastre. Pierre de Place (trad.). Caracas: Monte Ávila Editores.
Chomsky, Noam (2001). El terror como política exterior de Estados Unidos. Carlos Abousleiman y Octavio Kulesz (trad.). Buenos Aires: Libros del Zorzal.
Jaramillo Morales, Alejandra (2005). Nación y melancolía, narrativas de la Violencia en Colombia (1995-2005).Bogotá: Instituto Distrital de Cultura y Turismo.
Ricoeur, Paul. La memoria, la historia, el olvido (2004). Agustín Neira (trad.). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Roca, Juan Manuel (2007). “La casa sin sosiego” (introducción). La casa sin sosiego, los poetas colombianos y la violencia. Juan Manuel Roca (ant.). Bogotá: Taller de Edición, 13-32.
Vásquez, Juan Gabriel (2011). El ruido de las cosas al caer. Bogotá: Editorial Alfaguara.

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Esta ponencia fue presentada en el IV Congreso Internacional Celehis de Literatura, Mar del Plata, Argentina, 8 de Noviembre de 2011. Fue presentada posteriormente en la Universidad del Tolima el 13 de Febrero de 2012.
El siguiente es el tráiler que hizo la Editorial Alfaguara sobre El ruido de las cosas al caer.



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