domingo, enero 30, 2011

MARIO GUEVARA Y USTED, NUESTRA AMANTE ITALIANA


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona,
Grupo de Investigación en Literatura del Tolima,
jlgaitan@ut.edu.co



De la colección Cuadernos esenciales de la Biblioteca Nacional del Perú el número 41 corresponde al libro de cuentos Usted, nuestra amante italiana (septiembre de 2010) del escritor cusqueño Mario Guevara Paredes (1956). Este narrador, guionista de cine, promotor cultural y director de Sieteculebras, Revista Andina de Cultura (con 28 números al 2010) había publicado previamente El desaparecido (1988), Fuego del sur: tres narradores cusqueños (1990), Cazador de gringas y otros cuentos (1995) y Matar al negro (2003).


Desde tiempos lejanos el hombre ha experimentado la redención de la embriaguez. Bien decía Platón que “el vino es un remedio para el mal humor de la vejez”, mientras que Homero consideraba que este daba “fortaleza a los hombres fatigados”. Siglos después Bertrand Rusell puntualizaría que la embriaguez es un “suicidio transitorio” pues constituye “una cesación momentánea de la desdicha”. No obstante, la embriaguez no es sólo un tópico o una sensación poderosa en la poeticidad del cuerpo, también es un estado de la escritura. Ella, cuando se elige tema y tono, permite construir relatos donde la palabra -liberada de ataduras morales y lingüísticas, pero sin sacrificar la belleza- se abisma frente a la derrota en su desnudez, la traición, el amor y el desamor. Justamente todo esto ocurre en los nueve cuentos que integran el libro Usted, nuestra amante italiana. En ellos los bares se entronizan, los vencidos se confrontan con la memoria, los cobardes se envalentonan para encarar un cuerpo deseado o para darse el tiro de gracia cuando el sol agoniza entre el mar, a veces un tabernero –como una suerte de Scherezada- cuenta las historias de los extraños seres que se sinceran con el licor, el transitar de las horas y la música de fondo, sea rock en español, boleros o rancheras.


No es casual que el primer cuento del libro se titule “La vida no vale nada” y que en él un bartman –focalizado por el narrador en tercera persona- sea la fuente primordial del relato. Ese cuento es un poderoso embrión de lo que los otros ocho del libro habrán de dar cuenta: la difícil existencia, amores que desembocan en desencantos, la urgencia de carnavalizarse por un rato porque con la sobriedad vendrá otra vez el vacío, la culpa y el abandono. “La vida no vale nada”, ese estribillo de "Camino de Guanajuato" de José Alfredo Jiménez, constituye la visión de mundo –acaso el epitafio- que surca los relatos. Como extraído de ese universo de bohemia y desolación del conocido cantautor mexicano, el bartman pareciera una variación de “El cantinero”, esa bella ranchera en la que a quien reparte el licor se le respeta, se le otorga la condición de dios, en tanto brinda consejos porque “todo lo sabe y todo lo puede”. El bartman, en el libro del escritor peruano, se erige en centro: “Cuantas cosas yo podría contar” (21) pues a él llega toda la gente que “viene a matar su soledad” (21) y sólo es necesario estar atento como “una enorme lechuza pendiente de todo lo que acontece en el pub” (21).


Si atendiendo a Adorno en su Mínima Moralia en su consideración de que cada escritor construye en sus páginas una morada, el bar es la que elige Mario Guevara en su libro de cuentos, como un hogar de paso para que se den cita los solitarios y los humillados (cada uno de sus personajes) pero también ese espacio de puertas abiertas al lector para que se beban las historias: la de un capitán de la policía convertido en detective privado que busca un delito y se tropieza con la infidelidad de su mujer en “ La vida no vale nada”; la de un hombre que bebe y recuerda su abandono momentos antes de morir en “La espera no siempre es larga”; la de una mujer hermosa que parecía inalcanzable en su juventud y que años después se descubre cercana y vulgar en cualquier bar de mala muerte, la puta devenida en santa en “Niña veneno”; la del borracho que por fin se decide a hacer el amor a la mujer que lo obnubila en sus noches de taberna y descubre al final que el deseo culmina en burla y vergüenza en “La mujer de negro”; la de un cusqueño que encuentra en Ecuador a un curioso plagiador que hace de la poesía universal una estrategia para sostenimiento de la bohemia en “Janos, el hombre que corrigió a André Bretón”; la de un desafortunado individuo que, por culpa del exceso de tragos, arriesga una herencia en “In-extremis”, un atractivo cuento que se construye y deconstruye jugando a surcar las lagunas mentales del ebrio; la de una mujer tramando venganzas contra el marido que parecía ideal años atrás y que ahora sólo se burla de su pequeña estatura cuando está tomando con sus amigos en “Por siempre jamás”; la de un policía confesando ante la tumba del amigo cómo disfrutaba de su mujer en “Desde el fondo oscuro”; y, finalmente, la de unos amigos que, aunque pasen las décadas, rinden culto entre copas a la figura de Laura Antonelli, un símbolo sexual de los setentas, en “Usted, nuestra amante italiana”.


Tabernero-narrador-Mario Guevara: una trinidad del arte de contar historias; una ofrenda dual –sagrada y profana- porque las situaciones recreadas, aunque duras porque ahondan la angustia y el fracaso de los personajes, resultan agradables por el uso del humor, la ironía, de una expresión sencilla y sugerente y de una risa carnavalizada, es decir, aquella que, en palabras de Bajtín en La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento, “es ambivalente: alegre y llena de alborozo, pero al mismo tiempo burlona y sarcástica, niega y afirma, amortaja y resucita a la vez” (Madrid: Alianza Editorial, p. 17). Usted, nuestra amante italiana, es un libro para beberse de una sola sentada, como una buena botella de whisky, porque allí la ficción no se reduce al efectismo de las anécdotas y porque los seres que por allí cruzan cargan una angustiosa humanidad que siempre es vigente en todos los bares nocturnos, cercanos o remotos. Sin duda el escritor de oficio es como un sabio tabernero: domina su arte y escucha sigilosamente lo que ocurre alrededor para luego decidir la mejor historia y contarla en forma amena; las páginas de un cuento como un bar donde la vida se pone al banquillo y donde el lector es parta activa en la fiesta y la embriaguez del lenguaje.


(La reseña es tomada de Facetas, Cultura al Día de El Nuevo Día, el periódico de los tolimenses, Enero 30 de 2011)

domingo, enero 09, 2011

DOS CUENTOS BREVES DEL 2010 QUE MERECEN RECORDARSE

LA VÍSPERA



Por Emma Bohórquez Bonilla



Hoy es el día del encuentro, él se anuda su corbata roja y se acomoda la correa roída por los bordes, se peina el bigote canoso con parsimonia, bebe un último sorbo de café, mira por la ventana el horizonte profundo y siente que el viento lo golpea con fuerza, saca el pañuelo y se seca las lágrimas despacio, como en los últimos tiempos que nos han dicho ya debemos olvidar y pensar solo en la paz y en la reconciliación, dejar atrás todo, esos fantasmas que nos persiguen cada noche y los recuerdos que al abuelo le hacen sentir la garganta salada. Me dice que me aliste, que rapidito que nos coge la tarde, que me apriete más la trenza porque con el viaje se me va desbaratar. Es una ocasión especial porque nos vamos a encontrar con todos ellos, con los que no volvimos a ver y por los que creo, el abuelo llora sin chillidos, aunque a veces se le suelta uno que otro por las noches cuando piensa que estoy dormida. El abuelo me ha dicho que ellos están en un cofrecito para que los coloquemos en un lugar bonito, que de pronto van a estar muchos de esos señores importantes que muestran en la televisión, el abuelo dice que después de esto no piensa regresar, ni siquiera por la plata que le han ofrecido, que esos billetes no le devuelven nada, que él se queda así, con su tristeza y con las pesadillas de motosierras despedazadas deambulando por el cielo.
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Con La Víspera y otros cuatro cuentos cortos, presentados bajo el título global de La Víspera, Emma Bohórquez Bonilla (Ibagué-Colombia, 1985), ganó el Primer Puesto del XXIII Premio Nacional de Cuento Corto convocado por la Universidad Externado de Colombia en el 2010. Actualmente culmina estudios de Maestría en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira en convenio con la Universidad del Tolima. En el 2006 fue segundo puesto en el Premio Nacional de Crónica Germán Santamaría, en la categoría docentes y universitarios.





















OJOS


Por Jacobo Alberto Reyes Godoy



Admito que luego de charlar por horas, buscaba besarte cuando te dije:


—Cuántos hombres se habrán perdido al fondo de estos ojos tuyos.


No supe más, sólo el verme en esta atmósfera oliva y esférica, como un buzo en una canica de sedosas algas, o un grillo confundido entre la selva anochecida. En mi prisión circular vi un orificio de luz intermitente, cuyo prisma esmeralda flotaba por toda la cúpula sin sombra ni distancia. Investigué, y pude ver hacia arriba la ondulación de tus pestañas; abajo, la punta de tu nariz, y al fondo un cuarto de motel con nuestra propia ropa tirada por el suelo.


Así me supe desnudo, cautivo y diminuto; sólo entonces choqué con ellos. No los había visto antes porque eran tan verdes como yo; verdes fuegos, verdes almas. Eran los otros cientos de hombres perdidos, y aunque todos éramos átomos de la nada, no hubo una palabra entre rivales. Ya en tu casa fuiste a dormir, y todo aquí se inclinó y oscureció; yo me fui quedando quieto, como una lenta aceituna al fondo del frasco, espiando tus sueños, escuchando el murmullo de tus pensamientos, descifrando el fluir de tu conciencia, vigilante en la esperanza de que vuelvas a verme aún en el más íntimo de tus recuerdos.


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Este minicuento se toma de Facetas, Cultura al Día, de El Nuevo Día, del domingo 9 de Enero de 2011.


Con el anterior minicuento Jacobo Alberto Reyes Godoy ganó el Primer Puesto del Concurso Departamental de Minicuento San Marcelino Champagnat en el 2010, en la categoría docentes y talleristas literarios. Nació en Bogotá el 2 de noviembre de 1975, pero desde el año de 1989 se trasladó a Ibagué en 1998; obtuvo el primer puesto en el Concurso Departamental de Cuento convocado por el Ministerio de Cultura y los Fondos Mixtos, incluido por ello con su obra Muscidae, en la antología de cuento De Allá Para Acá (Ministerio de Cultura, 2002). En su desempeño literario ha obtenido algunas figuraciones en los concursos de su región y ha realizado publicaciones en periódicos y revistas del ámbito regional y nacional.