jueves, noviembre 04, 2010

20 AÑOS DE ARTE Y 25 AÑOS DE VERGÜENZA


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona

(Becario de la Facultad de Educación de la Universidad del Tolima

jlgaitan@ut.edu.co)



Es digno de resaltar en este 2010 los veinte años de haber sido publicada por primera vez la novela Las horas secretas de la escritora pereirana Ana María Jaramillo. Esta obra aborda con acierto la angustia de los sobrevivientes tras la desaparición forzada de un ser querido. En sus páginas la narradora colombiana ficcionaliza algunos aspectos de la de la Toma y Retoma del Palacio de Justicia entre el 6 y 7 de noviembre de 1985, uno de los traumas históricos del país que lastimosamente cumple veinticinco años de haber ocurrido: más de un centenar de muertos y once desaparecidos que todavía deambulan en la memoria sin que los responsables mayores de la tragedia hayan pagado sus delitos.

La elección de una novela escrita por esta mujer tiene el atractivo de que la denuncia social va de la mano del cuestionamiento del orden patriarcal y la reivindicación del cuerpo y de la subjetividad, como también lo han abordado Mery Cruz Calvo en Un acercamiento a la palabra femenina en las Horas secretas de Ana María Jaramillo (2005), Lucía Ortiz en La subversión del discurso histórico oficial (1995) o María Mercedes Jaramillo, Ángela Inés Robledo y Flor María Rodríguez en ¿Y las mujeres? Ensayos sobre literatura colombiana (1991).

Esta novela de 107 páginas de Ana María Jaramillo, publicada por la Editorial Planeta en Bogotá en 1990, presenta a una narradora protagonista, la cual posiciona su relato desde una triple condición: la evocación de la fiesta y el goce de los sentidos; la urgencia de contar una historia de amor y ausencia como intentando en vano un exorcismo; y la imposibilidad del luto por la desaparición del ser querido, al que denomina simplemente como el negro, un líder guerrillero del Movimiento 19 de Abril (M19). En el primer capítulo se indica: “Voy con ese muerto encima, mejor dicho adentro, y no sé donde enterrarlo” (Jaramillo, 1990: 9). Ya en el capítulo final, cuando se narra la Toma del Palacio de Justicia y la desaparición del negro, se señala que el muerto no es tan cierto pues no existe la evidencia del cuerpo.

La protagonista es, en cierta forma, una exiliada de lo que debiera ser la vida cotidiana. Su existencia está fuera de lo común y ha sido condenada al martirio de la búsqueda. Poco dice de su presente, ni siquiera menciona su nombre o del ser amado como si a ambos les hubieran anulado el ser, su identidad y su rumbo, reduciéndolos a figuras fantasmagóricas. Sólo refiere el pasado en el que se encuentra refugiada. Al tributarse a la memoria, al contar en forma festiva los idilios, aventuras y entregas con su pareja, hace más contundente al lector la magnitud de su desdicha: es una mujer que ha sido mutilada del amor, el erotismo y los momentos carnavalescos. De ahí que su única satisfacción sería encontrar el cuerpo del negro para enterrarlo en un zona digna a lo que él representaba: “Debe ser un lugar donde pegue mucho el sol, donde la música salga del meneo cadencioso de una chola caderona y el ron y el aguardiente sean la saliva de los hombres con garganta libre (p. 9).

La mayor parte de la novela es ocupada por el cronotopo del idilio, el cual resulta afectado con apenas cuatro páginas, justamente las dos primeras y las dos últimas donde se vislumbra un estado de desencanto y melancolía. Si bien la narradora cuenta el ascenso de su enamorado en la estructura de poder de la guerrilla o los momentos de tensión en sus romances clandestinos cuando se había afectado el proceso de paz en la década del ochenta, priman las evocaciones sobre cuestiones placenteras: la infancia del negro y las fiestas en medio del estudio en Barranquilla, el carácter alegre del graduado en derecho que se especializó como constitucionalista y que por más rigores que brindará el conflicto armado no descuidaba el gusto por la buena ropa, la bebida y el cuerpo de bellas mujeres, el mismo negro que habría de enamorar a la narradora en Bogotá. La mujer blanca de tierra fría se dejó seducir por un hombre negro de tierra caliente a pesar de conocer los riesgos de tan singular relación: “Olía a muerto, pero mi corazón no escuchó razones, ni mi vientre tampoco. Se iniciaba un cambio muy importante en mi vida; el amor entraba tumbando la puerta y el almizcle a negro invadía mis entrañas” (p. 28).

Al lector, en vez de arrojársele una narración llena de lamento y solemnidad, se le ofrece un relato ameno. Hay frescura en el lenguaje y escenas donde las categorías simbólicas del carnaval liberan al cuerpo de ataduras y recatos. La fiesta no es sólo parte de la anécdota (el baile, la comida, la bebida y el sexo en abundancia) sino también de una expresión certera y ágil. No obstante, ante el desorden de los sentidos y la rebeldía del guerrillero y de la de la mujer que confronta su ciudad letrada y patriarcal al elegir el amor de un fuera de la ley, el orden oficial se recompone y ataca. La Historia, unívoca y silenciadora, antepone toda su fuerza contra la pequeña historia de amor de la narradora: “No era seguro que estuviera muerto, minutos antes el locutor con voz de entierro que había leído su nombre entre los muertos, había trasmitido su entrega, su salida del Palacio de Justicia detenido” (p. 106). La tragedia de la desaparición forzada sella el relato: no tanto la del hombre que debió ser juzgado por las autoridades pero no desaparecido, sino la de la superviviente cargando el insoportable peso de la búsqueda. El desaparecido exige ser visto y enterrado; de lo contrario es una presencia angustiosa que no descansa ni deja descansar, fulminando a quien(es) lo buscan por el peso agobiante de la incertidumbre:

Sin ver el cadáver nadie puede dar por muerto a un ser querido… no hay un punto final... el duelo queda en un suspenso taladrante… no hay muerte física ni legal… la vida queda en el aire… a la muerte no le sigue un llanto cierto sino un limbo... las puertas y ventanas de su casa quedan siempre abiertas a la espera de un quizá no, o quizá sí (Molano Bravo, 2008: 4).

La mujer que narra en Las horas secretas está en ese limbo del que habla Alfredo Molano Bravo en el que el suspenso mina el ánimo, su relación con el tiempo y los espacios que antes fueran familiares. Los días luminosos de goce y placer de la protagonista se quedan en el pasado. En su presente prima la melancolía, ese terrible “sol negro” del que hablarán Nerval e innumerables poetas románticos.

Ana María Jaramillo a través de Las horas secretas invita a reflexionar la tragedia de los que buscan a sus desaparecidos en tanto ellos se ubican no en el duelo sino en la melancolía, estado profundamente doloroso donde cada yo individual se ve arrastrado al abismo, la desolación, los reproches y autoacusaciones debido a que “el complejo melancólico se conduce como una herida abierta” (Freud, 1981: 2097). Su protagonista funciona, en cierta forma, como una suerte de espejo de la patria en los años ochenta, ambas cuerpos y subjetividades rotas tras la Toma del Palacio de Justicia en noviembre de 1985 tanto por la violenta y controvertible operación en la que el M19 quería promover un juicio político a Belisario Betancur por los incumplimientos de las fuerzas de seguridad del Estado con los procesos de paz que se venían adelantando entre el Gobierno y la guerrilla, como también por la retoma del Palacio por parte de la fuerza pública queriendo con tanques y disparos “¡salvar la democracia, maestro!”, como lo sostuvo el coronel Alfonso Plazas Vega. La obra de esta escritora colombiana, es –usando la conocida expresiòn de Flaubert- la mejor evidencia de que “el arte, como el Dios de los judíos, se alimenta de holocaustos” (citado por Roca, 2007: 15).

Referencias

CRUZ CALVO, Mery. Un acercamiento a la palabra femenina en Las horas secretas de Ana María Jaramillo. En: Poligramas, Cali, Universidad del Valle, n. 22, 2005 Junio, p. 41-60.

FREUD, Sigmund (1981). Duelo y melancolía. En: Obras completas, tomo II, Luis López Ballesteros y de Torres (trad.). Madrid, Editorial Biblioteca Nueva, p. 2091-2100.

JARAMILLO, Ana María. Las horas secretas. Bogotá: Editorial Planeta, 1990, 107 p.

MOLANO BRAVO, Alfredo. Desaparición forzada. En: El Espectador, Bogotá, 2008, 26 de abril, p. 4.

ROCA, Juan Manuel (Ant.). La casa sin sosiego. Bogotá: Taller de Edición, 2007, 164 p.



______________________________

Este texto no puede ser publicado por medios impresos o digitales, sin autorización del autor.