domingo, julio 04, 2010

EL DON DE LA VIDA: LA MUERTE Y SU ESCRIBANO


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona

(Integrante del Grupo de Investigación de literatura del Tolima de la UT,

jlgaitan@ut.edu.co)


Decía Baltazar Gracian que “la muerte para los jóvenes es naufragio y para los viejos es llegar a puerto”. Pues bien, Fernando Vallejo, el personaje-escritor de El don de la vida, elige un parque de Medellín para esperar su final, mientras sentado regodea sus sentidos con los muchachitos que llegan a prostituirse. Desde allí, tomando aguardiente y ejerciendo el arte del voyerismo, conversa con una presencia ambigua –¿Otro paisa envejecido y charlatán? ¿Quizá la muerte verborreica?- buscando llenar un cuaderno en el que anota los difuntos que alguna vez haya visto. Convoca la muerte en sus páginas, a ratos le reza, la pone a rendir cuentas, a soltarle nombres de amigos, fincas, ríos y hasta fábricas que han dejado de existir y que merecen grabarse en el recuerdo y la palabra. El incrédulo Vallejo, quien sin embargo se expresa como en un rosario paródico, se turna con su interlocutor para orar por quienes partieron y quien habrá de sumarse: “Señora muerte que borras y callas hasta a misiá hijueputa, acuérdate de mí tú que estás en tu reino”.

El don de la vida habla de seres y espacios conocidos que han desaparecido, desde una estética del desacomodo, de la provocación, del improperio ingenioso, de la ironía, la mordacidad y frases cortas pero certeras. Vallejo se nutre de una doble tradición para erigir su novela; por un lado la tradición de sangre y sevicia en una Colombia donde la muerte trabaja día y noche, y, por el otro lado, la que le otorga el haberse nacionalizado en México donde se heredó desde los aztecas una particular y gozosa visión de la vida que se sabe finitud. Esta creación ficcional, publicada en el 2010 por la Editorial Alfaguara, tiene, como bien lo apunta William Ospina en su columna de opinión de El Espectador del 21 de marzo de 2010, “algo de libro mexicano: un dilatado y disparatado y cadencioso y delirante día de difuntos. Pero si existen el Libro tibetano de los muertos, el de Hermes Trismegisto, y los descensos al Hades de Ulises y de Dante y de Juan Preciado, ¿cómo íbamos a quedarnos sin el Libro de los Muertos de Fernando Vallejo, quien lleva 40 años hablando de muertos, y 30 hablando con muertos, y como 20 declarándose muerto él mismo?”.

De entrada atrapa al lector la novela pues nada tan familiar y tan poderoso a nivel de visibilidad como ver a unos viejos sentados en un parque charlando de todo sin importar el paso de las horas. Ese parque donde se opina de lo sagrado y lo profano hace parte tanto de la anécdota del libro como del sentido de la ficción. La memoria de Vallejo se constituye a la vez en un punto de vista de la memoria colectiva. Ha sido así desde sus novelas anteriores; lo reafirmó en su Virgen de los sicarios: “Yo soy la memoria de Colombia y su conciencia”. Ya en dicha obra canónica daba cuenta de compatriotas que podrían hacer palidecer a la muerte inventando las más atroces formas de aniquilamiento: corte franela, corte corbata, modalidad motosierra, entra tantas (“Ellos no conjugan el verbo matar, practican sus sinónimos”). Igual acontece con este libro donde se enumeran fallecimientos y se ofrece, como se enuncia metaficcionalmente, otro “catálogo de injurias”.

Salvo los animales, una abuela, un hermano y la cuñada que orientaron la sociedad protectora de animales en la capital antioqueña, pocos salen ilesos de la pluma de Vallejo: de nuevo su madre, la élite colombiana, los presidentes de las últimas décadas, la guerrilla, el paramilitarismo y el narcotráfico, Bolívar y otros próceres, la iglesia católica, las clases populares alcoholizadas y procreadoras, incluso autores del canon nacional y universal. En El don de la vida, a la lista ya consabida de vilipendiados por el autor antioqueño en sus novelas y otros libros, se agregan ahora Vicente Fox, el PRI, Cristina Fernández de Kirchner, Hugo Chávez y muchas personalidades de la actualidad latinoamericana. La excusa del parque donde la vejez habla de todo convierte al texto ficcional en una suerte de larga columna de opinión sobre lo pasado y lo reciente en el continente y, sobre todo, en la patria de origen del novelista.

La anterior característica, no obstante la estética particular desde la que es vehiculada, tiene el peligro de que resulte algo confusa para lectores de otros continentes, aún para colombianos del futuro que por las escasas menciones dadas no sabrán quién fue, por ejemplo, el procurador Alejandro Ordoñez. Esto debido a que, excepto los dos personajes que conversan en el parque, todos los demás hacen parte fugaz del opinadero; se pasa rápido de un nombre a otro sin que la ficción dé las coordenadas precisas del personaje en cuestión (factor que no ocurría en obras anteriores). La novela, en cierta forma, opera como una colcha de retazos, de menciones que se dan en forma vertiginosa y de pasajes de otros textos de Vallejo. ¿Una novela mosaico? ¿Vallejo caníbal de sí mismo, quitando partes a libros anteriores para publicar otro más aunque su atractiva anécdota intente justificarlo?

Acaso por lo anterior, el lector al deslizarse por las 162 páginas que integran El don de la vida, siente que varias de ellas las había leído antes casi en forma literal, lo cual no niega el deleite de estar otra vez frente a una “escritura del desastre” (usando la expresión de Maurice Blanchot) donde sus fragmentos prometen el desconcierto y el desacomodo por tratarse de una visión desencantada y rabiosa. Sin descuidar el rigor con la narración y esa “musicalidad del lenguaje que hace sentir sus novelas como largos poemas en prosa” como le atribuye a su obra narrativa el crítico Jacques Joset en su ensayo “La muerte y la gramática”, Vallejo juega a repetirse en lo sustancial, se burla de sí mismo, no le importa ofrecer novedosas visiones y textualidades, como los viejos que vuelven una y otra vez al mismo parque para hablar de los mismos temas y frecuentemente con las mismas expresiones. Estas resultan a unos exquisitas por su belleza enrarecida e hiriente, a otros pueden cansar. Justamente, el interlocutor del Vallejo-personaje al cuestionarlo en la novela por gastarse siempre con “opiniones drásticas” recibe como respuesta lo siguiente: “Compadre, el que va a mi casa come de lo que hay. Si no le gusta, afuera hay restaurantes de sobra para escoger”.