lunes, marzo 29, 2010

“VIVIR AL LÍMITE”: EL CINE COMO JUSTIFICACIÓN DE LA GUERRA

Por Jorge Ladino Gaitán Bayona

(Integrante del Grupo de Investigación de literatura del Tolima de la UT,

jlgaitan@ut.edu.co)

“The Hurt Locker”, la película distribuida en países de lengua castellana como “Vivir al límite”, obtuvo en los Premios Óscar 2010 las estatuillas por mejor película, director, guión original, montaje, mezcla de sonido y edición de sonido. Tratándose de dichos premios (situados frecuentemente más en la esfera de lo comercial que en lo propiamente estético) se espera al menos que así haya que alistar varios pañuelos, se ofrezcan ciertos giros, puntos de tensión y conflictos. Sin embargo, esta realización fílmica, más allá de su buena factura técnica y de un inicio que conmociona pues se aborda una muerte violenta en una circunstancia límite, carece de los elementos antes mencionados. Se reduce todo al efectismo de una situación repetitiva: un sargento en jefe (Matt Thompson) y una unidad militar norteamericana desactivando una y otra vez artefactos explosivos en Irak. Se juega con la sensibilidad primaria y el miedo del espectador porque qué más impresionante que ver a unos hombres arriesgar sus existencias evitando que exploten bombas, más si se juega con primeros y primerísimos planos, las cámaras lentas y una música acorde a la vida en juego.

Como en tantas producciones norteamericanas (piénsese por ejemplo en “Malditos bastardos” nominada en similares categorías en los Óscar de este año), un reducido grupo de militares estadounidenses llega a otra parte del mundo para –desde sus método particulares- “garantizar la paz y eliminar las formas de la barbarie”. Ellos -los “defensores de la patria”, los “buenos hijos del sueño norteamericano”- pueden titubear, recordar la mujer amada y soñar con tener un hijo, pero nada les impide cumplir su misión y actos de heroísmo. Así se generen diversas formas de trastorno psíquico (la película inicia mencionando que la guerra es una droga y es una letal adicción), los combatientes focalizados arriesgan su integridad y no la de otros: el sargento Thompson disfruta más su oficio en zonas rojas que estar en casa con su familia.

Los soldados de “Vivir al límite” -película de 120 minutos de duración dirigida por Kathryn Bigelow- con sus acciones loables parecieran borrar que en la realidad alguna vez existieron militares que torturaron presos, desaparecieron sospechosos o violaron mujeres. Son tan “humanitarios” que prefieren afectar su núcleo familiar arriesgándose al intentar salvar a un hombre de familia musulmana que fue obligado a portar una bomba encadenada a su cuerpo. Dadivosos pagando con más dólares de la cuenta a los niños pobres que les venden Dvds de cintas de Hollywood. Salvo las escenas de combatir a unos rivales en el desierto y de las frecuentes desactivaciones de explosivos, las cámaras nunca apuntan al otro. Excepto el niño que vende Dvds, los demás iraquíes ni siquiera tienen nombre y cada vez que se muestra el rostro de uno de ellos es porque posiblemente pueda -con una celular u otro artefacto- hacer volar un automóvil, un edificio o un individuo. Toda la cinta maneja la óptica simplista de la lucha del bien contra el mal, se sataniza al árabe y se tiende a justificar un acto de injerencia de una potencia extranjera en tierra ajena bajo la llamada “lucha contra el terrorismo”.

No se puede negar que en “Vivir al límite” es viable que se busque configurar una mirada desde el interior de la guerra, mostrándose dramas de personas que evitan que exploten artefactos que son indudablemente espantosos, inventos de los que la humanidad tendría que avergonzarse. Sin embargo, se niegan las diversas caras de la violencia y que a los seres del otro bando les deben doler también las muertes de sus familiares y compatriotas cuando desde el aire les ha llovido “bombas inteligentes”. ¿Acaso las bombas de tierra son detestables y la que vienen del cielo redentoras? Para esta producción fílmica no pareciera importar que cualquier guerra es espantosa y anula la civilización. Sólo le interesa poner en términos maquiavélicos la lucha de “ángeles gringos redentores” contra “demonios árabes que merecen exterminarse”. Es el tipo de película que funciona como propaganda y “aparato ideológico del estado” (en términos de Althusser) para sostener un orden y una versión de la historia oficial norteamericana.

Todo lo que sirva para hacer olvidar que las tan mentadas armas de destrucción masiva por las que se invadió Irak no existían y que fue la sed de petróleo lo que motivó la destrucción de una civilización milenaria es digno de premio por parte de la Academia que otorga los Premios Óscar, más si se afirma la idea de que las únicas víctimas son los soldados gringos y que todo lo que suene a árabe es sospechoso de terrorismo. Es, sin duda, la película que resultaba estratégica para ganar los principales galardones en sintonía con el Premio Nobel de Paz otorgado en el mismo año al presidente Barack Obama. Los efectos especiales en el cine de la mano de un reconocimiento controvertible al presidente norteamericano por parte de la academia sueca para resaltar como bueno, justo y necesario todo acto bélico norteamericano. En este caso, son premios que debiendo posicionar el arte, la vida y la dignidad humana elijen validar la guerra y sus horrores. Tras su condecoración, Obama amplió el presupuesto militar y el pie de fuerza en Afganistán e Irak, ¿qué sigue ahora cuando millones de espectadores gringos han llorado en pantalla el miedo de sus hombres por culpa de unos “fundamentalistas” iraquíes?