miércoles, septiembre 16, 2009

“APOCALÍPSUR”, ENTRE LA ODA Y LA ELEGÍA NACIONAL


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Universidad del Tolima, Colombia
jlgaitan@ut.edu.co)



“Apocalípsur”, film ganador de varios galardones, entre ellos el Premio India Catalina a mejor película colombiana en el 2007 y mejor largometraje en el Cuarto Festival Internacional El Ojo Cojo en Madrid en el 2008, es una referencia obligatoria al hablar de la cinematografía nacional por la contundencia de su guión, giros narrativos, manejo acertado de índices, fuerza actoral y punto de vista crítico sobre Medellín a inicios de los noventa. Justamente al comienzo de la cinta se indica: “Entre los años de 1989 y 1992 fueron asesinadas en Medellín más de 25000 personas, la mayoría de ellas menores de edad. Algunos jóvenes llamaron a estos años el Apocalípsur”.
En comparación con “Rodrigo D, No futuro” (1990) o “La vendedora de Rosas” (1998) de Víctor Gaviria, donde la mirada se construye desde los márgenes sociales y las comunas, en “Apocalípsur” se maneja una visión crítica, pero ya desde estratos medios y altos con jóvenes también como protagonistas, quienes no son ajenos al desencanto, la música, drogas y desgarraduras existenciales que les genera la vida convulsa en unas coordenadas de tiempo y espacio específicas (Medellín, 1992). Lo curioso es que en esta obra fílmica, opera prima del antioqueño Javier Mejía Osorio (su director y guionista), a las cámaras en vez de evidenciar todo el tiempo la crudeza de las calles, les interesa principalmente captar, escuchar y ahondar en las consciencias y discursos de los personajes. De ahí que sea a través de sus diálogos que el espectador capte con mayor hondura la compleja situación social y política de una urbe que en dicha época no discriminaba en sus secuestros, bombas, venganzas entre traquetos, persecuciones a jueces y sus familias, entre tantos flagelos. Se trata de una cinta en la que cada intimidad explorada es a la vez un lente cáustico frente a su contexto y la infiltración del narcotráfico en las distintas esferas de la vida social antioqueña. La densidad del film se afirma sobre la capacidad representativa de los actores. Los primeros planos, los planos de detalles y la técnica del falso documental permiten aproximar sus rostros, gestos, palabras, actitudes y cuestionamientos al horizonte de expectativas del espectador.
Resulta atractivo que a la par de la apocalíptica visión sobre la ciudad y el país que se despliega, también se otorga, como una suerte de antídoto, una bella oda a la amistad pues la historia gira en torno al viaje de cuatro amigos (Malala, Caliche, La Comadreja y Pipe) que van en su camioneta a recoger al amigo que meses atrás despidieran (El Flaco), pues era necesario irse al exterior en tanto su madre, jueza de la república, adelantaba unas peligrosas investigaciones. Los juegos de flash back y flash forward presentan los recuerdos particulares, fiestas, complicidades, proyecciones, génesis de la unión en medio de rock, el deseo, el cautiverio y los accidentes, como también los nexos que se fortalecen cuando irónicamente el que huyó de su terruño violento para seguir viviendo llega del primer mundo en un féretro. Ante la tragedia nacional, la película de Javier Mejía Osorio no gira la espalda sino que la explora desde la intimidad, vivencias y mundo interior de los personajes, confrontándola estéticamente con sus celebraciones: entre la elegía y la oda por el amigo ausente y los amigos que quedan, posicionando la vida, la memoria, el amor y los afectos comunes por encima del horror y el miedo.
El profundo humanismo que subyace en este largometraje tiene su origen en circunstancias que rodearon a su creador. Javier Mejía (quien también es reconocido en el país por ser uno de sus destacados periodistas) ha señalado en varias entrevistas que la historia nació a raíz de la desaparición de su amigo Carlos Bernal, quién se fue a estudiar a Suiza en 1991 y nunca más se supo de su paradero: “Esa historia de amigos me motivó para escribir un guión, no sólo para contar su historia, sino como un homenaje con el que trato de exorcizar esos años tan terribles que vivió Colombia”. “Apocalípsur”, fue rodada en tres meses, la producción fue adelantada por Perro a Cuadros Producciones y la excelente actuación de los personajes fue posible porque previamente hubo seis meses de preparación. En el reparto intervienen Camilo Díaz, Andrés Echavarría, Ramón Marulanda, Pedro Pablo Ochoa y Marisela Gómez (mejor actriz en los Premios Nacionales de Cine, Colombia, 2008). El guión había ganado ya en 1995 un premio de Colcultura y varios años antes de obtener el galardón a mejor película en el Festival de Cartagena la cinta había sido exhibida en diversos festivales. Todos estos datos dan cuenta de un largometraje que se venía madurando en el tiempo (en el plano de la letra como también en el de la imagen y la representación) y aunque su argumento se contextualice en la década final del siglo XX cobra enorme vigencia porque muchas de las situaciones allí planteadas no son propiedad exclusiva del pasado. Del mismo modo, se hace valioso no únicamente en términos de una honda mirada sobre la memoria nacional, los conflictos y valores de los jóvenes, sino también como realización de gran factura técnica y artística a la que más allá de una historia bien lograda le sobreviven unas profundas resonancias que conmueven y conmocionan a los amantes del séptimo arte.