lunes, julio 06, 2009

RENCOR: SIN MORADA ESTÉTICA PARA EL DESPLAZADO


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Integrante del Grupo de Investigación de literatura del Tolima de la UT,
jlgaitan@ut.edu.co)



Alfredo Molano en Desterrados, crónicas del desarraigo dice que “siempre en Colombia las guerras se han pagado con tierra. Nuestra historia es la historia de un desplazamiento incesante” (Molano, 2001, 14). Como para agudizar lo anterior habría que tener en cuenta el boletín número 75 del 22 de abril de 2009 de la Consultoría para los derechos humanos y el desplazamiento en Colombia (Codhes) sobre el aumento de la violencia y el desarraigo. En el 2008, 380.863 colombianos fueron desplazados generándose un aumento del 24.47% frente a la cifra del año anterior (305.863). Desde 1985 hasta el 2008, 4.628.882 personas fueron expulsadas de sus tierras dejándose abandonadas 5.5 millones de hectáreas que han pasado a manos de narcotraficantes, latifundistas y testaferros (bien sea de la guerrilla, la extrema derecha o de varios representantes del estado). Ahora bien, junto con el desplazamiento, está la situación de ser Colombia el cuarto país en solicitudes de asilo a nivel mundial (23.200) y las enormes migraciones externas (¿Cuántos de esos 3.331.107 de colombianos fuera del país que registraba el censo del 2005 no fueron forzados, directa o indirectamente, a errar por culpa de la violencia, la corrupción y falta de oportunidades laborales y educativas?).
Es claro que las implicaciones políticas, existenciales, históricas y embrionarias para la ficción de las cifras antes mencionadas van más allá de la estadística, pues tienen que ver con dramas humanos de personas con nombres propios, historias y pasados que pueden recrearse en la literatura. Cómo no recordar acá al chileno Luís Sepúlveda en Historias marginales cuando, cuestionando la consideración de Joseph Goebles en torno a que “un muerto es un escándalo, mil muertos son una estadística” (Goebles, citado por Sepúlveda, 2000, 7), increpa a que la ficción establezca actos de resistencia frente al olvido contando las historias de seres humanos que son borrados cuando el número masifica. Lo complejo es que en aras de la causa humanitaria y del intento ficcional por darle voz al que no la tiene, se corre el riesgo de descuidar los valores estéticos y construir obras donde el lector siente que el propio escritor ha sido injusto con ese ser desterrado y violentado en la realidad al darle una morada ficcional precaria por las debilidades de la estructura narrativa. Desde esta vía (retomando a Theodor Adorno en Mínima Moralia en torno a que la escritura debería ser morada para quien sufre la expulsión, la fractura con su tierra y pasado) el desplazado colombiano debería tener un lugar de lujo en la ficción (una novela bien escrita que al menos le diera la redención estética) y no ser alguien cuyos dramas son escamoteados en una narración sensiblera y despojada de rigores. Esto es lo que pareciera ocurrir con la novela Rencor, publicada en el 2006 y con 5 ediciones, del escritor y periodista Óscar Collazos, uno de los más talentosos narradores colombianos quien, sin embargo, en esta novela, defrauda a quien esperaba que la densidad del tema no estuviera por encima de la calidad literaria.
La escritura de la novela parte de un proyecto mayor de Óscar Collazos de indagar la Cartagena subrepticia, marginal y corrupta, distinta a la del jet set, la que muestran las agencias turísticas, los reinados o los eventos internacionales. En el 2001 publicó Cartagena en la olla podrida, crónicas de la corrupción, donde el periodismo, el fino humor y la ironía, cruzan sus recursos para abordar 80 casos de corrupción de la administración local. En el 2003 publica Desplazados del futuro donde figuran sus entrevistas a niños del barrio Nelson Mandela, con más de 58.000 habitantes (la mayoría desplazados). El libro resulta atractivo al lector no sólo por los testimonios de niños que cuentan su pasado, el hambre, violaciones y asesinatos del presente en un barrio que se disputan paramilitares y guerrilla, sino también porque el periodista hace un paneo del contexto con agudas reflexiones y un hondo humanismo. Lo curioso es que la intención del autor en ese libro-“he tratado de evitar el patetismo de sus confesiones” (Collazos, 2003, 15)- es la que no está presente en la novela Rencor, inspirada en un personaje real, Keyla Baloyes, una de las entrevistadas en Desplazados del Futuro.
La Keyla ficcional de Rencor cuenta frente a la cámara de un documentalista las violaciones a las que desde los 13 años la sometía su padre, sus recuerdos de infancia en Belén de Bajirá en el Urabá (la parte más lograda del texto narrativo), la miseria y la presencia de mal llamados “grupos de limpieza social” y de bandas dedicadas al hurto y sicariato en el Barrio Nelson Mandela. Refiere la prostitución suya y de amigas menores de edad, y su reclusión en una correccional de menores (desde donde cuenta su historia) por herir a uno de los policías que asesinara a su novio. La narración en primera persona de la protagonista y el carácter testimonial de la novela intentarían justificar la crudeza de lo contado, sin embargo no resulta creíble la atmósfera generada. La mayor parte de tiempo la voz suena manipulada, falseada y ajena a los 16 años de la protagonista. La misma Keyla que expresa que “el mar era el espejo del sol” (64) o que teje un relato organizado en su discurso y que en ocasiones nombra las cosas con eufemismos e incluso términos médicos es la que en la descripción de escenas sexuales usa un lenguaje extremadamente grotesco y brusco en la rememoración de detalles. Obviamente no se trata acá de cuestionar el uso del lenguaje grotesco en una novela pues sería negar las posibilidades del mismo cuando carnavalizan la literatura y cuestionan el status quo (recuérdese al respecto los estudios de Bajtín a la obra de Rabelais), sino de pensar que éste no debe resultar postizo o caer simplemente en una narración calentona. ¿Resulta verosímil que una muchacha de 16 años, con una religiosidad definible por su origen familiar y paisa, sea capaz de llegar a ese grado de desnudamiento explícito frente a una cámara de cine? ¿Por qué el lector siente que esas descripciones sexuales, más allá de referir la descomposición familiar generada por la violencia, no suscitan instancias textuales e ideológicas más profundas? ¿No serían eliminables tantas de esas escenas en la novela cuando ni siquiera existe un clima de sordidez creíble para que el lector pudiera justificarlo? Si tenemos en cuenta a Dominique Maingueneau en La literatura pornográfica donde señala las posibilidades del dispositivo pornográfico y de unas secuencias para propósitos que no se reducen a “calentar” al lector (piénsese en Miller) la novela de Collazos abusaría de lo arbitrario y de la excusa de que bajo el formato de novela testimonial todo vale. Quizás los hechos contados en Rencor tendrían mayor peso literario si se hubiera elegido un narrador en tercera persona que pudiera jugar con variadas técnicas narrativas, lenguajes y herramientas para presentar con mayor complejidad el personaje y su contexto. ¿Acaso las infamias cometidas en el país arrastran a que sus escritores destacados por tratar de romper la indiferencia olviden que son artistas para volverse simplemente testimoniantes de la realidad? En definitiva, ¿No siguen siendo desplazados aquellos colombianos que son obligados a cruzar por páginas que se pretenden literarias y de las que resultan expulsados por el uso y abuso de sus dramas sin que se les ofrezca un tratamiento estético que supere la sensiblería y el patetismo?

CITAS BIBLIOGRÁFICAS

Collazos, Óscar (2006) Rencor. Bogotá: Editorial Planeta.
----------- (2003). Desplazados del futuro. Bogotá: Intermedio Editores.
Molano, Alfredo (2001). Desterrados, crónicas del desarraigo. Bogotá: El Áncora Editores.
Sepúlveda, Luís (2000). Historias marginales. Barcelona: Seix Barral.