martes, junio 02, 2009

LA ESTÉTICA DEL CONTRAPUNTO EN LOS VIAJES DEL VIENTO

Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Integrante del Grupo de Investigación de literatura del Tolima de la UT,
jlgaitan@ut.edu.co)

Los viajes del viento, la segunda película de Ciro Guerra (Río de Oro, Cesar, 1981), estrenada en Colombia en mayo del 2009, es un homenaje al género musical más tradicional de la Costa Caribe, a los juglares antes de que se posicionara comercialmente el Festival de la Leyenda Vallenata (el primero de los cuales fue en 1968, año en que trascurre la trama) y a los diversos subgéneros que lo componen (Paseo, Merengue, Puya, Son, Tambora, Romanza vallenata), a través de una historia que, en contravía de los ritmos interpretados, está cargada de tristeza pues aborda el viaje a lomo de burro de un juglar que pretende renunciar a su arte. La belleza de los paisajes captados por las cámaras (del César, Guajira, Bolívar, Magdalena y Atlántico), en su colorido y los cantos que allí se generan contrasta con el cansancio, la resignación y tez desencantada del protagonista, Ignacio Carrillo. Éste, en compañía de un joven (Fermín, quien inútilmente intenta convencerlo de que le enseñe a tocar el acordeón), decide ir desde Majagual, Sucre, hasta Taroa, en la Guajira, en busca del maestro Guerra para entregarle, como queriendo cerrar un círculo maldito, el acordeón que éste le diera condenándolo a ser un artista errante.


Acaso el valor fundamental de la cinta de Ciro Guerra (director y guionista) sea la construcción de una estética del contrapunto: uno es el allegro de los paisajes, el retumbar de las cajas y la euforia en la piquería; otro el adagio que componen los gestos resignados, los balances funestos y los largos, pero elocuentes silencios de Ignacio, quien en su melancolía (ese sol negro del que hablara Nerval en sus poemas) le transmite al espectador y al ritmo lento de la historia una sensación de orfandad y sinsentido. Lo que para la mirada ajena sucita admiración (su talento con el acordeón y el verseo repentino) para él es el peso de una condena. De ahí que intente deshacerse de su instrumento y su maldición (los rumores y el mamagallismo dicen que proviene del diablo, a quien venció en una piquería su maestro Guerra, como también lo hiciera Francisco, el Hombre). El acordeón que anima a los otros cuando escuchan o bailan es el mismo que desalienta a su ejecutante, un hombre con hijos abandonados, pobre, solitario y cercano a la vejez sin posibilidad de hogar por las renuncias a las que lo sometiera la parranda.


Los protagonistas (quien intenta renunciar al acordeón y quien quiere ser un iniciado) emprenden un viaje que comienza y termina en fracaso, a diferencia de tantos de carácter arquetípico donde los héroes tras pruebas y aventuras fortalecen su nombre y se salvan a sí mismos o a su pueblo. De ahí el final nebuloso de la cinta donde, aunque se conoce que los protagonistas llegan al punto esperado (la casa del Maestro Guerra en la Guajira), no es evidente el sentido de la llegada pues nada interesante pareciera quedarles en sus pasos futuros, ni a Ignacio (una suerte de contraQuijote) por más que pueda liberarse del instrumento más no de sus secuelas, ni a Fermín en tanto no logra que su compañero de ruta -de quien nunca se sabe si es su padre- le de las claves de su talento.


Las envolventes atmósferas de tristeza y desolación que se perciben cuando los protagonistas están solos en su recorrido son puntos destacados de la película, gracias a la versatilidad, los gestos y discursos de los actores. Es de reconocer que la verosimilitud de la cinta se alcanza por los registros de actores costeños que, sin ser de la farándula, fueron preparados durante un año en aras de construir una historia cuyos actantes y locaciones fueran autóctonos del folclore Caribe y del sentir vallenato. No es gratuita la elección de Marciano Martínez para el papel de Ignacio. Recuérdese que él, nacido en La Junta (Guajira) en 1957, fue ganador del Concurso de la canción vallenata inédita en El Festival de la Leyenda Vallenata en 1988 con la canción “Con el alma en la mano”, autor también de “Amarte más no pude” y “El sentir de mi pueblo”, entre muchas (algunas popularizadas por Diomedes Díaz).


La película de Ciro Guerra quien a sus 28 años ya suma varios cortos, un documental y dos largometrajes (siendo La sombra del caminante su ópera prima en el 2003), ofrece en sus 117 minutos de duración una historia que en sus contrastes (la lentitud de la trama frente al vértigo de los acordeones y tamboras, la oda del folclore de la Costa Caribe, su música y supersticiones frente a la elegía que sugieren las vidas particulares de sus protagonistas) permite cautivar a los espectadores con una excelente música y fotografía, a la vez que conmoverlos con la desazón de sus protagonistas. Acaso una de sus debilidades sea que por mostrar el marco de fondo por donde deambulan los personajes se cargue de imágenes la cinta, de las cuales varias no tienen demasiada relación con situaciones existenciales, si bien es respetable que sea una obra fílmica que aprovecha su historia para promover el turismo.