martes, enero 13, 2009

HOTEL PEKÍN: LA FICCIÓN AL SERVICIO DE LA ENCARTA Y LA SUPERACIÓN PERSONAL


Por Jorge Ladino Gaitán Bayona

(Integrante del Grupo de Investigación de literatura del Tolima de la UT,

jlgaitan@ut.edu.co)

En su Lección inaugural Roland Barthes destaca de la literatura su carácter irreductible, es decir, su capacidad de resistir a los discursos tipificados que la rodean. Lo anterior pone de relieve lo que, en otras palabras, Milan Kundera denomina el espíritu de la complejidad. Desde esta perspectiva, nada más decepcionante para un lector que tropezar con una obra que cae en la simpleza (no confundir con la sencillez, entendida como valor estético desde Ítalo Calvino), en la obviedad ramplona, en una narración despojada de rigor en el lenguaje, en una historia maniquea donde las acciones de unos personajes representan lo adecuado y las de otros lo que resulta cuestionable.

Habría que tener en cuenta lo anterior al abordar Hotel Pekín, la última novela de Santiago Gamboa, publicada por Seix Barral en el 2008. En ella se narra la vida de un colombiano seducido por el estilo de vida norteamericano que decide no ser más Francisco Munevar (evitándose así el incomodo y parroquial “Pachito”) para convertirse en Frank Michalski, un exitoso promotor de la empresa Enhancing the future que ofrece programas de capacitación a altos ejecutivos de naciones diferentes. Frank llega a Pekín para dar un seminario a empresarios que requieren conocer los hábitos del mundo occidental de los negocios. Sin embargo, entre sus pupilos, encuentra un millonario que le enseña la importancia de un hogar estable y un respeto profundo por las tradiciones. De este modo, Frank se conmueve y maravillado por los ejemplos que en su existencia introduce Li Qiang, habrá de emprender la conquista del afecto de su hijo. Por su parte Li Qiang abre la posibilidad de que su familia pueda ir de vacaciones a Estados Unidos y que, a pesar de la indignación histórica por las invasiones europeas sufridas por China (Inglaterra, Alemania, Francia, Portugal, entre otras), la compañía que representa expanda actividades a otras latitudes. La novela presenta, igualmente, a un periodista de Selecciones llamado Bordewich Dordewich, quien viaja a Pekín en busca de historias que pueda tornar en crónicas. Éste le enseñará a Frank que aparte de los hoteles, bancos y oficinas o de atenerse únicamente a lo que dicen los manuales, un viajero debe recorrer las calles y disfrutar las múltiples experiencias que brinda cada contexto. Si bien otros personajes cuentan sus historias cuando interactúan con Bordewich o con el protagonista, la historia central (ligada a Frank) pareciera convertir a Hotel Pekín en un libro que, así intente poner en relieve la interculturalidad, tiene tintes de superación personal pues está cargado de consejos, sensiblerías y ejemplos cursis para motivar unos comportamientos familiares y una simpatía por las filosofías de “Oriente”.

Alguna vez Jack Goody expresaba su inconformidad por el facilismo con que se ve a Oriente o a Occidente como si fuese un todo homogéneo, desatándose generalizaciones reduccionistas de los espesores culturales y las diversidades. Maxime Rodinson decía que “no hay oriente, existen tan sólo pueblos, países, regiones, sociedades y una gran cantidad de culturas en la tierra” (citado por Renato Ortíz, Lo próximo y lo distante, Interzona, 2003, 32). Por lo tanto, resulta primario representar, encarnados en personajes antagónicos, las ventajas de un modo de vida “oriental” frente al consumismo y pragmatismo “occidental”. No se trata de desmeritar Hotel Pekín por su cuestionamiento aa un modo particular de vida, pues la obra ni siquiera suscita reflexiones profundas sobre el proyecto de la modernidad, sus metarrelatos o su visión de una historia progresiva. La novela en su simpleza y su ficción moralizante resulta incomoda a la lectura. Es una obra casi pedagógica, llana en su expresión y en la presentación de episodios donde se pretende resaltar que es posible una modernización que logre articularse con la tradición y el patrimonio cultural de un pueblo. Además, el maniqueísmo del narrador lleva a que su protagonista caiga en el ridículo. Recuérdese, por ejemplo, cuando Frank, quien escribe un libro dirigido a negociantes (El mundo en que creo), se sueña contestando preguntas en el show nocturno de Larry King tras el éxito editorial. El pasaje recuerda uno similar de Los impostores, otra novela de Gamboa donde un mediocre escritor peruano, pero reconocido profesor universitario, se imagina recibiendo premios, invitado a entrevistas y conferencias. Sólo que a diferencia de Los Impostores donde la ironía, la intertextualidad y el humor intentaban poner en crisis el mundo de la academia (donde los profesores por manejar unas teorías consideran que pueden ser buenos escritores), en Hotel Pekín este tipo de escenas no trascienden y resultas accesorias.

El Santiago Gamboa de impulsos metaficcionales para burlarse del universo académico y literario, el autor de una ficción que impugnaba creativamente las actuaciones de la clase dirigente colombiana en novelas como Perder es cuestión de método o Vida Feliz de un joven llamado Esteban, el escritor que se deslizaba por variados géneros (novela policiaca, novela de artista, novela confesional y novela de espionaje) para intentar cautivar al lector así cayera en ocasiones en el simple gusto por la anécdota, termina dándole al mercado una novela que, como Hotel Pekín, más pareciera un “instant book”, un libro fácilmente digerible, descaradamente simplón y despreocupado por la forma por responder a unos compromisos comerciales. No sólo el escritor se ve obligado a copiar a sus personajes anteriores ciertas acciones (repitiéndose mal en el intento), sino que también colma las 220 páginas de su texto narrativo de escenas carentes de tensiones, configuradas desde un lenguaje excesivamente descriptivo. Finalmente, resulta postizo y pretensioso en su intento de crear una obra con cierto carácter enciclopédico el que, reiteradamente, por boca del protagonista, se den datos sueltos sobre China, sus presidentes, revoluciones e inventos. Podría leerse entonces Hotel Pekín no precisamente para recrearse con una buena historia contada con un estructura artística sólida, sino para aprender algo de China, como si se tratara de una visita a Encarta, o también para conocer un tipo de ficción que, por más que pretenda anclarse a una “filosofía oriental” y poner en abismo el asunto de la interculturalidad, bordea peligrosamente con los libros de superación personal.