miércoles, octubre 18, 2006

GRITOS DEL SILENCIO O LA PALABRA QUE INSTAURA EL DESENCANTO

Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA
(Integrante del Grupo de Investigación
en Literatura del Tolima de la UT, jlgaitan@ut.edu.co)

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Gritos de silencio es una novela corta, de apenas 87 páginas, escrita por Gustavo Jiménez Lozano. Fue publicada en Bogotá en 1977 por Gráficas Calidad. Este autor nació en Ibagué en 1943 y se suicidó en Bogotá en 1990. Otras de sus novelas son Tras las ramas de pinos seculares (1972) e Imprecaciones (1979). De este escritor dice Carlos Orlando Pardo en su libro Novelistas del Tolima, siglo XX que fue “ingeniero agrónomo de la Universidad Nacional, donde se desempeñó como profesor, tuvo por bisabuelo al general Tulio Varón, fue sobrino del pintor Darío Jiménez y de la parentela del poeta Germán Pardo García. Obtuvo un postgrado en California y la angustia por la escritura y por la vida lo llevaron una mañana de 1990 a terminar con su vida”[1].

En Gritos de silencio un narrador protagonista (Claudio) desnuda ante el lector su conciencia para mostrar la inútil lucha del hombre contra la soledad. Esta última no es una simple alusión en el texto novelístico, sino una presencia viva gracias a un fino proceso de personificación que opera en la obra desde que irrumpe ella en el cuarto del escritor en forma de nube hasta transformarse en mujer. La soledad agobia con sus críticas, reproches y juegos: seduce y arrastra a la imposibilidad de la posesión (su bello cuerpo es imagen, no realidad que permita la liberación de pulsiones sexuales); transforma su figura para desequilibrar al protagonista y someterlo a alucinaciones apocalípticas. En vano será todo intento de huida. Aunque Claudio abandone el cuarto en el que permanecía enconchado frente al mundo, las calles, que al principio le revelan la posibilidad de disfrutar de los placeres de los hombres sencillos y de alcanzar el éxito social (así sea sobre la ruina de otros), terminan sumergiéndolo en el desamparo: el hastío de tropezar con tantos que día tras día repiten sus ufanas existencias; la asfixiante sensación de ser parte de una masa amorfa que se “zambulle en el fango” por mandatos de extraños poderes que engañan con los milenarios trucos de la fe. El protagonista, al volver a su cuarto, descubrirá que ni siquiera es capaz de ingerir el veneno ante el que monologa y sólo le queda dejar que la soledad anide definitivamente en sus huesos.

En esta novela existe una atmósfera densa y envolvente, construida por un narrador intradiegético, al que el lector siente cercano y confesional en su abandono y desilusión. La obra es casi teatral, no en la forma compositiva como se organiza el material verbal en la dramaturgia, sino en la intensidad de los diálogos, las digresiones que en ocasiones se vuelven soliloquios, la fuerza del personaje y el manejo preciso de espacios donde la palabra escenifica y dota de sentido cada objeto, acción y presencia. Buena parte de la historia transcurre en un estrecho apartamento en el que el intelectual entra en contradicción con una soledad que se sienta en una silla de cuero ubicada en un rincón. Las pláticas de ambos son profundamente filosóficas. Ella se revela vanidosa al indicar que sólo quienes la aceptan sin prejuicios pueden tornar fecunda su existencia, y aunque algunos la desdeñen, de cualquier forma, ella está presente, pues es artífice de obras imperecederas como también de crímenes. Él, por su parte, desde expresiones irónicas, intenta desentronizarla para convencerla de que siempre ha sido odiada. La diatriba resulta infructífera ante una fuerza insospechada que desequilibra a su víctima, presencia bufonescamente oscura, capaz de poner patas arriba la mente del protagonista, cuya locura visualiza el lector, gracias a la configuración de escenas donde el lenguaje poético se combina con el grotesco para construir una serie de imágenes dantescas en las que el miedo, el caos y el absurdo se tornan en símbolos y alegorías. La intensidad de las descripciones hace que la lectura sea una suerte de viaje por la conciencia del protagonista, como si se tratará de una excursión por el infierno para asistir a un encuentro particular con la futilidad de lo humano y la corrupción del cuerpo:

“Ojos asustados buscaban con afán los párpados que los limpiasen y espantasen el polvo infernal que se les hubiese adherido. Carnes hediondas y en jirones flotaban y se mecían desgonzadas esperando ser atrapadas por los tendones y los nervios que habían sido suyos. Huesos invadidos por hongos amarillos y bacterias semiacuosas se chocaban en indecente algarabía con otros huesos que buscaban acoplarse a los esqueletos ambulantes que iban y venían sin rumbo fijo como inválidos enloquecidos. Músculos deshilachados, cráneos roídos, lágrimas son ojos, sangre sin venas, gritos sin gargantas, rostros sin mandíbulas pasaban a todo correr como duendes, como esquizofrénicos perdidos buscando sus complementos, husmeando entre cadáveres impacientes también”[2]

Ahora bien, a diferencia del infierno que soñara Dante, estratificado en círculos donde los penantes conocen su condena y la causa exacta de sus culpas, el infierno que funda Gritos de silencio se sale de madre. Aquí la putrefacción y el hastío son de todos y de nadie. Esa enorme sensación de abandono que aniquila al hombre pareciera heredarse a cada parte del cuerpo que en vano, en medio de la desorientación y el espanto, intentará buscar a sus dueños (pedazos de piel y huesos huérfanos que se mueven por la nostalgia del ser). Cómo no pensar en Cioran en estos momentos cuando en su libro Desgarradura nos advierte: “Nosotros olvidamos al cuerpo pero el cuerpo no nos olvida a nosotros. ¡Maldita memoria de los órganos!”[3]. Es como si en la muerte la búsqueda inútil de lo humano fuera un castigo para quien, en vida, no logró su propia humanización, pues, como diría Whitman, fue apenas lo que mediaba entre su cabeza y sus piernas.

Ese sinsentido de la vida no sólo se hace presente en la escena enunciada, sino en tantas otras, donde, desde diferentes recursos estilísticos y diversas exploraciones ontológicas, se funda una visión profundamente existencialista, desencanta frente a la posibilidad de que el hombre alcance unos niveles de autonomía y de dominio de su pensamiento y acción para dotar de sentido su devenir. Esta se revela como “pasión inútil” desde una óptica sartreriana. Las aspiraciones y lógicas de la sociedad aniquilan las del intelectual, a quien ni el arte se le figura como bote salvavidas. A este escritor ni la posibilidad de crear (la redención de la palabra) y menos el goce de los sentidos (el erotismo) le otorgan dádivas. Esa insondable sensación de fracaso lleva a que el suicidio se mofe de quien –como si se tratara de un personaje shakesperiano- se descubre frágil, melancólico, agobiado por pensamientos que aniquilan las acciones concretas. Claudio (una especie de Hamlet insertado en un espacio y un siglo donde ya no serán las cortes ni las intrigas nacionales, sino en un estrecho apartamento y la extraña cotidianidad del hombre al que la sociedad pareciera regalarle apenas “el olvido del ser” como planteara Heidegger) descubre que nada importa y todo empeora cuando se intenta cambiar su realidad o precipitar la muerte, en tanto la vida castiga a sus marionetas. Así, cuando no es capaz de tomarse el veneno al que ha dedicado un bello soliloquio, sólo le quedará reconocer:

“Quedé postrado en el lecho aturdido por tanta lucha incierta, lucha sin sentido contra mí mismo, extenuado por tanto afán inútil, adormecido por los suspiros ahogados y por las lágrimas calientes que rodaban por mis mejillas y por los jugos espesos que se estancaban en mi garganta y por los chirridos punzantes que atravesaban mis oídos y por los músculos ya no más distendidos y por el sudor que ablandaba mis ropas y por el insondable vacío que me abandonaba. Quedé vencido por la presencia de la vida, por su avasalladora avalancha que se me vino encima y me atropelló y me dejó allí otra vez sin alientos, anegado en la misma existencia sombría, sometido de nuevo a los vaivenes de la incertidumbre”[4]

La tragedia del personaje, sus esfuerzos vanos de liberación y su derrota final conmueven al lector, con el que se crean unos códigos particulares de identificación, gracias a la virtud de un narrador al que, por encima de contar hechos, le preocupa dejar que se explore la angustia de un hombre, cuya piel y sensibilidad comienza a habitar a quien recorre las páginas de una novela donde se sufre el personaje y se generan posibilidades catárticas.

El fin del protagonista y el de la obra misma resultan dolorosos pues, a diferencia de la tragedia de Hamlet, ya no será la muerte la que selle sus labios y calme las hondas heridas de su espíritu. A este personaje anónimo, de naturaleza huidiza sobre el que cae el peso de siglos y siglos de sinsentidos, apenas le queda tributarse a la resignación, por lo que se arroja a los brazos de quien intentó huir: la soledad, ante la cual la posesión resulta inevitable: “sus labios, sus latidos, sus ilusiones hicieron parte de mi ser. Su carne fue mi carne y su soledad irremediable se convirtió también en la soledad mía” (87). Al cerrarse con estas últimas frases la novela, el lector sabe que Claudio (acaso un espejo en el que puede contemplarse) será apenas otra apariencia más de la soledad, aniquilado en su ser, ahora simple individuo al que le toca hundirse en el tiempo. Desde esta perspectiva la novela de Gustavo Jiménez resulta cioránica. Si se tenía la intuición de que aniquilarse es señal de fuerza, dejarse sobornar de nuevo por la vida es la más dolorosa señal de debilidad; el nuevo individuo que ha fracasado en su intento de suicidio verá duplicado sus miedos, en tanto “el sinsentido de la vida inspira más espanto que la muerte”[5], por lo cual, cada segundo vendrá con su cuenta de cobro: “los instantes se precipitan como vampiros sobre la anemia del tiempo”[6].

En definitiva, en Gritos de silencio la novela adquiere un carácter sincrético en el que lo teatral, lo filosófico, lo lírico y lo narrativo generan ricos matices compositivos que permitirán explorar desde distintos ángulos el desamparo y hastío del hombre culto. Es necesario resaltar una vez más esa cercanía con el teatro por su tensión, el carácter sumamente visual de las escenas, la intensidad de los diálogos y cavilaciones, entre otros recursos. Aquí, más allá de la anécdota, importa visitar la psiquis y construir un personaje redondo, que se aproxima al lector en su drama existencial. Dicho drama (la lucha estéril del hombre contra la soledad y el fracaso) no está reflejado en forma simple, desde los vaivenes de la lástima y la desgarradura, sino desde complejos recursos estéticos donde lo poético se nutre incluso de las posibilidades de lo grotesco para tornar complejo, sugerente, psicológico y cautivante el texto narrativo. Se trata, en definitiva de una obra en la que se instaura el ser desde la palabra, en toda su complejidad, contradicciones y abismos, obra que resulta atractiva para la lectura porque la experiencia del lenguaje funda una belleza que trasciende lo meramente verbal para lograr lo que Milan Kundera planteará como exigencias a la novela moderna: “mantener el mundo de la vida permanentemente iluminado y la de protegernos contra el “olvido del ser”[7].

[1] PARDO, Carlos Orlando. Novelistas del Tolima siglo XX, comentarios críticos. Ibagué: Pijao editores, 2002, p. 223.
[2] JIMÉNEZ LOZANO, Gustavo. Gritos del silencio. Bogotá: Gráficas Calidad, 1977, p. 42.
[3] CIORAN, E.M. Desgarradura. Traducción de María Dolores Aguilera. Barcelona: Montesinos Editor, S:A: Segunda edición, 1984, p. 170.
[4] JIMENEZ LOZANO, Op.cit., p. 86.
[5] CIORAN, E.M. Adiós a la filosofía. Prólogo, traducción y selección de Fernando Savater. Madrid: Alianza Editorial, 1980, p.11
[6] Ibid., p. 15.
[7] KUNDERA, Milan. El arte de la novela. Traducción de Fernando Valenzuela y María Victoria Villaverde. Barcelona: Tusquets editores, 1986, p. 28.

sábado, octubre 07, 2006


“SEIS HOMBRES, UNA MUJER”:
LAS EXTRAÑAS FORMAS DEL FRACASO


Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA
(Integrante del Grupo de Investigación
en Literatura del Tolima de la UT, jlgaitan@ut.edu.co)
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Milan Kundera señala que “la novela es el espíritu de la complejidad”. A ella, como gran forma de la prosa, le corresponde visitar los intrincados laberintos de la condición humana desde diversas estrategias y recursos literarios. Esa conmoción estética y humanística que invita a repensar el ser desde el reconocimiento de la ambigüedad, la aporía o el absurdo, se hace presente en la lectura de “Seis hombres, una mujer”, una obra en la que se indaga el fracaso del intelectual cuando la lógica del trabajo y del éxito social lo alejan de las personas y mundos alternos que el arte había labrado en la juventud. Esta novela de 170 páginas, en la que el lector ingresa a la conciencia del protagonista y donde la misma literatura se incorpora con sus voces y legados, fue publicada en 1992 por la Editorial Grijalbo. Fue escrita por Jorge Eliécer Pardo, nacido en El Líbano (Tolima) en 1950 y autor de varios libros de cuentos y de las novelas “El jardín de las Hartmann” e “Irene”.

“Seis hombres, una mujer” presenta -desde una narración no lineal en la que se juega con el tiempo- el hastío de Jerónimo Santos, quien casado con la heredera de un prestigioso político, con hijos y un trabajo ejemplar, asistirá día tras día a una cotidianidad en la que los clubes, las prostitutas finas, los compromisos electorales y las reuniones con ejecutivos ahondarán en él la urgencia del amor y de encontrar la mujer con la que compartió los juegos del erotismo, las utopías de la vida universitaria y la extraña redención del arte. En ella (Ruth Mazabel) parecieran habitar las bellas mujeres que soñó la literatura: la maga de Cortázar, la Carlota de Goethe y aquellas que la poesía celebró por ofrecer al hombre otra felicidad ajena a la lógica del capital. Deambulando entre las calles llega a un bar donde los hombres gastados por la rutina comparten sus fantasmas e historias. Allí, los cinco amigos de licor empezarán a sentir que hallar a Ruth Mazabel puede ser también el bote salvavidas de sus insípidas vidas. Algunos creen encontrarla -bajo distintos nombres y oficios- en mujeres que pueden brindarle algo de caos y emoción a sus días, uno habrá de reconocerla en su propia esposa y otro acepta la versión que le da un informante de que ha muerto. La desilusión arrastra al protagonista a alejarse del trabajo para buscarla en los cementerios. Habrá luego de escrutar entre los 200 libros de la biblioteca alguna frase subrayada por ella o una pista para ubicarla. Amotinado en su biblioteca, despreocupado por las cosas prácticas de su familia y su misma salud, leerá cada libro. En un final donde lo extraño, lo ambiguo y lo onírico convergen, el lector es convocado a imaginar si fue acaso la locura, el delirio de la esperanza, un sueño que intenta redimir la realidad, una dádiva de la muerte o acaso todos estos elementos juntos, los que posibilitarán que él protagonista vea venir a él no sólo sus padres, el hermano que se había unido a la guerrilla con la chaqueta de cuero negro baleada y sus compañeros de taberna, sino también Ruth para llevarlo de la mano “otra vez, al infinito abismo de lo imprevisible” (p.170).

La novela es contada por un narrador extradiegético que focaliza los pensamientos y sensaciones del protagonista y otras presencias que cruzan la ficción, desde un lenguaje sugerente, poblado de imágenes y recursos líricos. De ahí que el lector sienta cercanos a los personajes en tanto la palabra poética funda el ser en sus carencias, angustias y esperanzas. Incluso la poesía de autores como Neruda o Borges y las alusiones intertextuales que allí aparecen se armonizan en el todo narrativo para reflejar, como en una danza de espejos, los estados anímicos de esos hombres y mujeres instaurados en la novela.

Alguna vez expresó Cioran que “fracasar en la vida es acceder a la poesía”, refiriéndose a ese paraíso de la palabra al que acceden quienes renuncian al éxito de la vida calculada. Esta es la vía que toma el protagonista cuando al entrar a la universidad desdeña la estabilidad económica que representa el mundo del padre. En su nuevo espacio vital, en el que sobrevive haciendo cartas amorosas y resolviendo ejercicios de matemáticas, abraza las incertidumbres del arte. De la mano de Ruth -con quien el amor está repleto de lecturas y sorpresas- Jerónimo justifica su tiempo y su devenir ontológico. Sin embargo, la misma universidad al arrojarlo de nuevo al orden, la razón y la sociedad capitalista cuando le entrega su título de ingeniero, lo retorna al designio político trazado por el progenitor. El intelectual, convertido ahora en doctor –lo que motivará la huida de su compañera de “ocio creativo”- a medida que se entroniza socialmente gracias a un matrimonio por conveniencia y a su relación con la alta esfera política, se sabe degradado por una rutina y una creciente urgencia amorosa que lo incitarán a escudriñar un pasado del que apenas le quedan ecos y nostalgias: Ruth y el convencimiento de que perpetuarse en el tiempo no es dejar los hijos que culparán a un padre descuidado que se obnubila en su frustración, sino comprometerse con la libertad y la belleza a través de la creación literaria.

Esta novela, en definitiva, no sólo revela una cuidadosa escritura, una destreza narrativa de quien sabe manipular el tiempo y los recursos de la intertextualidad y la poesía. Además del placer de contar y de construir un mundo de ficción creíble, se evidencia una visión moderna del arte, en la medida en que, sin descuidar los valores estéticos, se ahonda en los conflictos fundamentales de la existencia (en este caso el deterioro y el hastío del hombre culto que sacrifica el arte y el amor por las promesas del dinero y el poder). La complejidad psicológica de los personajes, la belleza del lenguaje, la tensión y pulsión estética que nutren esta obra, invitan a la relectura y a considerar que la literatura, más allá de los sacrificios, heridas y renuncias que exige el ritual de la palabra, es, ante todo, tal como lo expresara el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón “la única prueba concreta de la existencia del hombre”.