miércoles, agosto 23, 2006

CUANDO EL PAISA ESPANTA LOS NAUFRAGIOS


Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA
(Esta es la crónica ganadora del primer puesto en el Primer Concurso Nacional de Crónica Germán Santamaría, III versión departamental, categoría cuatro (docentes y universitarios), organizado por la Institución Educativa Santa Teresa de Jesús de Ibagué.)


El Paisa nunca leyó a Camus. Sin embargo, desde esa intuición vital que emerge de sus piernas, podría hacer suyas las palabras del novelista y filósofo francés: “lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. El fútbol no fue el padre que lo abandonó a los cinco años, menos Angélica, la última novia que lo cambió por un conductor de buseta. El fútbol ha sido su bálsamo contra la tristeza, esa mágica redención cuando el hambre amanece en sus párpados gastados, al fin de cuentas son 37 años amotinados en su cuerpo.

Basta verlo cada domingo en el Maracaná, no el de Brasil, por supuesto, sino el polideportivo donde los sureños de Ibagué espantan con el balón los fantasmas del desempleo, la soledad y el remordimiento. No tiene reloj, no obstante siempre asoma a las ocho en punto. Sus pasos apuntan a la cancha pequeña. Mira el cielo sin suplicar, sólo espera que las nubes no anuncien lluvia para que aparezcan pronto los que sueñan una mañana de goles. Unos pocos, los que tienen cable, se quedan en casa contemplando al impredecible Montoya en la fórmula 1. No se trata de un partido con veintidós hombres. Aquí los números no miden la felicidad. “Lo bueno si breve, dos veces bueno”, decía Gracián y el micro es una bella metamorfosis del Fútbol. Antes del medio día se puede jugar hasta ocho encuentros, a dos goles y el equipo perdedor paga el valor de la litro.

Arma el equipo desde la defensa. Sus pies se presienten alas y danzan alevosos frente a las patadas furiosas de los rivales. Sus pases son promesas de gol para los delanteros. No juega sucio como acaso el destino si ha hecho con él. Admite que en cualquier manifestación del fútbol (micro, minifútbol o incluso canchitas) toda jugada debe ser un tributo a la genialidad y la belleza. Quizás por ello, viste para la ocasión la camiseta diez de la selección brasilera. Se entrega sin reservas en cada contienda, aún conociendo que en la tarde lo espera un partido en la cancha grande, así sea con uniforme y guayos prestados. Intuir cuál será su almuerzo constituiría una divagación filosófica.

Su nombre es una suerte de misterio. Un jugador que no pisó dos veces el Maracaná aseguró que acostumbraba comprar al Paisa películas piratas en la calle. ¿Un burlón de esa extraña ley que en este país castiga únicamente a quienes no pueden defenderse? ¿Aunque no conozca el mar, cuántos naufragios en tierra lo mecerán de lunes a sábado?

El Paisa sella sus labios cuando los demás mencionan equipos colombianos. El cielo de sus preferencias admite sólo al “Dream Team” de los cariocas. Anhela ir a Río de Janeiro para santificar sus pies con el roce desnudo de la arena donde se formaron quienes hacen del fútbol una expresión sublime.

Para que el Paisa no jugara un domingo tenía que ocurrir lo inaudito. Y ocurrió. El 19 de Junio de 2005 llegó con el uniforme de Brasil salpicado de sangre y mugre. Un sacrilegio para quienes lo habían visto siempre impecable en su traje de gala. Se limitó a ver cómo otros disfrutaban el ritual de la mañana. En su rostro y sus piernas se percibían moretones. A mediados de las diez de la mañana cedió ante la curiosidad y contó la fortuna de la noche anterior.

Había visitado a un amigo en el Barrio Belén, el único que le prestó diez mil pesos conociendo que no podía pagarle. Era el valor individual de la apuesta para jugar el domingo en la tarde un partido de fútbol contra un equipo de vendedores de Sanandresito. Las luces indicaban que pronto marcaría las diez de la noche. Ir en taxi era descompletar el monto de la apuesta. Decidió entonces caminar hasta la casa de su madre en el Barrio Yuldaima. Descendía por la Vuelta del Chivo. Veinte metros adelante percibió dos jóvenes de extraña apariencia. Intentó devolverse, pero atrás lo esperaba un hombre corpulento. Esquivar a éste último le pareció la opción adecuada. Sus pies se deslizaron en carrera desbocada. Acaso un quiebre de cintura de esos que deslumbraban a sus rivales burlaría al enemigo. No hubo arbitro, menos testigos, cuando una patada al tobillo le hizo besar el suelo. En vano intento levantarse. Seis pies y una horda de madrazos asaltaron su cuerpo. La muerte sabía que no era el pitazo final, sólo un perverso atraco. Cinco minutos después levantó su maltrecha humanidad y emprendió rumbo a casa. No tenía los diez mil pesos encima, aún así se sintió infinitamente pesado, como si la rabia hubiera descargado sobre su espalda todo su asco milenario.

Sólo un domingo el Paisa fulgió de espectador, no de armador de equipo. La cancha debió sentirse huérfana sin sus pases certeros. Pero estaba allí, en la improvisada tribuna, recordando a todos que cualquier expresión del fútbol sobrepasa el entretenimiento, que correr y gritar tras un balón no es matar el tiempo, sino celebrarse vivo y sin orillas, a pesar de la miseria, la mala suerte y el desamor.

El Paisa es un hijo sagrado del Maracaná. Prefirió las canchas, en vez de lienzos o páginas, para justificar su existencia. El fútbol que sueña sus pasos lo convierte en un extraño morador del arte y la belleza.