jueves, diciembre 14, 2006

KRAKEN FILARMÓNICO: SONIDO Y POESÍA CONFABULADOS EN LA BELLEZA

Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA
(Profesor de literatura
de la Universidad del Tolima,
jlgaitan@ut.edu.co)
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“Aún podemos ser libres dentro de una canción”, indica Enrique Búnbury (exvocalista de Héroes del Silencio) en su canción Sácame de aquí. ¿Cómo negar la redención que ofrece la música -y el arte en general- frente al tiempo que graba en la piel su cansancio? Escudado en la belleza el hombre se recuerda hombre y algo en su conciencia desnuda lo que los ojos vedan. Acaso así vislumbra esos rostros espantosos de la humanidad donde el olvido labra sus infamias mientras nosotros (absorbidos por el consumismo, la globalización y las contradicciones de un mundo donde la modernidad fue sólo modernización) mutamos de seres a “humanas máquinas, enfermas máquinas, infestas máquinas”, como expresa Kraken en su tema Amnesia. No obstante, es claro que a la hora exacta del sonido, sorbo a sorbo, canción tras canción, la música funda la memoria y afina los sentidos. De ahí que todas las artes aspiren a ella, como anuncia Nietzsche, y no sólo se trata aquí del reconocimiento en torno a que sin armonía las construcciones artísticas desvanecen, sino también a la sagrada intuición de que -en palabras de Aldous Huxley- “después del silencio, lo que más se acerca a expresar lo inexpresable es la música”.

Y es precisamente esa aspiración de armonía, conmoción, verdad y vuelo poético la que anima a quien crea música no como forma de supervivencia (la emboscada del hambre que lleva a sacar ritmos atrapatontos que agitan los huesos sin decir nada para mendigar un Grammy). A diferencia del mercenario, entronizado por los medios de comunicación, el artista no tranza con la ética, no prostituye sus principios y sabe que la buena música aspira a sobrevivir al instante. Y suele ocurrir a veces que la recompensa que el tiempo ofrenda al creador sea que en sus bellas canciones ya no sólo intervengan sus instrumentos convencionales, sino también aquellos que pertenecen al mundo sublime de la música clásica. Esto es precisamente lo que ha ocurrido con Kraken, la banda colombiana con 22 años de huella y camino que viene a ofrecer a los amantes del arte una obra sin antecedentes en la historia musical de país y del rock duro progresivo en Latinoamérica. Se trata de Kraken filarmónico, un disco compacto en el cual la agrupación de Elkin Ramírez se funde con la orquesta filarmónica de Bogotá para erigir un universo musical donde la belleza no sólo brota de la calidad literaria de los temas seleccionados, sino también de la intensidad y depuración que alcanza el sonido. Al fin de cuentas allí se armonizan más de un centenar de talentos entre integrantes de la banda, orquesta y coros de la filarmónica que se sabían destinados a la memoria con un proyecto en estudio lejos de afán, el compromiso comercial y las sensibilidades primarias. La dirección de la Orquesta Filarmónica de Bogotá corrió a cargo del maestro Ricardo Jaramillo, quien hace los arreglos orquestales de Lenguaje de mi Piel. Los otros arreglistas son Juan Monsalve, Camilo Pérez, David Castro, Ricardo Hernández, Javier Fierro y Luis Ramírez. Esté último, un joven de 26 años con una formación musical y un futuro prometedor, es, a la vez, el bajista de la banda, en la cual, junto a Elkin Ramírez (autor de las líricas, vocalista y líder), están Andrés Leiva (guitarrista), Carlos Cortés (batería) y Rubén Gélvez (teclado).

El sueño de Elkin por más de cinco años fue grabado en Bogotá en el 2006 en Estudio Audiovisión y la Estufa. La masterización se adelantó en Londres, nada menos que en Abbey Road Studios, un lugar mítico porque allí los Beatles, Pink Floyd y tantas bandas de culto configuraron su gloria. Con un concierto el 6 de diciembre en el Palacio de los Deportes de la capital colombiana se lanzó este disco filarmónico, cuya distribución es exclusiva de la Universal Music para nuestro país, Venezuela, Ecuador y Perú.

En Kraken filarmónico se encuentran 13 composiciones que brindan una interesante perspectiva de lo que ha sido la misma historia de la banda. Allí aparecen América, Después del final, Lenguaje de mi piel, Sin miedo al dolor, Méxica, Vestido de cristal, Revolución, Frágil al viento, No me hables de amor, Hijos del sur, No te detengas y dos canciones inéditas que figurarán en el próximo disco de Kraken: Amnesia y Extraña predicción. Esta última es una oda al amor, en la que la voz de tenor de Elkin, una orquestación casi épica y unas imágenes poéticas que conmocionan la sensibilidad y el intelecto, nos recuerdan que el amor que confronta y alienta -el mismo que nutre el arte y la confianza en una Latinoamérica distinta en su realidad política- es la guarida perfecta contra la indiferencia y el camino idóneo hacia nuestra humanización “porque solo el amor nos convierte en amor (…) amor conocido, con alma de infante, guardián de la nubes, hogar de los siglos, amor faraón, proverbio en los labios”.

En Kraken Filarmónico la batería, la guitarra, el bajo y los teclados se confabulan con violines, violonchelos, percusión, trombones, violas, contrabajos, flautas, tuba, trompetas, arpa y piano para instaurar una atmósfera hechizante donde la voz de Elkin Ramírez (escoltada por un coro de sopranos, contraltos y tenores) conmueve, seduce y recrea los sentidos. De esta forma, se genera esa posesión maravillosa de la que hablara Robert Browning: “quien escucha la música siente que su soledad, de repente, se puebla”. Desde la primera canción del disco (América, un himno que afirma la riqueza simbólica y cultural del pasado precolombino), se ingresa a un espacio donde la belleza teje sus canciones para configurar un universo estético que no puede sea ajeno a quien abreva en la buena música, porque en ella, la intensidad poética embriaga y sublima el sonido para anidar en la piel líricas, ecos y memorias que reivindican la vida frente al vértigo de una historia y una “civilización” donde, extrañamente, el progreso sólo afina la barbarie.

miércoles, octubre 18, 2006

GRITOS DEL SILENCIO O LA PALABRA QUE INSTAURA EL DESENCANTO

Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA
(Integrante del Grupo de Investigación
en Literatura del Tolima de la UT, jlgaitan@ut.edu.co)

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Gritos de silencio es una novela corta, de apenas 87 páginas, escrita por Gustavo Jiménez Lozano. Fue publicada en Bogotá en 1977 por Gráficas Calidad. Este autor nació en Ibagué en 1943 y se suicidó en Bogotá en 1990. Otras de sus novelas son Tras las ramas de pinos seculares (1972) e Imprecaciones (1979). De este escritor dice Carlos Orlando Pardo en su libro Novelistas del Tolima, siglo XX que fue “ingeniero agrónomo de la Universidad Nacional, donde se desempeñó como profesor, tuvo por bisabuelo al general Tulio Varón, fue sobrino del pintor Darío Jiménez y de la parentela del poeta Germán Pardo García. Obtuvo un postgrado en California y la angustia por la escritura y por la vida lo llevaron una mañana de 1990 a terminar con su vida”[1].

En Gritos de silencio un narrador protagonista (Claudio) desnuda ante el lector su conciencia para mostrar la inútil lucha del hombre contra la soledad. Esta última no es una simple alusión en el texto novelístico, sino una presencia viva gracias a un fino proceso de personificación que opera en la obra desde que irrumpe ella en el cuarto del escritor en forma de nube hasta transformarse en mujer. La soledad agobia con sus críticas, reproches y juegos: seduce y arrastra a la imposibilidad de la posesión (su bello cuerpo es imagen, no realidad que permita la liberación de pulsiones sexuales); transforma su figura para desequilibrar al protagonista y someterlo a alucinaciones apocalípticas. En vano será todo intento de huida. Aunque Claudio abandone el cuarto en el que permanecía enconchado frente al mundo, las calles, que al principio le revelan la posibilidad de disfrutar de los placeres de los hombres sencillos y de alcanzar el éxito social (así sea sobre la ruina de otros), terminan sumergiéndolo en el desamparo: el hastío de tropezar con tantos que día tras día repiten sus ufanas existencias; la asfixiante sensación de ser parte de una masa amorfa que se “zambulle en el fango” por mandatos de extraños poderes que engañan con los milenarios trucos de la fe. El protagonista, al volver a su cuarto, descubrirá que ni siquiera es capaz de ingerir el veneno ante el que monologa y sólo le queda dejar que la soledad anide definitivamente en sus huesos.

En esta novela existe una atmósfera densa y envolvente, construida por un narrador intradiegético, al que el lector siente cercano y confesional en su abandono y desilusión. La obra es casi teatral, no en la forma compositiva como se organiza el material verbal en la dramaturgia, sino en la intensidad de los diálogos, las digresiones que en ocasiones se vuelven soliloquios, la fuerza del personaje y el manejo preciso de espacios donde la palabra escenifica y dota de sentido cada objeto, acción y presencia. Buena parte de la historia transcurre en un estrecho apartamento en el que el intelectual entra en contradicción con una soledad que se sienta en una silla de cuero ubicada en un rincón. Las pláticas de ambos son profundamente filosóficas. Ella se revela vanidosa al indicar que sólo quienes la aceptan sin prejuicios pueden tornar fecunda su existencia, y aunque algunos la desdeñen, de cualquier forma, ella está presente, pues es artífice de obras imperecederas como también de crímenes. Él, por su parte, desde expresiones irónicas, intenta desentronizarla para convencerla de que siempre ha sido odiada. La diatriba resulta infructífera ante una fuerza insospechada que desequilibra a su víctima, presencia bufonescamente oscura, capaz de poner patas arriba la mente del protagonista, cuya locura visualiza el lector, gracias a la configuración de escenas donde el lenguaje poético se combina con el grotesco para construir una serie de imágenes dantescas en las que el miedo, el caos y el absurdo se tornan en símbolos y alegorías. La intensidad de las descripciones hace que la lectura sea una suerte de viaje por la conciencia del protagonista, como si se tratará de una excursión por el infierno para asistir a un encuentro particular con la futilidad de lo humano y la corrupción del cuerpo:

“Ojos asustados buscaban con afán los párpados que los limpiasen y espantasen el polvo infernal que se les hubiese adherido. Carnes hediondas y en jirones flotaban y se mecían desgonzadas esperando ser atrapadas por los tendones y los nervios que habían sido suyos. Huesos invadidos por hongos amarillos y bacterias semiacuosas se chocaban en indecente algarabía con otros huesos que buscaban acoplarse a los esqueletos ambulantes que iban y venían sin rumbo fijo como inválidos enloquecidos. Músculos deshilachados, cráneos roídos, lágrimas son ojos, sangre sin venas, gritos sin gargantas, rostros sin mandíbulas pasaban a todo correr como duendes, como esquizofrénicos perdidos buscando sus complementos, husmeando entre cadáveres impacientes también”[2]

Ahora bien, a diferencia del infierno que soñara Dante, estratificado en círculos donde los penantes conocen su condena y la causa exacta de sus culpas, el infierno que funda Gritos de silencio se sale de madre. Aquí la putrefacción y el hastío son de todos y de nadie. Esa enorme sensación de abandono que aniquila al hombre pareciera heredarse a cada parte del cuerpo que en vano, en medio de la desorientación y el espanto, intentará buscar a sus dueños (pedazos de piel y huesos huérfanos que se mueven por la nostalgia del ser). Cómo no pensar en Cioran en estos momentos cuando en su libro Desgarradura nos advierte: “Nosotros olvidamos al cuerpo pero el cuerpo no nos olvida a nosotros. ¡Maldita memoria de los órganos!”[3]. Es como si en la muerte la búsqueda inútil de lo humano fuera un castigo para quien, en vida, no logró su propia humanización, pues, como diría Whitman, fue apenas lo que mediaba entre su cabeza y sus piernas.

Ese sinsentido de la vida no sólo se hace presente en la escena enunciada, sino en tantas otras, donde, desde diferentes recursos estilísticos y diversas exploraciones ontológicas, se funda una visión profundamente existencialista, desencanta frente a la posibilidad de que el hombre alcance unos niveles de autonomía y de dominio de su pensamiento y acción para dotar de sentido su devenir. Esta se revela como “pasión inútil” desde una óptica sartreriana. Las aspiraciones y lógicas de la sociedad aniquilan las del intelectual, a quien ni el arte se le figura como bote salvavidas. A este escritor ni la posibilidad de crear (la redención de la palabra) y menos el goce de los sentidos (el erotismo) le otorgan dádivas. Esa insondable sensación de fracaso lleva a que el suicidio se mofe de quien –como si se tratara de un personaje shakesperiano- se descubre frágil, melancólico, agobiado por pensamientos que aniquilan las acciones concretas. Claudio (una especie de Hamlet insertado en un espacio y un siglo donde ya no serán las cortes ni las intrigas nacionales, sino en un estrecho apartamento y la extraña cotidianidad del hombre al que la sociedad pareciera regalarle apenas “el olvido del ser” como planteara Heidegger) descubre que nada importa y todo empeora cuando se intenta cambiar su realidad o precipitar la muerte, en tanto la vida castiga a sus marionetas. Así, cuando no es capaz de tomarse el veneno al que ha dedicado un bello soliloquio, sólo le quedará reconocer:

“Quedé postrado en el lecho aturdido por tanta lucha incierta, lucha sin sentido contra mí mismo, extenuado por tanto afán inútil, adormecido por los suspiros ahogados y por las lágrimas calientes que rodaban por mis mejillas y por los jugos espesos que se estancaban en mi garganta y por los chirridos punzantes que atravesaban mis oídos y por los músculos ya no más distendidos y por el sudor que ablandaba mis ropas y por el insondable vacío que me abandonaba. Quedé vencido por la presencia de la vida, por su avasalladora avalancha que se me vino encima y me atropelló y me dejó allí otra vez sin alientos, anegado en la misma existencia sombría, sometido de nuevo a los vaivenes de la incertidumbre”[4]

La tragedia del personaje, sus esfuerzos vanos de liberación y su derrota final conmueven al lector, con el que se crean unos códigos particulares de identificación, gracias a la virtud de un narrador al que, por encima de contar hechos, le preocupa dejar que se explore la angustia de un hombre, cuya piel y sensibilidad comienza a habitar a quien recorre las páginas de una novela donde se sufre el personaje y se generan posibilidades catárticas.

El fin del protagonista y el de la obra misma resultan dolorosos pues, a diferencia de la tragedia de Hamlet, ya no será la muerte la que selle sus labios y calme las hondas heridas de su espíritu. A este personaje anónimo, de naturaleza huidiza sobre el que cae el peso de siglos y siglos de sinsentidos, apenas le queda tributarse a la resignación, por lo que se arroja a los brazos de quien intentó huir: la soledad, ante la cual la posesión resulta inevitable: “sus labios, sus latidos, sus ilusiones hicieron parte de mi ser. Su carne fue mi carne y su soledad irremediable se convirtió también en la soledad mía” (87). Al cerrarse con estas últimas frases la novela, el lector sabe que Claudio (acaso un espejo en el que puede contemplarse) será apenas otra apariencia más de la soledad, aniquilado en su ser, ahora simple individuo al que le toca hundirse en el tiempo. Desde esta perspectiva la novela de Gustavo Jiménez resulta cioránica. Si se tenía la intuición de que aniquilarse es señal de fuerza, dejarse sobornar de nuevo por la vida es la más dolorosa señal de debilidad; el nuevo individuo que ha fracasado en su intento de suicidio verá duplicado sus miedos, en tanto “el sinsentido de la vida inspira más espanto que la muerte”[5], por lo cual, cada segundo vendrá con su cuenta de cobro: “los instantes se precipitan como vampiros sobre la anemia del tiempo”[6].

En definitiva, en Gritos de silencio la novela adquiere un carácter sincrético en el que lo teatral, lo filosófico, lo lírico y lo narrativo generan ricos matices compositivos que permitirán explorar desde distintos ángulos el desamparo y hastío del hombre culto. Es necesario resaltar una vez más esa cercanía con el teatro por su tensión, el carácter sumamente visual de las escenas, la intensidad de los diálogos y cavilaciones, entre otros recursos. Aquí, más allá de la anécdota, importa visitar la psiquis y construir un personaje redondo, que se aproxima al lector en su drama existencial. Dicho drama (la lucha estéril del hombre contra la soledad y el fracaso) no está reflejado en forma simple, desde los vaivenes de la lástima y la desgarradura, sino desde complejos recursos estéticos donde lo poético se nutre incluso de las posibilidades de lo grotesco para tornar complejo, sugerente, psicológico y cautivante el texto narrativo. Se trata, en definitiva de una obra en la que se instaura el ser desde la palabra, en toda su complejidad, contradicciones y abismos, obra que resulta atractiva para la lectura porque la experiencia del lenguaje funda una belleza que trasciende lo meramente verbal para lograr lo que Milan Kundera planteará como exigencias a la novela moderna: “mantener el mundo de la vida permanentemente iluminado y la de protegernos contra el “olvido del ser”[7].

[1] PARDO, Carlos Orlando. Novelistas del Tolima siglo XX, comentarios críticos. Ibagué: Pijao editores, 2002, p. 223.
[2] JIMÉNEZ LOZANO, Gustavo. Gritos del silencio. Bogotá: Gráficas Calidad, 1977, p. 42.
[3] CIORAN, E.M. Desgarradura. Traducción de María Dolores Aguilera. Barcelona: Montesinos Editor, S:A: Segunda edición, 1984, p. 170.
[4] JIMENEZ LOZANO, Op.cit., p. 86.
[5] CIORAN, E.M. Adiós a la filosofía. Prólogo, traducción y selección de Fernando Savater. Madrid: Alianza Editorial, 1980, p.11
[6] Ibid., p. 15.
[7] KUNDERA, Milan. El arte de la novela. Traducción de Fernando Valenzuela y María Victoria Villaverde. Barcelona: Tusquets editores, 1986, p. 28.

sábado, octubre 07, 2006


“SEIS HOMBRES, UNA MUJER”:
LAS EXTRAÑAS FORMAS DEL FRACASO


Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA
(Integrante del Grupo de Investigación
en Literatura del Tolima de la UT, jlgaitan@ut.edu.co)
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Milan Kundera señala que “la novela es el espíritu de la complejidad”. A ella, como gran forma de la prosa, le corresponde visitar los intrincados laberintos de la condición humana desde diversas estrategias y recursos literarios. Esa conmoción estética y humanística que invita a repensar el ser desde el reconocimiento de la ambigüedad, la aporía o el absurdo, se hace presente en la lectura de “Seis hombres, una mujer”, una obra en la que se indaga el fracaso del intelectual cuando la lógica del trabajo y del éxito social lo alejan de las personas y mundos alternos que el arte había labrado en la juventud. Esta novela de 170 páginas, en la que el lector ingresa a la conciencia del protagonista y donde la misma literatura se incorpora con sus voces y legados, fue publicada en 1992 por la Editorial Grijalbo. Fue escrita por Jorge Eliécer Pardo, nacido en El Líbano (Tolima) en 1950 y autor de varios libros de cuentos y de las novelas “El jardín de las Hartmann” e “Irene”.

“Seis hombres, una mujer” presenta -desde una narración no lineal en la que se juega con el tiempo- el hastío de Jerónimo Santos, quien casado con la heredera de un prestigioso político, con hijos y un trabajo ejemplar, asistirá día tras día a una cotidianidad en la que los clubes, las prostitutas finas, los compromisos electorales y las reuniones con ejecutivos ahondarán en él la urgencia del amor y de encontrar la mujer con la que compartió los juegos del erotismo, las utopías de la vida universitaria y la extraña redención del arte. En ella (Ruth Mazabel) parecieran habitar las bellas mujeres que soñó la literatura: la maga de Cortázar, la Carlota de Goethe y aquellas que la poesía celebró por ofrecer al hombre otra felicidad ajena a la lógica del capital. Deambulando entre las calles llega a un bar donde los hombres gastados por la rutina comparten sus fantasmas e historias. Allí, los cinco amigos de licor empezarán a sentir que hallar a Ruth Mazabel puede ser también el bote salvavidas de sus insípidas vidas. Algunos creen encontrarla -bajo distintos nombres y oficios- en mujeres que pueden brindarle algo de caos y emoción a sus días, uno habrá de reconocerla en su propia esposa y otro acepta la versión que le da un informante de que ha muerto. La desilusión arrastra al protagonista a alejarse del trabajo para buscarla en los cementerios. Habrá luego de escrutar entre los 200 libros de la biblioteca alguna frase subrayada por ella o una pista para ubicarla. Amotinado en su biblioteca, despreocupado por las cosas prácticas de su familia y su misma salud, leerá cada libro. En un final donde lo extraño, lo ambiguo y lo onírico convergen, el lector es convocado a imaginar si fue acaso la locura, el delirio de la esperanza, un sueño que intenta redimir la realidad, una dádiva de la muerte o acaso todos estos elementos juntos, los que posibilitarán que él protagonista vea venir a él no sólo sus padres, el hermano que se había unido a la guerrilla con la chaqueta de cuero negro baleada y sus compañeros de taberna, sino también Ruth para llevarlo de la mano “otra vez, al infinito abismo de lo imprevisible” (p.170).

La novela es contada por un narrador extradiegético que focaliza los pensamientos y sensaciones del protagonista y otras presencias que cruzan la ficción, desde un lenguaje sugerente, poblado de imágenes y recursos líricos. De ahí que el lector sienta cercanos a los personajes en tanto la palabra poética funda el ser en sus carencias, angustias y esperanzas. Incluso la poesía de autores como Neruda o Borges y las alusiones intertextuales que allí aparecen se armonizan en el todo narrativo para reflejar, como en una danza de espejos, los estados anímicos de esos hombres y mujeres instaurados en la novela.

Alguna vez expresó Cioran que “fracasar en la vida es acceder a la poesía”, refiriéndose a ese paraíso de la palabra al que acceden quienes renuncian al éxito de la vida calculada. Esta es la vía que toma el protagonista cuando al entrar a la universidad desdeña la estabilidad económica que representa el mundo del padre. En su nuevo espacio vital, en el que sobrevive haciendo cartas amorosas y resolviendo ejercicios de matemáticas, abraza las incertidumbres del arte. De la mano de Ruth -con quien el amor está repleto de lecturas y sorpresas- Jerónimo justifica su tiempo y su devenir ontológico. Sin embargo, la misma universidad al arrojarlo de nuevo al orden, la razón y la sociedad capitalista cuando le entrega su título de ingeniero, lo retorna al designio político trazado por el progenitor. El intelectual, convertido ahora en doctor –lo que motivará la huida de su compañera de “ocio creativo”- a medida que se entroniza socialmente gracias a un matrimonio por conveniencia y a su relación con la alta esfera política, se sabe degradado por una rutina y una creciente urgencia amorosa que lo incitarán a escudriñar un pasado del que apenas le quedan ecos y nostalgias: Ruth y el convencimiento de que perpetuarse en el tiempo no es dejar los hijos que culparán a un padre descuidado que se obnubila en su frustración, sino comprometerse con la libertad y la belleza a través de la creación literaria.

Esta novela, en definitiva, no sólo revela una cuidadosa escritura, una destreza narrativa de quien sabe manipular el tiempo y los recursos de la intertextualidad y la poesía. Además del placer de contar y de construir un mundo de ficción creíble, se evidencia una visión moderna del arte, en la medida en que, sin descuidar los valores estéticos, se ahonda en los conflictos fundamentales de la existencia (en este caso el deterioro y el hastío del hombre culto que sacrifica el arte y el amor por las promesas del dinero y el poder). La complejidad psicológica de los personajes, la belleza del lenguaje, la tensión y pulsión estética que nutren esta obra, invitan a la relectura y a considerar que la literatura, más allá de los sacrificios, heridas y renuncias que exige el ritual de la palabra, es, ante todo, tal como lo expresara el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón “la única prueba concreta de la existencia del hombre”.

miércoles, agosto 23, 2006

CUANDO EL PAISA ESPANTA LOS NAUFRAGIOS


Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA
(Esta es la crónica ganadora del primer puesto en el Primer Concurso Nacional de Crónica Germán Santamaría, III versión departamental, categoría cuatro (docentes y universitarios), organizado por la Institución Educativa Santa Teresa de Jesús de Ibagué.)


El Paisa nunca leyó a Camus. Sin embargo, desde esa intuición vital que emerge de sus piernas, podría hacer suyas las palabras del novelista y filósofo francés: “lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol”. El fútbol no fue el padre que lo abandonó a los cinco años, menos Angélica, la última novia que lo cambió por un conductor de buseta. El fútbol ha sido su bálsamo contra la tristeza, esa mágica redención cuando el hambre amanece en sus párpados gastados, al fin de cuentas son 37 años amotinados en su cuerpo.

Basta verlo cada domingo en el Maracaná, no el de Brasil, por supuesto, sino el polideportivo donde los sureños de Ibagué espantan con el balón los fantasmas del desempleo, la soledad y el remordimiento. No tiene reloj, no obstante siempre asoma a las ocho en punto. Sus pasos apuntan a la cancha pequeña. Mira el cielo sin suplicar, sólo espera que las nubes no anuncien lluvia para que aparezcan pronto los que sueñan una mañana de goles. Unos pocos, los que tienen cable, se quedan en casa contemplando al impredecible Montoya en la fórmula 1. No se trata de un partido con veintidós hombres. Aquí los números no miden la felicidad. “Lo bueno si breve, dos veces bueno”, decía Gracián y el micro es una bella metamorfosis del Fútbol. Antes del medio día se puede jugar hasta ocho encuentros, a dos goles y el equipo perdedor paga el valor de la litro.

Arma el equipo desde la defensa. Sus pies se presienten alas y danzan alevosos frente a las patadas furiosas de los rivales. Sus pases son promesas de gol para los delanteros. No juega sucio como acaso el destino si ha hecho con él. Admite que en cualquier manifestación del fútbol (micro, minifútbol o incluso canchitas) toda jugada debe ser un tributo a la genialidad y la belleza. Quizás por ello, viste para la ocasión la camiseta diez de la selección brasilera. Se entrega sin reservas en cada contienda, aún conociendo que en la tarde lo espera un partido en la cancha grande, así sea con uniforme y guayos prestados. Intuir cuál será su almuerzo constituiría una divagación filosófica.

Su nombre es una suerte de misterio. Un jugador que no pisó dos veces el Maracaná aseguró que acostumbraba comprar al Paisa películas piratas en la calle. ¿Un burlón de esa extraña ley que en este país castiga únicamente a quienes no pueden defenderse? ¿Aunque no conozca el mar, cuántos naufragios en tierra lo mecerán de lunes a sábado?

El Paisa sella sus labios cuando los demás mencionan equipos colombianos. El cielo de sus preferencias admite sólo al “Dream Team” de los cariocas. Anhela ir a Río de Janeiro para santificar sus pies con el roce desnudo de la arena donde se formaron quienes hacen del fútbol una expresión sublime.

Para que el Paisa no jugara un domingo tenía que ocurrir lo inaudito. Y ocurrió. El 19 de Junio de 2005 llegó con el uniforme de Brasil salpicado de sangre y mugre. Un sacrilegio para quienes lo habían visto siempre impecable en su traje de gala. Se limitó a ver cómo otros disfrutaban el ritual de la mañana. En su rostro y sus piernas se percibían moretones. A mediados de las diez de la mañana cedió ante la curiosidad y contó la fortuna de la noche anterior.

Había visitado a un amigo en el Barrio Belén, el único que le prestó diez mil pesos conociendo que no podía pagarle. Era el valor individual de la apuesta para jugar el domingo en la tarde un partido de fútbol contra un equipo de vendedores de Sanandresito. Las luces indicaban que pronto marcaría las diez de la noche. Ir en taxi era descompletar el monto de la apuesta. Decidió entonces caminar hasta la casa de su madre en el Barrio Yuldaima. Descendía por la Vuelta del Chivo. Veinte metros adelante percibió dos jóvenes de extraña apariencia. Intentó devolverse, pero atrás lo esperaba un hombre corpulento. Esquivar a éste último le pareció la opción adecuada. Sus pies se deslizaron en carrera desbocada. Acaso un quiebre de cintura de esos que deslumbraban a sus rivales burlaría al enemigo. No hubo arbitro, menos testigos, cuando una patada al tobillo le hizo besar el suelo. En vano intento levantarse. Seis pies y una horda de madrazos asaltaron su cuerpo. La muerte sabía que no era el pitazo final, sólo un perverso atraco. Cinco minutos después levantó su maltrecha humanidad y emprendió rumbo a casa. No tenía los diez mil pesos encima, aún así se sintió infinitamente pesado, como si la rabia hubiera descargado sobre su espalda todo su asco milenario.

Sólo un domingo el Paisa fulgió de espectador, no de armador de equipo. La cancha debió sentirse huérfana sin sus pases certeros. Pero estaba allí, en la improvisada tribuna, recordando a todos que cualquier expresión del fútbol sobrepasa el entretenimiento, que correr y gritar tras un balón no es matar el tiempo, sino celebrarse vivo y sin orillas, a pesar de la miseria, la mala suerte y el desamor.

El Paisa es un hijo sagrado del Maracaná. Prefirió las canchas, en vez de lienzos o páginas, para justificar su existencia. El fútbol que sueña sus pasos lo convierte en un extraño morador del arte y la belleza.


jueves, julio 13, 2006

UNA MIRADA A “PAYASO, MUJER Y PERROS”





Por JORGE LADINO GAITÁN BAYONA
(Integrante del Grupo de Investigación
de narrativa del Tolima de la UT
y Becario de la Facultad de Educación)


“Payaso, mujer y perros” es la única novela publicada de César Varón Nieto, quien nació en Líbano (Tolima) en 1926 y murió en Bogotá en 1981. Se trata de un sociólogo graduado de la Universidad Autónoma de México, con una especialización, en esta misma área, en la universidad de Buenos Aires. De su labor como sociólogo quedaron varios libros editados tanto en nuestro país como en Centroamérica. Se desempeñó en diversos cargos en ministerios colombianos y otras instituciones estatales.

“Payaso, mujer y perros” es una novela de 247 páginas publicada en 1980 por Ediciones Pijao. Es una obra en la que se narran hechos asombrosos que le ocurren a una mujer adinerada, a su madre y otros seres cercanos. El inicio nos presenta a Natalia Cartagena (la protagonista), una enamorada de su propio cuerpo, quien una mañana se levanta a contemplarse y descubre que le falta su mano izquierda. La búsqueda frenética la llevara a escudriñar durante días no sólo en los rincones más insospechados de su propia casa, sino en toda la ciudad, hasta descubrirla en un barrio sureño en medio de los desechos. Tras retornar la mano a la humanidad de su dueña, ésta se entregará desnuda a la lluvia y al sueño durante tres días y noches. Su hermana (Leonor) es una adolescente que, luego de despedirse de la ventana de su cuarto con una amorosa carta, se va de viaje por el Amazonas donde será devorada por una planta carnívora. La muerte arrastra a la locura a la madre y al llegar los restos, Natalia decide triturarlos en una tarea que le tomará más de un mes de obstinada labor. Este es apenas el primer capítulo de una historia en la que la imaginación se ve convocada y, a veces forzada, a configurar episodios donde lo insólito y lo onírico son las características recurrentes en un universo narrativo en el que se perciben elementos del realismo mágico garciamarquiano, no sólo por la forma como se torna en cotidiano lo fabuloso, y por la hiperbolización de la realidad (llevada a planos mágicos que se incorporan a la normalidad) sino también por la presencia de un personaje femenino (Carlota Yacup) quien, a semejanza de Melquíades, será la consejera de la protagonista, una viajera con una conocimiento enorme de las supersticiones de otros continentes, con extraños poderes para burlar el tiempo y la muerte, la cual conducirá a Natalia a construir un pueblo en un territorio perdido en la Costa Pacífica y sin referentes en la cartografía nacional: Nairadó, donde sus habitantes viven en la miseria y el analfabetismo. Pueblo que de la misma forma vertiginosa como alcanza su esplendor -convirtiéndose en ejemplo nacional de trabajo mancomunado y de sociedad libre de intrigas políticas y actos delincuenciales- será borrado por la furia del mar.

En la novela confluyen múltiples sucesos en los que evidentemente hay un derroche de imaginación. Sin embargo, por ese deseo de contar seduciendo todo el tiempo, muchos hechos maravillosos son presentados en forma tan vertiginosa que no logran, en ocasiones, crear las atmósferas adecuadas para que resulten creíbles al lector. De este modo, la verosimilitud se ve dislocada por la fugacidad. Así, por ejemplo, resulta increíble la solución a varios de los conflictos generados, como cuando ante el ataque masivo de gusanos gigantes al pueblo, se mencione someramente que llegaron del cielo unas hormigas voladoras que habrían de tragárselos, trayendo como consecuencia la propia muerte por envenenamiento.

Cabe destacar en esta creación narrativa su lenguaje altamente poético. Se encuentran aquí metáforas, símiles y distintos recursos estilísticos que tornan bellas las descripciones, tanto de espacios externos como de los estados anímicos de una mujer (Natalia), eje central del relato, cuyos actos amorosos y solidarios, e incluso su relación con la escritura, no parten del reconocimiento del otro, sino de desafíos y juegos que impone su narcisismo. A nivel estructural la narración se torna atractiva porque, alternados en capítulos, se cuentan los sucesos ocurridos, en distintos espacios, a la hija y la madre. A través de esta última, con sus desvaríos mentales y su condición de ama y señora del campo (“Tierra buena”), se efectúa una parodia del poder sustentado no en la razón, sino en el capricho y el despotismo.

En la obra subyace también una crítica a la miseria, analfabetismo y atraso cultural que se da en el campo y zonas marginales del país condenadas al olvido desde la gran capital. Del mismo modo (particularmente en el capítulo referido a los negocios del tío de Natalia) hay cuestionamientos a la corrupción y a la forma ilegal como muchos labran su fortuna a costa de la ignorancia, la resignación y la desgracia ajena. Esta lectura ideológica que se encuentra en el texto narrativo no requeriría, sin embargo, las intervenciones de un narrador que, ocasionalmente, comete el error de satanizar personajes que no siguen las conductas éticas y políticas de aquellos egos ficticios que si aspiran a la justicia y a la solidaridad. Estos últimos, acaso por su bondad, su amor desbordado y la transparencia de sus actos, reciben nombres de una inocencia increíble, como Américo, el poeta, o Angélica Corazón, la encargada de orientar la escuela en Nairadó.

El monologismo que desata la presencia de un narrador que no le da voz propia a sus personajes sino que, al fin de cuentas, termina manipulándolos para no poner en riesgo su visión de mundo, es una de las falencias de esta obra narrativa. Este factor, sumado a su carácter epigonal del realismo mágico garciamarquiano, la alejan un poco de las aspiraciones de la novela moderna, la cual, como bien lo plantea el teórico ruso Mijail Bajtin, debe ser polifónica, dialógica y aunque abierta a la intertextualidad (que permite relacionarla con textos literarios diversos, pero también con la misma historia y el contexto sociocultural) tiene que ser parricida frente a las influencias enormes del pasado, generando nuevas posibilidades narrativas o, almenos, novedosas exploraciones de las complejas paradojas y utopías de la condición humana.

REGRESO A “CANTATA PARA EL FIN DE LOS TIEMPOS”

Por Jorge Ladino Gaitán Bayona
(Becario de la Facultad de educación, integrante del Grupo de Investigación de en Literatura del Tolima de la UT. jlgaitan@ut.edu.co )
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Hace diez años la Cooperativa Editorial Magisterio publicó “Cantata para el fin de los tiempos”, novela de César Augusto Pérez Pinzón, nacido en Alvarado (Tolima) en 1954. Ya antes este autor había publicado la novela “Hacia el Abismo” (Plaza y Janés, 1986) y los libros de cuentos “La Calle del Farol Dormido” (Instituto Colombo Americano, 1986) y “Alucinaciones”. De este mismo escritor, el Instituto Distrital de Cultura y Turismo editó en el 2003 “Hijos del fuego”, libro con el que ganara ese mismo año el Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá, en la categoría adultos.

“Cantata para el fin de los tiempos” es una novela donde subyace un profundo homenaje a la misma literatura y al amor, como posibilidades no sólo de catarsis y de recreación estética, sino de reivindicación de la vida frente a los sinsentidos de las guerras (La Guerra de los Mil Días y La Violencia en Colombia) y las tribulaciones de un tiempo donde el hombre asiste a su degradación y a la horrorosa conciencia de que, en vez de avanzar hacia su propia humanización, los pueblos sólo refinan su barbarie.

Dentro de la obra, el amor y el goce de los sentidos son bálsamos que permiten sobrellevar el desencanto. La obra valoriza lo erótico como posibilidad de juego, liberación y trasgresión moral, desde una particular exploración ontológica a la relación incestuosa de los protagonistas.

La novela presenta la vida de dos ancianos (Fabián Cabral y Juanalís) los cuales, ante la desilusión de intentar cambiar el rumbo del país y contemplar la inutilidad de las guerras, deciden aislarse en un cuarto de una casona de Bogotá, donde habrán de tributarse a la memoria (la reconstrucción de su pasado) y la certeza de que les basta apenas su compañía y la literatura para poblar de sentidos su ser en el mundo. El amor y el haber compartido desde niños sus vidas (ella como nana, hermana paterna, amante y compañera sentimental de él) hacen que en ellos la comunicación se funde desde el intercambio de miradas. La palabra cobra sentido cuando el protagonista, ante la inminente llegada de los médicos que lo llevarán al ancianato, se ofrenda a la relectura de la novela que escribiera en un cuaderno.

La existencia de una novela dentro de la obra (cuya lectura se permite a los lectores) viene acompañada de las reflexiones metaficcionales de su autor en torno a las dificultades y satisfacciones que genera la escritura literaria y al papel que en el arte juega la memoria. Se trata, entonces, del reconocimiento de que el artista no es un dios que forma su texto de la nada, sino alguien que pone a funcionar su sensibilidad y su “base enciclopédica” para entrar en diálogo con textos precedentes y así recrear las pasiones humanas. La novela contenida allí maneja una bella historia, poblada de elementos fantásticos y disertaciones filosóficas, desde la figura de un fraile que huye de la Inquisición y quien tiene la capacidad de viajar al pasado. Este ha sido testigo de hechos mágicos y crueles en diversas épocas y espacios: la huida a Egipto del niño Jesús, su madre y José; el encanto de las cortes y una extraña muerte pasional en la mítica Escandinavia de guerreros medievales; la fundación del mundo Muisca y la suerte de algunos líderes; los hechos insólitos y monstruosos durante La Conquista; entre otros. En un final asombroso, donde la verosimilitud no se disloca, su historia se verá entrecruzada con la de su anciano escritor para entrar en un tiempo cíclico donde será el propio lector de su historia.

"Cantata para el fin de los tiempos" es una novela culta en la que el juego intertextual ocupa un papel fundamental. La mente de su protagonista masculino es un pequeño universo literario - pronto a desaparecer como el Aleph en el cuento de Borges- en el que se concentran obras de tiempos y lugares variados. En el texto narrativo de Pérez Pinzón se aprecia esa necesidad de vivir cerca -y casi que dentro- de la literatura. Ella brinda la posibilidad de disipar la tristeza, reírse de la derrota, opacar el miedo a la muerte, conservar utopías y comprender mejor al hombre. De ahí que la mejor lupa para explorar al individuo sea la que brinda la lectura, por lo cual se comparan las acciones de los personajes con las realizadas por los “egos ficticios” de tragedias griegas y obras modernas. Fabián Cabral se presiente producto de la imaginación (“fabrico ilusiones y soy actor deslucido de una comedia irrisoria”) y reconoce que su novela está hecha de "jirones de invenciones de otros tiempos". Desde una óptica borgesiana, existe una compresión de la literatura como palimpsesto. Todos Ios Iibros son apenas un "libro total” y en un texto están -frecuentemente ocultas- huellas de escrituras anteriores. En el instante epifánico de la escritura, un autor es todos los autores y el mundo una gran biblioteca para que el escritor, una vez más, retome la condición humana.

En todo caso, ese placer de la reescritura y la búsqueda de lo dionisiaco, mediante el vuelo intermitente de la imaginación, exige un trabajo riguroso con la palabra y con las técnicas literarias ya que, si la vida se justifica como fenómeno estético y la literatura ha de ser el eje sobre el que girará la historia, no se puede, entonces, abandonar a la suerte las enormes posibilidades expresivas del lenguaje. De ahí que, en “Cantata para el fin de los tiempos”, el elemento poético se torne esencial en la configuración de la belleza artística. Esta característica, junto con la metaficción, las alusiones intertextuales, los monólogos, los elementos analépticos y prolépticos y el uso de técnicas narrativas, dan variados atributos estéticos a una novela, cuya historia y profundidad humanística la tornan atractiva a la lectura.